Entre fundamentalismos religiosos y periodísticos
- Arnoldo González Macías
El ataque al semanario francés Charlie Hebdo por parte de tres presuntos terroristas de origen musulmán, y que dejó como saldo una docena de muertos, ha vuelto a encender el debate sobre la libertad de expresión y los peligros de ejercer el periodismo. Apenas unas horas después del suceso, la reacción global en solidaridad a las víctimas ya se había hecho presente en plazas, salas de redacción y redes sociales. En todas ellas, el clamor fue el mismo: esto fue un atentado en contra de la “prensa libre”.
Más allá de la indignación por este acto de barbarie, que no puede llamársele de otra forma, es importante hacer una lectura menos visceral de la situación. Evidentemente, no hay ninguna justificación para este hecho que no debe quedar impune y cuyos culpables deberán pagar por lo que hicieron.
Sin embargo, es importante entender que esto no fue un suceso fortuito, sino el triste resultado de una serie de desencuentros entre la revista y ciertos sectores radicales de musulmanes franceses; lo cual no le resta un ápice de gravedad al asunto, cabe subrayar. Y es que tras la constante publicación de caricaturas ridiculizando no sólo a grupos como el Estado Islámico o Boko Haram, sino también al mismo profeta Mahoma y al Corán, Charlie Hebdo ya había recibido varias amenazas y ataques cibernéticos.
No obstante, hay que ser mesurados al calificar este hecho - lamentable a todas luces - como un ataque a la libertad de expresión. Si bien este último es un término muy abstracto y no pocas veces acomodaticio, generalmente se le vincula con el ejercicio de un periodismo independiente. Evidentemente, es necesaria una prensa profesional que, sin dejar de ser informativa y plural, sea crítica y hasta aguerrida. El problema es cuando, en aras de la libertad de expresión y guiados por sus filias y fobias, ciertos medios y periodistas caen en la denostación o el aplauso fácil.
Uno de los ideales del periodismo es responder al derecho que los ciudadanos tienen de estar enterados de lo que sucede a su alrededor y, como resultado, ayudarlos a entender la complejidad de los fenómenos sociales. Para lograrlo, los medios deben ofrecer información de fuentes confiables y, especialmente, presentar diferentes versiones del hecho (no solamente la oficial). Asimismo, el periodista debe ser sensible para detectar las necesidades informativas del público y satisfacerlas sin trastocar la veracidad de los hechos que cubre diariamente.
Es importante lo anterior para entender que la revista en cuestión es una publicación satírica, no necesariamente informativa. Evidentemente, la caricatura es considerada un género periodístico, pero es opinativo y no informativo. En otras palabras, representa única y exclusivamente el punto de vista del autor y, por tanto, debe tomársele como tal.
El problema con Charlie Hebdo es que su contenido no sólo cuestionaba acremente los movimientos yihadistas, sino que también se mofaba abiertamente del Islam. Esto pudo ser lo que, a la postre, dio origen a la tragedia del pasado 7 de enero. Y es que una cosa es criticar lo que hacen ciertas figuras públicas y otra, muy diferente, es burlarse de lo que creen las personas. Es indefendible mucho de lo que hacen los miembros del Estado Islámico o Boko Haram, pero ellos no son el Islam; tal como los sacerdotes pederastas no son el catolicismo, ni los intereses expansionistas de Israel representan al judaísmo.
En ese sentido, más que ser “políticamente correcto”, un medio de comunicación debe ser responsable a la hora de difundir un mensaje, porque la libertad de expresión no es una licencia para insultar. Por el contrario, representa la posibilidad de difundir información y opiniones que fomenten el diálogo entre iguales. Es válido y necesario que la prensa cuestione, pero nada justifica las injurias; al igual que nada justifica las balas como sustituto de las palabras. Porque es tan dañino el fundamentalismo religioso como el periodístico.
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Periodista, docente e investigador. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación
y maestro en Comunicación por la Universidad Vasco de Quiroga (Morelia, Mich.).
Asimismo, es doctor (PhD) en Estudios de la Comunicación por la Universidad de Leeds
(Reino Unido). Ha sido reportero, editor y jefe de investigación en el periódico La Voz
de Michoacán. Su trabajo académico ha sido presentado y publicado tanto en México
como en Europa y Sudamérica. Actualmente es profesor de tiempo completo en el
Departamento de Mercadotecnia y Comunicación del Tecnológico de Monterrey, Campus
Puebla.
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