Teotihuacán: atisbos y reflexiones
- Eduardo R. Villegas
Hablo con mi amigo Juan Carlos Canales acerca de lo ocurrido en Teotihuacán y, aunque no quiero corresponsabilizarlo a él acerca de todo, sí quiero darle el crédito que merece como coautor de una parte de lo que aquí se dice, un poco a botepronto, arropados por nuestros respectivos bagajes y apoyándonos únicamente en la información con la que todos contamos, que es la que ha ido fluyendo poco a poco en las últimas horas a través, sobre todo, de medios electrónicos.
El caso es que entre los dos nos pusimos, por la mejor de las vías, la de la conversación, a aventurar una serie de reflexiones, necesariamente preliminares, acerca de un tipo de hecho que apenas comienza a presentarse en nuestro país y que debe preocuparnos: el caso de una persona (hasta el momento solo hombres) que valiéndose de la posesión -ilegal o no- de algún tipo de arma, de preferencia de fuego, dispara contra personas totalmente inermes y que, en principio, no le han hecho nada.
Un poco más adelante volveré a esta última afirmación, para ahondar en ella, pero por el momento trataré de generar un contexto que me permita dar dirección a estas reflexiones.
Hablamos de un suceso, como he dicho, inédito en nuestro país hasta hace muy poco tiempo. Esta vez no se trató de crimen organizado, ni de un delito del fuero común ni de nada parecido, sino de un hecho delictivo completamente distinto y conocido por nosotros, más bien, como algo que solía ocurrir con frecuencia, sobre todo, en Estados Unidos.
En esa medida, los mexicanos, buenísimos siempre para ver la paja en el ojo ajeno y para el heurístico, hemos atribuido siempre esa clase de acontecimientos a la podredumbre del país de a lado. Como sea, en México es algo que aún nos sorprende y nos deja un poco estupefactos: ¿Cómo? ¿En las pirámides? ¿En serio? ¿Por qué ahí? ¿Por qué a turistas?
Y, justo, es la lógica del heurístico la que da pie a la idea del asesino solitario o del sujeto con desórdenes psicológicos. Se trata de salidas fáciles que generalmente sirven a las autoridades para ganar tiempo en tanto construyen una narrativa un poco más estructurada, por eso siempre esa narrativa suele iniciarse con frases del tipo “todo parece indicar…” o “de acuerdo con los elementos con los que contamos hasta ahora…”, etc.
El problema es que noticiero tras noticiero, video tras video, entrevista tras entrevista, conceptos como “asesino solitario” o “persona con problemas psicológicos”, etc., son repetidos irreflexivamente por autoridades, opinócratas, comunicadores y sabelotodos televisivos e informáticos y con demasiada frecuencia son esgrimidos también por supuestos o supuestas especialistas que, con una impresionante capacidad profesional, en cosa de minutos y sin más elementos que los que todos conocemos, diagnostican al sujeto en cuestión con una facilidad sorprendente.
Lo peor es que se trata de puntos de partida de narrativas que individualizan un acto que es individual solo en la medida en que es una persona la que lo lleva a cabo, pero que está sin duda relacionado con otro tipo de factores que merecen un análisis más profundo si realmente existe la voluntad de desarrollar políticas públicas de prevención contra esa clase de sucesos.
Socialmente, la individualización, o, más allá: la personalización de un acto como el de Teotihuacán, cumple con una función tranquilizadora, porque es una explicación que resulta plausible, desde el punto de vista bienintencionado de la mayoría de las personas. Pero resulta que, en muchos casos del mismo tipo, quien lleva a cabo la agresión responde a otra lógica, porque en realidad están cargados de simbolismo.
He dicho antes que, en esta clase de hechos, el agresor atenta contra personas que no le han hecho nada. No es así para quien comete un asesinato masivo sin motivo aparente, pues con frecuencia se trata de un acto que responde a una lógica vicaria, según la cual, las víctimas representan aquello que reclama un acto de justicia sumario, aunque ello conlleve el sacrificio del propio justiciero.
Según un video que ha circulado en redes sociales, en el momento de actuar, el asesino de Teotihuacan, que da la impresión de estar furioso, parece mezclar elementos rituales prehispánicos (el sacrificio en la pirámide), con elementos histórico-culturales (el habla castellana), manifestaciones de odio social hacia los europeos (ofensas), misoginia (injurias contra una mujer supuestamente europea) y, finalmente, una especie de sacralidad de la que él mismo es depositario (en ese momento él es Dios, su poder es inconmensurable, puede hacer lo que quiera).
¿Qué es lo que lo mueve? ¿Es el odio a los conquistadores? ¿Se trata de una especie de supremacismo inverso? ¿Por qué parece estar tan enojado? ¿Hay algo en sus actos que esté de alguna manera condicionado o determinado por el contexto de polarización social que priva en el país? ¿Qué ve él, que todos los demás no vemos, en la gente a la que aterroriza?
Evidentemente, el de Teotihuacan no es un caso policial más, no se trata de un crimen cualquiera. Con los datos que ya tenemos a la mano, se nos muestran una serie de elementos plenos de significado que valdría la pena investigar a fondo desde una perspectiva multidisciplinaria, que permitiera encontrar no sólo las motivaciones personales del sujeto, que sin duda las hay, sino también el contexto social, psicológico, psicosocial, cultural, tecnológico y relacional que rodea a un acto como ese.
Desde el punto de vista individual, esto es, psicológico, se trata de un sujeto que, al parecer, pretende encarnar una especie de deseo colectivo; algo parecido a lo que los psicoanalistas llaman el pasaje al acto. Hay allí mucho trabajo para psicólogos y psicoanalistas, pero, más allá de eso, el sujeto que ejecuta un acto como ese, lo hace porque hay un contexto que lo posibilita y ese contexto es el que hay que estudiar a fondo.
Pero es muy probable que, para ello, los especialistas tengamos que replantearnos ideas y conceptos que han dejado de ser útiles para entender la realidad actual y es algo que parece darnos demasiada pereza. Lo cierto es que pareciera que algo que no tenemos registrado está ocurriendo y me atrevo a plantear que, como todo parece indicar, hay que ubicarlo en el terreno de las ideologías.
El problema es que el concepto de ideología, como herramienta conceptual, tiene que replantearse en la medida en que actualmente se confunde con demasiada frecuencia con el de creencia. Sin embargo, no descarto la posibilidad de que puedan habitar ya el mismo territorio. De hecho, las ideologías parecen haberse llenado de creencias y se han refuncionalizado a partir de ellas, para terminar asociadas a prácticas identitarias, tribales o sectarias, vinculadas casi todas a nuevas formas irracionales de consumo. La irracionalidad no es algo nuevo, sí lo son algunas de sus formas actuales, como expresión práctica de las ideo-creencias a las que me he referido.
Todo lo anterior no son apenas sino atisbos en torno a un hecho que no es aun frecuente en México, pero que no podemos dejar crecer. Lo ocurrido en Teotihuacan ha movido y removido muchas cosas y no podemos quedarnos en el conformismo del ¡Vaya, lo que nos faltaba! Es necesario detenerlo antes de que se extienda y la labor va desde el trabajo de inteligencia que el gobierno está obligado a hacer, para detectar sectas new age de ideología nazi-fascista, grupúsculos segregacionistas del tipo que sea, tribus de incels, incitadores al odio, etc.
Con mucha frecuencia, sujetos como el de Teotihuacan suelen enviar señales acerca de sus intenciones. Es importante que el gobierno ponga en juego estrategias efectivas de inteligencia para detectarlos y mantenerlos vigilados, sin que eso, de ninguna manera se desvíe hacia disidentes o críticos del régimen.
Por otra parte, psicólogos, psicoanalistas, psiquiatras, psicólogos sociales, sociólogos, especialistas en comunicación digital, etc., estamos obligados a estudiar los problemas de nuevo tipo que van surgiendo y a aportar soluciones, antes de que se vuelvan irresolubles.
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Doctor en Psicología Social. Profesor-investigador de la BUAP durante 35 años. Director General de Pluriversia, Espacio de Investigación y Estudios Críticos. Es autor de capítulos de libros y artículos en revistas especializadas y de numerosos artículos de opinión.
