Hace 30 años

  • Fernando Rojas Cristerna

Quedó para siempre en la memoria de los mexicanos la tragedia del terremoto. Escenas nunca vistas, con anécdotas de heroísmo, pero también de negligencia y acciones criminales.

Cómo olvidar la acción de esos empresarios de la costura que corrieron a retirar de entre los escombros sus cajas fuertes anteponiendo su codicia a la vida de sus empleadas.

A quién culpar de las pésimas construcciones que dejaron al descubierto columnas con menos varillas de las requeridas mostrando así los niveles de corrupción existentes entre contratistas del gobierno y empresarios privados.

Cómo justificar la inacción del gobierno de Miguel de la Madrid que no alcanzó a medir la magnitud de la tragedia y procedió tardíamente a actuar en apoyo a la heroica respuesta de un pueblo solidario que mostró que con sus escasos recursos, pero con un gran corazón, el pueblo de México no deja a sus víctimas morir solas.

Tragedia cuyo recuerdo deja al desnudo la cruda realidad de que México tiene muchos años de estar a merced de un liderazgo político que no tiene remedio y que no será nunca capaz de alcanzar la estatura moral para enfrentar los enormes retos que tenemos como país.

Muchos sociólogos han referido que esta tragedia marcó el nacimiento de la llamada sociedad civil organizada que, aún encontrándose en pañales, ha dado muestra de que los ciudadanos si podemos cambiar el rumbo del país sin necesidad de una clase dirigente decadente y anquilosada.

De hecho, algunos han considerado que esa incipiente organización social nacida de los efectos destructivos del sismo, provocó el aceleramiento de la caída del PRI, ya que aprendió a reconocer a sus líderes emergentes, cosa que lamentablemente aprovechó el desquiciado Vicente Fox para hacerse de la presidencia de la república.

Treinta años han pasado y los mexicanos debemos aprender de esta lección de espontaneidad de una generación que supo enfrentar este momento crítico, desarrollando complicadas labores de logística con las cuales pudieron salvar a cientos de personas sepultadas bajo los escombros, establecer líneas de aprovisionamiento para los miles de voluntarios y lograr de ellos una eficiente capacidad de trabajo, así como distribuir eficientemente los recursos aportados principalmente por la gente de escasos recursos.

Todo sin ayuda del gobierno, ni de Televisa, ni de los partidos políticos, solo el pueblo heroico... simplemente heroico.

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