Anatomía de la esperanza
- Nelson Loranca y Campos
En 1957 Curt Paul Richter, eminente biólogo, psicobiólogo y genetista, realizó un experimento con ratas que, a la postre, sería publicado en la revista Psychosomatic Medicine. Sus resultados aportaron poderosas conclusiones al campo de la psicología y al conocimiento de la conducta humana.
El cruel experimento consistía en dejar caer a ratas de laboratorio y ratas salvajes dentro de cilindros llenos de agua, sin posibilidad de escape. El propósito era observar cuánto tiempo podían seguir nadando antes de rendirse y ahogarse.
¿Y cuál era la hipótesis de aquel estudio? Para entenderlo, conviene recordar un antecedente. En 1942, el fisiólogo estadounidense Walter Bradford Cannon, profesor de Harvard, había acuñado el término “Voodoo Death” o “muerte vudú”. Definía así la muerte súbita e inexplicable provocada por una emoción extrema o una creencia fatal, como una maldición. En otras palabras, sostenía que un suceso percibido como gravísimo podía inducir la muerte a través del colapso fisiológico.
Algunos casos documentados lo ilustraban: individuos que morían tras ser señalados por un hechicero de su tribu; el de un maorí en Nueva Zelanda que, al descubrir que había comido un fruto prohibido, falleció por el golpe emocional; o el de soldados que, tras la guerra, morían repentinamente sin causa médica aparente. También se describieron casos de personas que, tras ingerir dosis no letales de veneno, morían convencidas de que no sobrevivirían.
Cannon sostenía que, en el organismo humano, la descarga prolongada de adrenalina ante una amenaza podía saturar el sistema y colapsar el corazón.
La tesis de Richter
Richter buscaba comprobar o refutar la teoría de la “muerte vudú”.
Al principio, el experimento se realizó con ratas domesticadas, es decir, criadas en laboratorio. La mayoría se rendía tras diez o quince minutos de lucha. Sin embargo, algunas lograban nadar entre sesenta y ochenta horas antes de morir. El equipo concluyó que esas ratas habían tenido experiencias previas de ser manipuladas y luego liberadas por los científicos, lo que les daba una especie de “anclaje”: la esperanza inconsciente de ser rescatadas.
Ante esa diversidad de resultados, Richter decidió utilizar ratas salvajes, naturalmente más fuertes y mejores nadadoras, pero sin contacto con humanos. Sorprendentemente, sobrevivían menos tiempo; algunas incluso morían antes de entrar al agua, vencidas por el estrés de haber sido atrapadas.
El hallazgo
Para obtener más datos, el equipo modificó el procedimiento. Cuando las ratas salvajes estaban a punto de rendirse, las sacaban del cilindro, las secaban y las dejaban descansar. Una vez recuperadas, las devolvían al agua.
El resultado fue asombroso: aquellas que antes sobrevivían apenas diez o quince minutos, ahora nadaban entre sesenta y ochenta horas antes de morir.
Richter concluyó que las ratas habían incorporado —de forma instintiva— una memoria de posibilidad. No era comprensión racional, sino un reflejo condicionado por la experiencia del rescate. La esperanza, entendida como expectativa de salvación, les permitió resistir más allá del límite biológico.
Este experimento ha sido relacionado con la fe, la motivación y la determinación. Pero para los propósitos de este ensayo, interesa destacar la esperanza como un sistema adaptativo, un motor invisible que extiende los límites de lo posible.

El experimento Polgár
Los límites, comúnmente entendidos como fronteras naturales del talento, fueron para László Polgár una tesis a refutar. El pedagogo y maestro de ajedrez húngaro, junto con su esposa Klara Polgár, decidió a mediados de la década de 1960 criar a sus hijas —Zsuzsa (Susan), Zsófia (Sofia) y Judit— bajo una hipótesis pedagógica radical: los genios no nacen, se forman.
Para demostrarla, los padres diseñaron un sistema de educación intensivo, basado en la especialización temprana, muchas horas diarias de práctica y una formación alejada de la escuela tradicional.
El resultado
Los frutos de ese experimento fueron sorprendentes. Zsuzsa (Susan) Polgár, nacida en 1969, se consagró campeona mundial de ajedrez femenino (1996-1999), obtuvo diez medallas olímpicas y fue la primera mujer en lograr el título de Gran Maestra Internacional (GM) por méritos de torneo, no por distinción especial.
Zsófia (Sofia) Polgár, nacida en 1974, logró un récord histórico en el Torneo Internacional de Roma de 1989, con 8 victorias y 1 empate en nueve partidas, considerado excepcional.
Judit Polgár, nacida en 1976, fue la más destacada: a los nueve años ganó su primer torneo internacional; y a los quince años, cuatro meses y veintiocho días, rompió el récord de Bobby Fischer (que se mantuvo vigente por treinta y cuatro años), convirtiéndose en la Gran Maestra Internacional más joven de la historia (1989).
El caso Polgár se convirtió en uno de los más documentados en la historia de la psicología del aprendizaje. Su éxito demostró que el talento puede ser modelado, que la práctica y el entorno pueden sobrepasar los límites de la inteligencia.

Lo que parece pertenecer a mundos distintos —el laboratorio y el hogar— comparte, en el fondo, una misma raíz.
Ambos experimentos, tan distantes en su contexto como en su propósito, revelan una coincidencia profunda: la esperanza es una forma de energía adaptativa.
En el laboratorio de Richter, la expectativa de rescate prolongó la vida de las ratas más allá de lo fisiológicamente posible; en la casa de los Polgár, la expectativa de éxito modeló la inteligencia hasta niveles que desafiaron la herencia y la estadística.
En uno y otro caso, la esperanza funcionó como variable determinante del comportamiento, transformando límites biológicos y culturales en horizontes posibles. En ambos, la esperanza fue una forma de respiración invisible que mantiene viva la voluntad de trascender.
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Licenciado en Derecho por la IBERO Puebla, maestro en Derecho (USAM) y doctor en Derecho en Ciencias Penales y Juicios Orales (USA). Magistrado Federal por el 28 Circuito. Es académico y columnista.
