El infierno no espera la muerte

  • Nelson Loranca y Campos
Del mito a la estadística: así se encarna el infierno en los márgenes del mundo actual

“Digo que, cuando el alma mal nacida
se presenta ante él, se confiesa por completo;
y ese conocedor de los pecados
ve qué lugar del Infierno le corresponde.”

Dante Alighieri, Infierno, Canto V

Tras la victoria de los dioses olímpicos sobre los titanes, el universo se repartió entre los tres hermanos: a Zeus le correspondieron los cielos; a Poseidón, los mares; y a Hades, el mundo subterráneo: los infiernos, o el Tártaro.

Hades —nombre que también designa el lugar que él mismo gobierna— es un territorio invisible, sin salida, perdido entre tinieblas y frío, frecuentado por monstruos y demonios que atormentan a las almas.

Reparto Olímpico, creada con Sora, julio 2025.

En la tradición hebrea, Seol es el nombre del lugar subterráneo adonde van todos los difuntos, donde llevan una existencia letárgica.

“Porque los que viven saben que han de morir,
pero los muertos nada saben,
y su memoria es puesta en olvido.”
(1)

En el Seol, los muertos no pueden alabar a Dios, pues Él pertenece a los vivos.

La cosmología azteca ofrece su propia visión: los infiernos están situados al norte, el país de la noche o de los nueve infiernos. Todos los humanos —excepto ciertas categorías: guerreros muertos en combate, mujeres que murieron en el parto, niños nacidos sin vida o figuras sacralizadas— habitan y regresan a los infiernos, guiados por el perro psicopompo: el Xoloitzcuintle. (2)

El infierno cristiano tiene escasas menciones directas en la Biblia. En el Evangelio de Lucas, la parábola de Lázaro y el hombre rico refiere que, tras morir, Lázaro es llevado al seno de Abraham, mientras el rico es enviado al lugar de los muertos.

“¡Padre Abraham, ten piedad! Envíame a Lázaro para que
moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua.
Estoy en angustia en estas llamas.”
(3)

En Mateo se afirma que, al final de los tiempos, los ángeles separarán a justos de injustos y arrojarán a estos últimos al horno de fuego. Allí habrá llanto y crujir de dientes.

En el libro del Apocalipsis, Juan de Patmos describe el infierno como el castigo definitivo: los muertos serán resucitados para ser juzgados, y quienes no estén inscritos en el Libro de la Vida serán arrojados al lago de fuego.

El Corán presenta el infierno (Jahannam) como un fuego abrasador, eterno, del que los incrédulos no saldrán jamás. En la tradición islámica, las personas atraviesan un estado intermedio tras la muerte y, en el Día del Juicio, serán resucitadas y enviadas al Paraíso (Jannah) o al infierno, según sus actos.

La concepción moderna del infierno en Occidente proviene de una fusión simbólica de pasajes bíblicos, pero también —y sobre todo— de dos obras literarias fundamentales: La Divina Comedia de Dante Alighieri y El Paraíso Perdido de John Milton. Ambas fueron decisivas para darle forma, rostro, estructura y dramatismo al imaginario del castigo eterno.

Infierno Azul, creada con Sora, julio 2025.

Existe una coincidencia transversal entre mitologías, literatura y dogmas: el infierno no es para los vivos, sino para las almas.

En su cuento filosófico de 1759, Cándido, o el optimismo, Voltaire satiriza el pensamiento de Leibniz, quien sostenía que habitamos “el mejor de los mundos posibles”. Es probable que, a partir de las múltiples interpretaciones de la obra, se haya atribuido a Voltaire la frase: “Estoy convencido de que este mundo es el infierno de otros mundos.”

Esta lectura resulta comprensible si se considera que el autor repite varias veces:
“Si este es el mejor de los mundos posibles, ¿cómo serán los otros?”

El infierno es, en el fondo, una figura metafísica presente en todas las culturas: responde a la necesidad de otorgar sentido y fin a una existencia que, desde que tenemos conciencia, se sabe finita.

No es entonces una promesa del más allá, sino una experiencia que se respira en vida.

Lo habitan las mujeres yemeníes, para quienes cada día transcurre como un año sin consuelo. Lo padecen millones de niños huérfanos en zonas de guerra, donde el futuro es una palabra sin significado. Lo arrastran los desplazados que caminan sin patria, y lo sufren los hambrientos de Sudán y Burundi, donde comer se parece más a un sueño.

Es el corazón robado por depredadores que profanan la inocencia. Es la trata de personas, maquinaria infame que esclaviza cuerpos y almas: prostitución, trabajos forzados, esclavitud, extracción de órganos. Las víctimas de estos demonios sobreviven en un tiempo sin mañana, en un presente decapitado.

Es paradójico: quienes habitan el infierno no son los malvados, sino los inocentes. Los perpetradores rara vez lo padecen. No hay que buscar demonios en la tinta ni en los dogmas. Están en nuestras ciudades, en nuestros pueblos. Están cerca. Más de lo que quisiéramos admitir.

Miedo existencia, creada con Sora, julio 2025

La violencia no es un accidente: es un fenómeno estructural, íntimamente ligado a la ausencia de pensamiento crítico, cultura cívica y cohesión social. También a la desigualdad, la impunidad y las narrativas que legitiman la brutalidad. Una sociedad fragmentada es terreno fértil para el fanatismo, la exclusión y el odio. La ignorancia institucionalizada —o tolerada— deshumaniza.

La propensión a la violencia suele ser mayor entre personas con menor desarrollo ético, emocional o formativo. Esto se observa ya en la infancia, etapa en la que aún no se han interiorizado los mecanismos de autorregulación. En contraste, quienes alcanzan mayores niveles de formación humanista e intelectual tienden a actuar con mayor reflexión y moderación. El mal, en muchos casos, parece tener una de sus raíces más persistentes en la ignorancia.

Referencias
1. Eclesiastés 9:5
2. Jean Chavalier, Diccionario de los símbolos, Herder, 3ra edición, 1991, p. 952.
3. Lucas 16:19-31

 

 

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Nelson Loranca y Campos

Licenciado en Derecho por la IBERO Puebla, maestro en Derecho (USAM) y doctor en Derecho en Ciencias Penales y Juicios Orales (USA). Magistrado Federal por el 28 Circuito. Es académico y columnista.