Octavio Paz Soledad y comunión: dialéctica de la condición humana
- Jorge Luis Navarro
Octavio Paz nació un 31 de marzo de 1914 y murió el 19 de abril de 1998. Unos cuantos años después de que la Revolución maderista, triunfara sobre el régimen de Porfirio Díaz, para dar paso a un nuevo régimen democrático; y, un año después de la caída y asesinato de Madero, traicionado por Victoriano Huerta.
Si queremos ver la historia no en términos de rígida causalidad, no de colisiones contingentes carentes de sentido, nos ayuda a verla en términos de generaciones. La continuidad y la ruptura tiene que ver con laA tareas, asumidas o no, que una generación recibe y comunica a las que le suceden. La generación de Octavio Paz, fue educada por la generación que vivió y “tuvo que pensar” la revolución, sean Vasconcelos (1882) y Antonio Caso (1883), a la cual también pertenece el padre, también de nombre Octavio. Es la generación de Villa (1876) y de Zapata (1879), el padre colaboraba con Zapata. Y, con un poco de más edad, ahí se encuentra a Madero.
Como bachiller, Octavio Paz, se encontró de profesores a los caudillos intelectuales de la revolución: Vasconcelos y Caso. A Samuel Ramos, a Carlos Pellicer, Julio Torri coetáneos de los primeros. Y se topó con otros maestros de una generación más inmediata, a Gorostiza (1901), Villurrutia (1903), Cuesta (1903) del grupo conocido como Los contemporáneos.
Su padre, como se dijo, participó en la Revolución al lado de Zapata. Su abuelo, Ireneo, fue abogado y periodista, liberal, partidario hasta un cierto momento de Porfirio Díaz. Esta adscripción por vía familiar al liberalismo decimonónico y al movimiento revolucionario, han dejado huella en el poeta, junto con el catolicismo silencioso de su madre. Esta es la “herencia” de Octavio Paz, el poeta, quien de alguna manera tenía que “hacerse cargo”, de tal legado.
La vida de Paz, prácticamente cubre el siglo XX, un siglo “corto” si nos atenemos no tanto al calendario como al vuelco de los acontecimientos. El inicio de la I Guerra mundial, precisamente en 1914, el mismo año del nacimiento del poeta mexicano, podría signar el inicio de un “nuevo” siglo y, 1989, con la caída del Muro de Berlín, estaría cerrando el ciclo histórico. Este es el siglo de Paz, quien también lo ha vivido con pasión: la guerra civil española, en la que participó al lado de las milicias republicanas, su militancia política en los movimientos socialistas, su decepción y denuncia del stalinismo, como de cualquier totalitarismo, su descubrimiento de la espiritualidad de oriente, su renuncia como embajador tras la represión de Díaz Ordaz al movimiento estudiantil del 68. El Encuentro La experiencia de la libertad, organizado por Paz, en 1990, después de la Caída del Muro y en pleno proceso de disolución de la Unión Soviética, pudo convocar a algunos de los promotores de la transición democrática en el Este de Europa y por ello del desmantelamiento del Imperio construido en nombre del Marx.
El Paz ensayista, el fundador y editor de revistas literarias, el diplomático, el polemista, el Nobel, no prevalecen sobre el poeta. Paz ante todo quiere ser un poeta. Hablando, precisamente, de la recopilación de su obras poéticas, con Guillermo Sheridan (Una apuesta vital. 20/ago/1997) lo ha dicho: “Esto (las recopilaciones) da idea más o menos de lo que soy: un escritor que intenta, ha intentado e intentará ser un poeta”.
Un poeta que ha regalado a los mexicanos, una da los diagnósticos más lúcidos y punzantes sobre nuestra identidad: El laberinto de la soledad. ¿Punzante? Hoy es un “clásico”, ¿quién lo diría?, pero en su momento fue tomado como “una elegante mentada de madre a los mexicanos”. No hay que olvidarlo.
Sin pose ni snobismo, pienso que llegados a cierta edad -quizá no tanto cronológica, sino mental-; esa edad en que nos tomamos en serio las preguntas esenciales de la vida, deberíamos leer esta obra. En ella la vida personal y la historia colectiva se entrecruzan y se condicionan. La historia atendida como materia escolar, en muchos casos nos ha insensibilizado respecto al valor de la memoria para comprender el presente y proyectarnos como sociedad, pero también para situarnos como personas, para descubrir a qué estamos llamados. Hay un secreto vínculo, no siempre definible ni manejable a antojo entre el “alma de un pueblo” y el “alma personal”, que aflora en la poesía: «la poesía es la memoria de los pueblos, dice Paz, pero también es aquella parte secreta del alma de cada uno y del alma de los pueblos, en la cual esa zona, muy oscura y muy ambigua, refleja, o mejor dicho, perfila su futuro.» (Sheridan, 1997)
El vínculo secreto entre el alma personal y la del pueblo, no es abstracto, no se realiza al modo de una fusión espiritual, es decir descarnada, sino que pasa por los vínculos carnales más inmediatos y concretos. «Cuando escribe, el poeta está escuchando. Pero no se escucha a sí mismo –y si cree que se escucha a sí mismo es un tonto- está escuchando la voz de la lengua, está escuchando el idioma. Y si está escuchando el idioma está escuchando a sus padres, a sus hermanos, a sus novias, a sus muertos, al muerto que él va a ser un día. A todo eso.». (ídem)
En las primeros párrafos de El laberinto pone en paralelo al adolescente reflexivo, que abandona la infancia y vacila ante su futuro, y «a los pueblos en trance de crecimiento (a los que) su ser se manifiesta como interrogación ¿qué somos y cómo realizaremos eso que somos?». (El Laberinto, 2000, p. 11) Y más adelante, aprieta la relación entre la vida personal y la vida colectiva: «La historia de México, es la del hombre que busca su filiación, su origen. Sucesivamente afrancesado, hispanista, indigenista, “pocho”, cruza la historia como un cometa de jade, que de vez en cuando relampaguea. En su excéntrica carrera, ¿qué persigue?». (Ibid, p. 23). David Brading, el historiador inglés, interesado desde hace muchos años en la historia mexicana, ha insistido -no es el único- en que Paz ha revisitado la historia para encontrarse consigo mismo. «En general en todos sus libros está explicándose a sí mismo ‘¿dónde estoy en el desarrollo de la cultura?’». Y sin embargo, es un hombre abierto a la cultura universal, que no cedió a la tentación del especialismo que doblega hoy a tantos intelectuales y hombre de cultura. (El Universal. Octavio Paz, poeta único del siglo XX. 28/03/2014)
El Laberinto de la soledad, permite una visión del hombre, de la condición humana, en la perspectiva que se abre a través de la conciencia de un mexicano. En y por las circunstancias inmediatas de la vida personal, el yo, se abre a lo universal. La fórmula de Ortega, a partir de la cual busca conciliar razón y vida, “yo soy yo y mi circunstancia”, no es del todo extraña a la sensibilidad de Paz, pero es una fórmula que inevitablemente tiene que ser llenada con la experiencia vital de cada uno, en un ejercicio de “amor intelectuallis”.
El laberinto es una reflexión sobre la soledad y el deseo de comunión, como clave para comprender al hombre, en particular al mexicano. «Viejo o adolescente, criollo o mestizo, obrero o licenciado, el mexicano me parece como un ser que se encierra y se preserva, máscara el rostro y máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés al mismo tiempo todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación». (El laberinto… (2000) FCE. México. p. 32).
Soledad y encierro que tiene sus compensaciones y desfogues en la Fiesta. «Gracias a las Fiestas el mexicano se abre, participa, comulga con sus semejantes y con valores que dan sentido a su existencia religiosa y política. Y es significativo que en un país tan triste como el nuestro tenga tantas y tan alegres fiestas. (…) Si en la vida diaria nos ocultamos de nosotros mismos, en el remolino de la Fiesta nos disparamos.» (Ibid, p. 56)
El Apéndice de la obra de Paz a la que venimos aludiendo, titulado La dialéctica de la soledad esboza una reflexión sobre la condición humana. La soledad no es ni un estigma, ni un privilegio particular de los mexicanos. En el laberinto de nuestra soledad, nos descubrimos participes de una humanidad común. «La soledad es el fondo último de la condición humana. El hombre es el único ser que se siente solo y el único que es búsqueda de otro» (ibid, p. 211). Soledad y anhelo de comunión. Vivir es separación de la unidad originaria, desamparo y menesterosidad. Al final de laberinto nos espera (o esperamos), la plenitud y la comunión.
El drama de la vida y su anhelo fundamental se resuelven en la tensión soledad-comunión y en ambas palpita el deseo de amor. Esto justifica como la ha propuesto recientemente Enrique Krause, hablar de la “religiosidad” de Octavio Paz. Ya antes en aquella memorable entrevista de Carlos Castillo Peraza, (Vuelta. Alguien me deletrea, Entrevista a Octavio Paz. No. 62. Mayo de 1990) Paz nos había mostrado el escorzo religioso de su alma. A pesar de todas las objeciones, en el fondo del alma del “pagano” y el agnóstico Paz, palpita y se excita una sensibilidad religiosa, a la que hay que saber prestar oídos. Krause en su reciente libro El poeta y la revolución se hace cargo de esta afirmación, en la que se alcanza a percibir una particular vibración de afecto y amistad: “… hay una zona profunda –e inadvertida- de su alma en la que me aventuré a explorar: su religiosidad, herencia de su madre y madre del sentimiento de culpa que –como explico en este libro- lo embargó al ver de frente el saldo histórico de sus ensueños revolucionarios. (…) Pero había religiosidad en Paz, había religiosidad en el hombre cuya poesía comienza y termina con la palabra «comunión». (2014, Octavio Paz. El poeta y la revolución).
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