Balogun vs. el balón… sin gun

  • David Córdova Tello
Mientras gobiernos y negocios intentan apropiarse del Mundial, el futbol sigue imponiendo sus reglas

Los tres anfitriones del Mundial de 2026 quedaron eliminados de formas muy distintas. Se esperaba mucho más de ellos y que, al menos, alcanzaran los cuartos de final. Sin embargo, el balón volvió a colocarlos en el lugar de siempre.

Quizá México fue el que estuvo más cerca de conseguir el pase, pero enfrente tuvo a una poderosa Inglaterra, probablemente el rival más complicado. Canadá se petrificó ante Marruecos, uno de los equipos más desinhibidos, alegres y atractivos de esta Copa del Mundo, mientras que Estados Unidos se fue por la puerta de atrás, jugando de más a menos, hasta ser vapuleado por la Bélgica de “los veteranos”.

El Mundial de 2026 parece confirmar una gran paradoja. Nunca como ahora la política, los grandes intereses económicos y algunos gobiernos habían intentado influir tanto en una Copa del Mundo. Sin embargo, cada jornada ha demostrado que existe un límite que ningún presidente, gobernante o patrocinador puede driblar. Cuando el balón comienza a rodar, el poder deja de mandar.

Extraordinaria en lo futbolístico, esta Copa del Mundo también ha quedado salpicada por decisiones políticas, controversias arbitrales e intereses comerciales que amenazan con desdibujar su esencia deportiva. Paradójicamente, esos mismos excesos han recordado que el futbol conserva una capacidad única para desafiar a quienes pretenden convertirlo en un instrumento de poder, de propaganda o en un negocio sin límites.

El ejemplo más evidente fue Estados Unidos. La decisión del presidente Donald Trump de solicitar el perdón para el delantero Folarin Balogun y la polémica llamada telefónica al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, evidenciaron que para Washington el Mundial terminó convirtiéndose en un asunto de Estado y en una oportunidad para proyectar poder y hegemonía.  Demostraron que para esa nación el Mundial tiene reglas endebles para ellos y rígidas para los demás.

Sin embargo, toda esa soberbia se esfumó cuando terminó el partido. Bélgica derrotó con contundencia a Estados Unidos por 4-1 y dejó una lección que el futbol suele repetir para fortuna de todos. ¿Qué habría ocurrido si Balogun hubiera marcado el gol de la victoria? ¿Qué habría pasado si Estados Unidos hubiese eliminado a Bélgica? El escándalo habría alcanzado dimensiones imprevisibles y la protesta de la UEFA habría sido sonora. Pero el balón volvió a poner las cosas en su sitio. La injusticia percibida por muchos quedó exhibida en el terreno de juego, donde no existen decretos presidenciales ni llamadas telefónicas capaces de alterar el marcador. Debió de ser muy incómodo para Balogun cargar con toda esa polémica, y quizá ese episodio terminó afectando el ánimo del propio equipo. La goleada apagó momentáneamente el incendio, aunque el torneo quedó tiznado.

El dramático encuentro entre Argentina y Egipto volvió a colocar al VAR en el centro de la polémica. Una jugada fue revisada para anular un gol con un excelso pase de medio gol de Mohamed Salah, mientras que un posible penal sobre el propio delantero egipcio nunca fue examinado y de esa acción nació el tercer gol argentino. Quizá nunca pueda demostrarse una intención deliberada, pero la tecnología, creada para eliminar dudas, parece haber generado nuevas formas de desconfianza cuando los criterios cambian de un equipo a otro.

Esta vez no apareció la célebre "mano de Dios", pero para muchos apareció la mano del VAR y, detrás de ella, la sombra oscura de la FIFA. Resulta profundamente injusto que las críticas se concentren en Lionel Messi, quien probablemente sea el menos responsable de esta controversia.

México tampoco escapó a esa insana mezcla entre futbol y política. La eliminación de la selección ocurrió en medio de una controversia alentada por la decisión del Gobierno de la Ciudad de México de pretender modificar el horario del partido frente a Inglaterra. Incapaz de garantizar plenamente la seguridad de la gente en los festejos y cargando a cuestas con el peso de cinco muertes absurdas, Clara Brugada decidió —sin consultar con nadie, al menos públicamente— que era una brillante idea alterar el horario del encuentro, como la suerte de "ajolotizar" la CDMX.

Muchos interpretaron la medida como una ocurrencia autoritaria en un evento que debería responder exclusivamente a criterios deportivos y de organización y así lo hizo saber oportunamente el DT Javier Aguirre. No hubo triunfo de la selección nacional y los festejos se apagaron con la misma rapidez con la que llegaron. Tras un mes de alegría espontánea y necesaria, los mexicanos regresamos de golpe a la realidad.

Y la realidad no luce alentadora. El despertar ocurre en medio de crecientes tensiones con Estados Unidos y de la incertidumbre económica provocada por el anuncio de Donald Trump de poner fecha de caducidad al T-MEC, abriendo un nuevo periodo de revisión anualizada que impactará a la economía mexicana.

Por si eso fuera poco, apenas unas horas después de la eliminación de la selección nacional, autoridades de ese país filtraron al medio Pie de Nota imágenes e información que comprueban la participación del FBI en la captura de Ismael "El Mayo" Zambada, en contubernio con uno de los hijos de Joaquín "El Chapo" Guzmán. Durante dos años el Gobierno de México exigió aclaraciones, finalmente aparecieron, aunque no por los canales oficiales y dejaron muy maltrecha a nuestra soberanía. La reacción gubernamental fue la acostumbrada: mirar hacia el pasado y mostrar la tarjeta roja al inefable y peculiar exembajador del sombrero Ken Salazar, que engañó a algunos ilusos. En este partido, debemos precisar que el segundo tiempo apenas comienza y por la alineación que se presenta, todo indica que todavía quedan muchos goles por caer.

Cada uno de estos episodios tiene características distintas, pero todos apuntan en la misma dirección. El Mundial enfrenta una presión creciente de gobiernos que buscan llevar agua a su molino y apropiarse políticamente de un espectáculo que pertenece al balón. Irónicamente, es el propio futbol el que termina corrigiendo esos exabruptos de poder.

Por eso, a pesar de las sombras que proyectan la política y el dinero sobre esta Copa del Mundo, el futbol sigue saliendo victorioso. Mientras conserve esa capacidad de sorprender, de derribar favoritos y de emocionar por igual a ricos y pobres, el Mundial seguirá perteneciendo a los futbolistas y a los millones de aficionados que aún creemos – como si fuera un acto de fe – que, durante noventa minutos, el único poder legítimo es el que emana del balón.

Hay, sin embargo, una última historia que merece contarse.  La modesta selección de Cabo Verde abandonó el torneo sin conseguir una sola victoria. Frente a rivales muy superiores jamás renunció al ataque y terminó regalándonos quizá el mejor gol y la historia más épica de este Mundial. Una vez más, el futbol nos recuerda que el triunfo no siempre consiste en ganar. ¿Alguien aún lo duda?

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David Córdova Tello

Licenciado en Relaciones Internacionales por la UNAM con maestría en Administración para la Seguridad y Defensa Nacional. Analista y consultor en seguridad, inteligencia y análisis político, especialista en análisis estratégico. Ha ocupado diversos cargos en instituciones como el CISEN, la Secretaría de Seguridad Pública y el INE.