El Papa León XIV: una voz en el desierto
- David Córdova Tello
En un escenario internacional marcado por la deriva autoritaria y el desorden —con una escalada de conflictos bélicos y la erosión de los consensos básicos del orden global—, la figura del papa León XIV emerge como una voz moral y política disonante. Su postura antibélica, sencilla, clara, oportuna y firme, contrasta con la retórica beligerante que se ha apoderado de numerosos líderes contemporáneos. En este contexto, su voz se amplifica —como pocas— en medio del ruido: como una voz que clama en el desierto.
Vivimos tiempos en los que la fuerza sustituye a la razón, la estridencia sepulta a la prudencia y las reglas son más un estorbo que una guía. La figura del papa León XIV resulta, por decir lo menos, incómoda, y no porque diga algo radicalmente nuevo, sino porque insiste —con una terquedad de anacoreta— en principios que el mundo parece haber decidido abandonar: la vida como valor supremo, el diálogo como medio de solución y las leyes como límite. Tres simples postulados que tienen más fuerza que cualquier retórica grandilocuente.
En un orden internacional en el que buscan imponerse peligrosamente los más fuertes, León XIV predica como Simeón el Estilita y los primeros cristianos, desde lo alto de una columna: no en Siria, sino en Roma. Y lo hace, paradójicamente, en un entorno en el que nadie quiere escuchar. De ahí que su voz no sólo sea minoritaria, sino profundamente disruptiva: una voz potente que insiste en recordarle al poderoso que la violencia no puede ser destino, sino fracaso rotundo. No hay triunfos en Irán, ni en Gaza, ni en Ucrania.
Su postura antibélica y pacifista no admite a los acomodaticios históricos y de siempre. Mientras líderes como Donald Trump, Vladimir Putin, Benjamín Netanyahu y los caídos en circunstancias distintas, Nicolás Maduro y Viktor Orbán, tratan de normalizar el uso de la fuerza como instrumento de negociación y poder, el pontífice la despoja de toda justificación moral. No hay guerras “necesarias” ni daños “colaterales” que puedan ser administrados con cualquier bagatela de eufemismos. Sólo quedan víctimas: familias, niños, ancianos; destrucción, retroceso y, sobre todo, una renuncia demencial a la civilización.
Por ello, su prédica cristiana lo ha colocado en una tensión evidente con personajes como Donald Trump —irónicamente, ambos son compatriotas—, cuya visión del mundo, fincada en la primacía del interés nacional y el ejercicio unilateral del poder, representa exactamente aquello que el Papa cuestiona. Hay que decirlo con firmeza: no se trata únicamente de estilos distintos de liderazgo, sino de concepciones irreconciliables —como el agua y el aceite—: una que entiende el poder como imposición y otra que lo asume como responsabilidad frente a la vida. “No tengo miedo a la administración Trump. Seguiré hablando contra la guerra”…
En ese espejo incómodo que nos coloca frente a nosotros León XIV, no sólo interpela a las potencias globales, sino también a los gobiernos que construyen legitimidad sobre discursos que no siempre resisten el contraste con la realidad. ¿Cuántos gobernantes se dicen y se reivindican como humanistas? ¿Cuántos más invocan a Dios mientras justifican la guerra?
Esta diferencia pastoral resulta significativa. Si bien la historia de la Iglesia ha estado marcada por equilibrios complejos entre diplomacia, política y moral, el actual pontífice parece inclinarse con mayor decisión hacia una ética de la denuncia. En ello radica tanto su fuerza como su aislamiento.
En el caso de México, en el ámbito internacional se han defendido principios como la no intervención, la autodeterminación de los pueblos y una retórica de respeto a los derechos humanos. Sin embargo, esa narrativa se fractura cuando se observa la cruda realidad interna. Se niega, de forma obtusa, a reconocer plenamente la crisis de desapariciones forzadas —que el Comité de Desapariciones Forzadas de la ONU desnudó— y se pretende eludir y minimizar el drama de miles de familias mexicanas.
No sólo eso: se desprecia, de manera difícil de entender, la ayuda que un organismo multilateral ofrece para enfrentar una crisis que ha rebasado al propio Estado. Un país con más de 70 mil cuerpos sin identificar en morgues no está en condiciones de prescindir de apoyo técnico ni humanitario. Resulta aún más contradictorio si se recuerda que México ha recurrido en múltiples ocasiones a la asistencia de la ONU en asuntos considerablemente menos dramáticos, sin que ello implicara merma alguna a la tan invocada soberanía nacional. Por el contrario, esa colaboración fortaleció capacidades institucionales y proyectó un compromiso con estándares internacionales.
Negarse hoy a esa ayuda no sólo evidencia una incongruencia política, sino que contraviene una práctica elementalmente humana y, en términos del propio papa León XIV, profundamente cristiana: acompañar al que sufre, reconocer la dimensión del dolor y actuar en consecuencia. Rechazar ese auxilio es, en el fondo, darle la espalda no sólo a la cooperación internacional, sino —sobre todo— a las víctimas.
La contradicción es evidente. Se invoca el derecho internacional hacia afuera, pero se relativiza el derecho más elemental hacia adentro: el derecho a la vida y a la verdad. Se condenan abusos en otros contextos, pero se administra con cautela y se reclasifica —cuando no con omisión— la violencia propia.
A diferencia de otros pontificados que enfrentaron escenarios bélicos —como el de Pío XII, marcado por una diplomacia prudente y que algunos califican de cómplice—, León XIV ha optado por una claridad que descuadra. Nombra la violencia, denuncia abusos y evita refugiarse en ambigüedades. No hay equilibrios retóricos que diluyan la responsabilidad. En su discurso, la violencia tiene rostro, pero la omisión también.
Esa diferencia no es menor. En un mundo donde la ambigüedad suele ser la moneda de cambio de la diplomacia, la precisión moral se vuelve casi subversiva. Y en esa subversión radica su aislamiento, porque decir las cosas como son implica incomodar a quienes prefieren administrarlas.
Lo que León XIV representa, en última instancia, es una “anomalía ética” en un sistema que ha normalizado la incongruencia y la mentira como modelos. Mientras los Estados recalibran principios en función de intereses, él insiste en que hay límites que no deberían negociarse. Mientras la política internacional se desliza hacia el pragmatismo descarnado, él recuerda —en una abierta provocación— que sin reglas no hay orden, y sin orden sólo queda la fuerza.
¿Sirve de algo esa terquedad? En términos de pragmatismo político, probablemente poco. Pero en términos de brújula moral, resulta indispensable. Porque incluso en el desierto, la existencia de una voz que nombra lo evidente —que la vida importa, que la ley importa, que el diálogo importa— evita que se desmoronen nuestros cimientos civilizatorios.
En un mundo que parece haber decidido avanzar sin rumbo, León XIV no ofrece el mapa. Ofrece algo más incómodo: la evidencia de que extraviarse también es una decisión.
Posdata. Se puede ser cristiano o no, pero cuesta trabajo no coincidir con León XIV ni reconocer la valentía de su prédica en un mundo que ha optado por la sordera. Por cierto ¿cuántos votos cristianos está perdiendo Donald Trump de cara a noviembre?
Opinion para Interiores:
Otras Opiniones
-
Rafael Gómez OlivierCapitán -
María Teresa Galicia CorderoLibertad de expresión y sus desafíos -
Jerónimo ChavarríaEl Atoyac no se rescata con anuncios -
Herminio Sánchez de la BarqueraRelaciones entre guerra y economía en nuestros días (I) -
Carlos Figueroa IbarraFrancisco Vélez Pliego y una nueva agenda universitaria
Anteriores
Licenciado en Relaciones Internacionales por la UNAM con maestría en Administración para la Seguridad y Defensa Nacional. Analista y consultor en seguridad, inteligencia y análisis político, especialista en análisis estratégico. Ha ocupado diversos cargos en instituciones como el CISEN, la Secretaría de Seguridad Pública y el INE.
