Ante la naturaleza, vulnerabilidad y solidaridad
- María Teresa Galicia Cordero
Mientras la atención del 24 de junio pasado estaba en el desarrollo del Mundial de Futbol y en nuestro país se disputaba el partido contra Chequia en el Estadio Ciudad de México, hubo marchas y manifestaciones de organizaciones sociales, colectivos de familiares de desaparecidos, sindicatos y grupos defensores de animales, así como bloqueos de transportistas en accesos carreteros importantes por protestas demandando mejoras laborales y de seguridad, en Venezuela la tragedia ensombrecía sus vidas.
Hubo una importante actividad sísmica, se registraron dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 en el estado Yaracuy, afectando también a las ciudades de Caracas, La Guaira, Aragua, Carabobo y Miranda (Funvisis, 2026). Estos movimientos telúricos generaron numerosas réplicas y daños considerables en las condiciones de las viviendas, la preparación de la población, la infraestructura urbana y los factores sociales y económicos de las personas, mostrando que la vulnerabilidad no depende únicamente de la fuerza del sismo, sino también, de las condiciones en las que se desarrollan los siniestros (ONU, 2023).
Ante estos eventos de la naturaleza, los seres humanos estamos vulnerables, porque experimentamos miedo, angustia, incertidumbre e inseguridad ante la posibilidad de sufrir daños físicos o perder a nuestros seres queridos durante un sismo. La intensidad del movimiento, la sensación de falta de control y las consecuencias del desastre generan estrés, ansiedad, pánico e incluso traumas psicológicos que afectan nuestras vidas y nuestro bienestar emocional.
Desde hace algún tiempo formo parte de la Red Iberoamericana de Investigadores en Imaginarios y Representaciones Sociales RIIR, cuya misión está enfocada en que los investigadores de Iberoamérica intercambiemos información relacionada con los imaginarios y las representaciones, tanto en aspectos teóricos, metodológicos, resultados de investigación o ideas para desarrollar proyectos conjuntos a nivel interinstitucional e internacional.
Esta red comunitaria científica se ha constituido en un espacio solidario, integrado por seres humanos con gran calidad humana que no solo busca el avance del conocimiento, sino también el bienestar de la humanidad, guiando sus acciones con valores que favorecen la verdad, el respeto y el bien común.
En esta red hay muchos docentes investigadores originarios de Venezuela, algunos radicados en otros países. Me permito compartir, con su autorización, el testimonio de una docente investigadora venezolana, cuya experiencia narrada muestra cómo este evento cambió su vida y la de sus seres queridos, recordándonos que ninguno de nosotros estamos exentos de sucumbir ante el embate de la naturaleza.
Entre el dolor y la solidaridad
Aída Fernández Ojeda, venezolana
“Queridos/as integrantes de la RIIR,
Quisiera compartir con ustedes, muy brevemente, la experiencia de horror y dolor que viví durante estos días, porque existen acontecimientos que cambian para siempre nuestra manera de mirar la vida y a las personas. Si algo me permitió viajar con un poco de alegría en medio de tanto sufrimiento, fue comprobar la inmensa solidaridad que encontré en ustedes y en miles de chilenos. Nunca olvidaré sus mensajes, sus gestos de cariño, ni la generosidad de tantas personas anónimas. También a los bomberos y rescatistas, que entregaron hasta la última fuerza por salvar vidas.
Como familia, perdimos a once personas cercanas, la más cercana fue la única hija de mi hermana, mi cuñado y un primo (el cuerpo de él no pudimos sacarlo). Mi sobrina y su papá quedaron atrapados bajo los escombros de un edificio de doce pisos que quedó reducido a una montaña de concreto. Mi familia es muy numerosa y muchos trabajaron sin descanso durante la noche del 24, todo el día 25 y el 26, ayudaron a rescatar y a sacar otros cuerpos. Escarbaron con sus propias manos, con herramientas improvisadas y con una esperanza que se negaba a desaparecer. Lograron llegar hasta el quinto piso, pero los cuerpos estaban abrazados bajo una gran viga de concreto. Faltaban equipos especializados que comenzaron a llegar recién entre viernes y sábado, pero el esfuerzo de los rescatistas estaba concentrado, con toda razón, en salvar a quienes aún podían seguir con vida.
Fue entonces cuando los rescatistas mexicanos, pasaron el sábado en la mañana y prometieron volver en la tarde, después de jornadas interminables, encontraron unos minutos para atender nuestro caso. Antes de comenzar la recuperación de los cuerpos, pidieron que un familiar descendiera a hablarles a los muertos. Uno de los mexicanos explicó que, en ocasiones, cuando las víctimas fallecen abrazadas o entrelazadas, pareciera que se resisten a separarse. Nunca había escuchado algo semejante. Sin embargo, lo hicimos. Mi hermano les habló con amor, les pidió permiso, les dijo que era tiempo de descansar. Inexplicablemente, funcionó.
Pudimos recuperar sus cuerpos y darles sepultura como mi madre tanto anhelaba, respetando las tradiciones familiares. Nunca podré agradecer lo suficiente ese gesto de humanidad, los topos mexicanos demostraron que rescatar no consiste solamente en salvar vidas, sino también significa dar un poco de dignidad, un sentido diferente a nuestros muertos.
Pero junto a esa inmensa nobleza, también vi el otro rostro del ser humano, no se imaginan la impotencia, grité e insulté a los uniformados, eran cientos armados con fusiles y ametralladoras, observando la tragedia sin mover un dedo para ayudar a remover escombros. Mientras civiles, familiares y voluntarios arriesgaban sus vidas excavando ante esas estructuras inestables, de paso que la ciudad parecía suspendida en una pesadilla interminable. No había electricidad, ni agua potable, ni comunicaciones. Con temperaturas cercanas a los 37 grados (que bajo aquel escenario parecían superar los 40) decenas de personas hacían filas interminables simplemente para conseguir un poco de agua, y el olor a muerto era insoportable.
Contarles que, lamentablemente no se me ocurrió llevar medicamentos para personas con epilepsia y allá eran imposibles de encontrar. Tampoco imaginé que harían tanta falta los antialérgicos.
Gracias a la solidaridad de ustedes pude viajar con una maleta de 23 kilos llena de medicamentos que fueron entregados a quienes más los necesitaban. También llevé dulces, los repartía mientras caminaba los seis o siete kilómetros que separaban la casa de mi madre del edificio donde había quedado atrapada mi sobrina. En medio de una geografía de ruinas, un caramelo o un chocolate hacía sonreír a quienes lo recibían por unos segundos. Además, llevé una maleta de cabina con pañales, toallitas húmedas y artículos de higiene. Mientras permanecí allí, ese tipo de ayuda todavía no llegaba.
El domingo fui al hospital de La Guaira, prácticamente había dejado de recibir pacientes porque sus condiciones eran deplorables y los sobrevivientes eran trasladados a Caracas. La maquinaria pesada destinada a remover los escombros recién comenzó a llegar el lunes. Algunas decisiones terminaron agravando el caos, la exigencia de un salvoconducto para ingresar a La Guaira retrasaba el traslado de familiares, voluntarios e insumos. También escuché numerosos relatos sobre funcionarios que cobraban por gestiones que jamás deberían tener precio, como conseguir una ambulancia, agilizar la entrega de un cuerpo o tramitar un acta de defunción.
Mientras algunos militares custodiaban los comercios, ellos mismos participaban en saqueos. Muchas personas repudiables; a mi juicio los hijos de la mal llamada revolución chavista.
Hubo una tarde en que el cielo adquirió un color rojo intenso. Me recordó esos atardeceres de otoño en Santiago de Chile, aunque jamás había visto algo semejante en Venezuela. Mientras las réplicas no dejaban de ocurrir, lo que activaba la ansiedad y en algunos casos las crisis de pánico. Hasta los perritos andaban muy nerviosos y algunos edificios que habían quedado en pie cedieron todavía más.
Vi a centenares de personas durmiendo sobre las veredas, algunas en carpas de verdad y otras en carpas improvisadas o simplemente a la intemperie. Escuché frases como "no puedo dormir porque cierro los ojos y veo todo cayéndose." "Tengo mucho miedo; cualquier ruido me hace pensar que está temblando otra vez." "No dejo de sentir que la tierra sigue moviéndose." "Mi vida nunca volverá a ser la misma."
Lo que más rescato es que, así como en un concierto se trasmite la euforia y la alegría, en el colectivo había una mezcla devastadora de dolor e impotencia, ese sufrimiento colectivo parecía haber agotado la paciencia y había mucha desobediencia hacia la autoridad, muchas ofensas a los uniformados, mucha ira, y, dado a que no había autoridad, demasiado caos.
Respecto de la ayuda internacional le puedo asegurar, como que mi nombre es Aída, que entre los anuncios oficiales y la realidad existía una distancia abismal. Nunca vi el despliegue que el gobierno afirmaba haber realizado. Además, no sé para dónde se fue la supuesta ayuda de EEUU, en la Guaira no la vi, de hecho, los rescatistas Gringos que pude observar parecían cumplir más un rol de supervisión o de veedores que de rescate activo; jamás los vi cubiertos de polvo, removiendo escombros o participando en labores intensas como sí lo hacían, sin descanso, otros equipos internacionales y cientos de voluntarios.
Regresé a Chile convencida de que las tragedias revelan el verdadero rostro de las personas y de las instituciones. Vi la indiferencia, el abuso y la corrupción, pero también conocí una solidaridad inmensa, silenciosa y profundamente humana. Hoy prefiero quedarme con esa imagen: la de quienes, sin preguntar de dónde venía cada persona, extendieron una mano para ayudar. A ustedes, integrantes de la RIIR, les reitero mi más profundo agradecimiento. Su apoyo, sus mensajes, sus aportes y su cariño hicieron posible llevar ayuda a muchas personas. En nombre de mi familia y en el mío propio, gracias de corazón”
Y así como Aída escribe “quiero reiterar mi profundo agradecimiento y respeto a los mexicanos por su gran corazón y empatía. Toda mi familia los ama”.
Nosotros también desde acá, los queremos y los apoyaremos siempre.
Referencias
Noticias al Día y a la Hora. (2026, 10 de julio). Funvisis contabiliza 1.115 sismos en dos semanas tras el doble terremoto del 24 de junio.
United Nations Office for Disaster Risk Reduction. (2023). Sendai framework for disaster risk reduction 2015–2030. https://www.undrr.org
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Doctora en Educación. Consultora internacional en proyectos formativos, investigadora social, formadora de docentes e impulsora permanente de procesos de construcción de ciudadanía con organizaciones sociales. Diseñadora y asesora de cursos, talleres y diplomados presenciales y en línea. Articulista en diferentes medios.
