Lo que importa y lo que no: la democracia irracional
- Eduardo R. Villegas
En las democracias modernas la lucha política está inequívocamente ligada a la disposición de servicio de quien pretende hacerse del poder. Eso significa que el perfeccionamiento constante de una democracia conlleva una, cada vez mayor y más evidente, vocación de servicio, por parte de quienes gobiernan.
En relación con la consolidación de la democracia, suele argumentarse la cuestión del tiempo. Incluso se habla de viejas y jóvenes democracias. Supongo que tiene su importancia, pero no creo que el tiempo sea definitorio y, más que como argumento, funciona como justificación. La democracia es un aprendizaje, de acuerdo, pero también es una suma de voluntades.
El mejor ejemplo que conozco de ello es el de la España post franquista, cuya democracia fue un “decir y hacer” y fue también, desde sus inicios, una democracia ejemplar, en la que todos, por muy confrontados que estuvieran, tuvieron que ponerse de acuerdo en relación con algunos principios básicos. Invito a los lectores de este artículo a leer el libro de Javier Cercas Anatomía de un instante, que de muchas maneras da cuenta de lo que puede resistir una democracia construida sobre principios racionales, aun siendo tan joven y frágil como lo era la democracia española en el ya lejano 1981.
La consolidación de una democracia depende fundamentalmente del tipo de articulaciones que la hacen posible. ¿De qué hablo? Pues básicamente de las relaciones de poder que la posibilitan. Por eso creo que afirmar, como lo hacen muchos, que la democracia en México está consolidada, es, o bien una necedad, o bien una mentira dicha desde el interés personal o de partido, pero de ninguna manera desde un genuino interés ciudadano.
Creo que uno de los principales obstáculos para la consolidación y el fortalecimiento de la democracia en México es una cultura política que vincula al poder con el poder mismo y no con los ciudadanos ¿Qué quiere decir eso? Que la búsqueda del poder en México no parece tener como principal motivación el servicio a la ciudadanía, sino a sí mismo. Se trata de una idea irracional de la política, por decir lo menos. No es otra cosa, para plantearlo de forma básica, como básicas son las motivaciones de quienes así lo hacen, que la conceptualización del poder como fin y no como medio.
Esa misma irracionalidad es la que, en un retroceso verdaderamente deplorable, desplaza a la ciudadanía para poner en su lugar al pueblo. La cuestión es que el concepto de pueblo es esencialmente una abstracción, casi una entelequia. Por el contrario, el concepto de ciudadanía tiene un carácter concreto.
En esa medida, sintetiza, para hacer una paráfrasis de Marx, las múltiples determinaciones de la realidad social. La idea de pueblo da cuenta de un todo indistinto que, en realidad, es una parte del todo que se enfrenta a las otras partes, en una lógica excluyente y paralizante; en función de ello se maneja como una idea moral, que, desde una visión maniquea divide a la sociedad en buenos y malos. Se trata de una pragmática del poder sumamente perversa, que polariza, pero que sirve muy eficazmente como sostén hegemónico.
La de ciudadanía, por el contrario, es una idea dinámica, que da cuenta de una totalidad diversa en la que las partes se relacionan dialécticamente para alcanzar objetivos específicos, que pudiendo beneficiar a unos o a otros, son buenos en general para la vida social.
He tachado de irracionales las prácticas de una democracia cuya principal motivación para la búsqueda del poder es el poder mismo. Las democracias actuales son un producto del racionalismo moderno y entre más racionales son sus cimientos, más abocadas están a su perfeccionamiento y consolidación. Es por eso que la búsqueda del poder sin más está generalmente basada en estrategias irracionales que suelen explotar factores emocionales y suelen ser sumamente inmediatistas.
Esa es la causa por la que quienes detentan el poder en nuestro país no conceptualizan lo importante y lo no importante de la misma manera que los ciudadanos. Seguramente, muchos de nosotros, ciudadanos de a pie, nos hemos preguntado alguna vez, por qué a quienes gobiernan la ciudad no se les ocurre -dado que suelen gobernar con base en ocurrencias- “pasar a la posteridad” dando mantenimiento a las aceras para que caminar por sus calles deje de ser una actividad de altísimo riesgo para cientos de miles de ciudadanos y ciudadanas que diariamente tenemos la necesidad de trasladarnos a pie, incluso, después de bajarnos del vehículo en el que nos trasladamos para distancias largas.
De la misma manera, haciendo un mínimo ejercicio de racionalidad, nos cuesta trabajo entender por qué, en lugar de un sistema de transporte vistoso, pero costosísimo en más de un sentido y benéfico para muy pocos, no se invierten esos mismos recursos en mejorar y ampliar un sistema con el que ya se cuenta y que ha mostrado grandes virtudes, pero que con el tiempo se ha vuelto insuficiente. Lo único que a esos ciudadanos se nos ocurre pensar, como respuestas a ese tipo de cuestionamientos, es que ni las aceras ni el mejoramiento de un sistema de transporte que ya existe, resultan rentables, ni política ni económicamente, para quienes están obligados a servir, no a sus propios fines, sino a los de los ciudadanos.
Más grave aún, en relación con lo que importa y lo que no importa, es aquello que podemos definir como estratégico y que, estrictamente, se refiere a aquello cuya planificación resulta fundamental para el desarrollo social. Cuando se tiene una democracia construida sobre bases irracionales, los tiempos suelen ser muy breves. En la política mexicana, por ejemplo, la eternidad dura seis años.
Bajo esa lógica, lo estratégico no es lo importante. O para decirlo en otros términos, lo estratégico se define en función de los votos que se buscarán en la próxima elección. Obviamente, en una democracia racional no todo puede ser definido como estratégico, pero hay dos o tres cuestiones que siempre lo serán. Una de ellas es la Educación (la mayúscula es a propósito). En nuestro país la Educación ha dejado de ser un problema para convertirse en una tragedia y a nadie -me refiero a quienes nos gobiernan- parece importarle realmente. Es más, los responsables de esa tragedia saltan alegremente de cargo en cargo o, simplemente, se mantienen en sus puestos dentro del ámbito educativo trabajando bajo la ley del mínimo esfuerzo.
Lo que no les cabe en la cabeza -al parecer no les cabe gran cosa- es que su irresponsabilidad actual tendrá consecuencias irreversibles para quién sabe cuántas generaciones de niñas y niños que llegarán a la adultez sin los recursos mínimos para enfrentarse, no digamos ya al mundo laboral, sino a la vida.
Termino con lo que empecé: estoy seguro de que si no nos damos a la tarea de construir y consolidar nuestra democracia sobre bases racionales estaremos perdidos. Regalar dinero a quienes lo necesitan puede aliviar problemáticas acuciantes de miles de personas y puede sonar bastante racional; regalarles dinero a todos -lo necesiten o no- es absolutamente irracional y solo sirve para comprar votos.
De la misma manera, prohibir la venta de alimentos chatarra en las escuelas no es una estrategia, porque sin una buena educación nutricional, que en el curso de una o dos generaciones transforme los hábitos alimenticios de millones de mexicanos y mexicanas, no servirá de nada a futuro. No son, a fin de cuentas, otra cosa que mecanismos electoreros disfrazados de planes de gobierno, cuya ineficacia salta a la vista. Tanto la pobreza, como los malos hábitos alimenticios o la desinformación y como muchos otros problemas que tendríamos que empezar a resolver si queremos avanzar como sociedad, están vinculados de manera muy importante a factores educativos, culturales, sanitarios, alimenticios, etc. Pero todo eso parece no estar dentro de lo importante, porque diseñar estrategias para resolverlos a mediano y largo plazo no resulta rentable ni económica ni electoralmente.
Opinion para Interiores:
Otras Opiniones
-
Jerónimo ChavarríaEl Atoyac no se rescata con anuncios -
Herminio Sánchez de la BarqueraRelaciones entre guerra y economía en nuestros días (I) -
Carlos Figueroa IbarraFrancisco Vélez Pliego y una nueva agenda universitaria -
Raúl Torres SalmerónLos sucesos ocultos en la elección del Papa León XIV -
Eduardo García AnguianoContrastes mexicanos
Anteriores
Doctor en Psicología Social. Profesor-investigador de la BUAP durante 35 años. Director General de Pluriversia, Espacio de Investigación y Estudios Críticos. Es autor de capítulos de libros y artículos en revistas especializadas y de numerosos artículos de opinión.
