México: la democracia en peligro
- Eduardo R. Villegas
¿Está en crisis la democracia? Me parece que ante el panorama internacional que se ofrece a nuestra vista, por lo menos su buena salud resulta cuestionable.
Es lo menos que podemos pensar frente a fenómenos como el de Trump y Milei; el desastre que, según muchos chilenos, ha sido el gobierno de Boric; lo rápido y mal que parece haber envejecido la democracia española y, para terminar, lo que ocurre aquí mismo, ante nuestros ojos, con Morena y el gobierno de la 4T.
Sin embargo, no estamos ante un fenómeno inédito. Un análisis histórico no demasiado concienzudo, nos permite observar que la democracia entra en crisis con mucha más frecuencia de la que a simple vista podríamos imaginar.
Si no fuera el mayor descubrimiento del capitalismo para mantener su estabilidad, a la vez que se desarrolla y perfecciona, a la democracia quizás se le vería como una especie de excentricidad sin mayor posibilidad de éxito.
¿Qué quiero decir con esto? Que a quien más conviene la democracia es al capitalismo y a sus intereses y que las crisis de la primera están estrechamente vinculadas a crisis de las sucesivas formas hegemónicas del segundo. No obstante, nadie con un mínimo de sentido común puede negar que sigue siendo el modelo de gobierno y de convivencia social más aceptable hasta nuestros días, aún con todo lo perfectible que pueda seguir siendo.
Por otra parte, el concepto de democracia, así, en abstracto, carece de sentido. En realidad deberíamos hablar de “democracias”, tanto en un sentido diacrónico, como sincrónico. Por una parte, a lo largo de casi doscientos cincuenta años de su historia moderna, la democracia ha cambiado sustancialmente; por otra, en los diferentes cortes que se puedan hacer en un análisis histórico, han convivido y siguen conviviendo simultáneamente diferentes tipos y formas de sistemas democráticos.
Todos con virtudes y defectos o, como se dice ahora, con fortalezas y debilidades. Muchos de ellos, también hay que decirlo, con más debilidades que fortalezas. Este último parece ser, por desgracia, el caso de México, cuya democracia no termina de sentirse permanentemente amenazada, desde diferentes frentes.
No caeré en el manido tópico de la tentación autoritaria, aunque sé que existe y que es, hoy por hoy, uno de los mayores peligros que nuestra muy vulnerable democracia enfrenta. Me quiero referir más bien a los diferentes problemas que presenta las formas en que se concibe y a las repercusiones que dicha conceptualización -de ninguna manera desinteresada- tiene sobre la realidad social y política. Comenzaré por el argumento más socorrido; el de que la obtención de una mayoría de votos -máxime si esa mayoría es aplastante- es suficiente fundamento para calificar como democráticas las decisiones que se toman. Dicho argumento es de una simpleza rayana en la estupidez.
Se trata de una de las grandes falacias de la democracia. La falla está justamente en la idea de suficiencia. Obtener un mayor número de votos es necesario, pero no suficiente. Es necesario porque los votos legitiman cuando son bien habidos, pero no garantizan que, con posterioridad a la elección, se gobierne democráticamente, así que lo único que puede dar esa garantía es la conformación y mantenimiento de instituciones democráticas fuertes, transparentes e independientes del poder en turno.
En ese sentido, en México parecemos ir hacia atrás. Por razones de espacio no mencionaré más que un ejemplo, pero los hay en abundancia y seguramente cada lector tendrá los suyos. El mío es el de la Reforma Judicial, que no fue de ninguna manera un ejercicio democrático, sino un acto de autoritarismo, ante un Poder Judicial, no sólo corrupto y completamente desapegado de la sociedad y de sus necesidades de justicia, sino también totalmente fuera del control del gobierno en funciones.
Es más o menos indudable que dadas las condiciones de impartición de justicia en nuestro país, la reforma judicial era necesaria. En una democracia, que no esté fundada únicamente en el número de sufragios favorables, es imprescindible que la justicia sea, no sólo más expedita, sino también más equitativa, en relación con condiciones de clase, raza, nivel educativo, género, etc. Es algo que debe formar parte de una visión mucho más compleja y acabada de la democracia y que indudablemente repercute en un mejoramiento de la vida social.
Así que no se cuestiona la muy probable necesidad de la reforma, sino el propósito antidemocrático con el que se llevó a cabo y la forma en que eso sucedió. En relación con el propósito, no hubo otro que el de mantener bajo control los procesos y las decisiones del Poder Judicial cada vez que eso le resulte necesario a la clase gobernante. En cuanto a la forma, el argumento de los votos, en este caso, es aún más cuestionable frente a una elección a todas luces orquestada para favorecer a los intereses del gobierno de la 4T.
Otro elemento a tomar en cuenta en la construcción y la consolidación de una democracia fuerte y eficaz es el de la información, pero no así, a secas, sino información de calidad. No es ningún descubrimiento saber que una democracia desinformada se deteriora irremediablemente. Soy incapaz de citarlo con exactitud, pero Jorge Luis Borges dijo alguna vez que aspiraba a vivir en una democracia como la suiza, en la que la gente no sabe cómo se llama su presidente.
Con todo lo que una afirmación así signifique, no me parece lo más deseable, por la simple razón de que la democracia cada día está más vinculada a la información en la misma medida en la que sus perversiones están vinculadas a la desinformación o a la información de mala calidad. Dada la fragilidad de nuestra democracia, contrario a lo que Borges creía, es importante que los ciudadanos conozcan muy bien a quienes los gobiernan y que estén perfectamente enterados de lo que hacen y dejan de hacer.
Pero cuando, reactivo a esa necesidad, un régimen comienza a situar entre sus enemigos a los medios de información que, independientemente de sus intereses o de su línea, lo cuestionan o lo critican o, peor aún, que han decidido no jugar al ocultamiento y la simulación, malo el cuento: la democracia está en peligro.
El mejor ejemplo lo tiene justamente el lector frente a sus ojos: el gobernador de Puebla ha convertido a este medio en uno de sus objetivos de guerra y a su director, Rodolfo Ruiz, con quien desde luego me solidarizo, en uno de sus principales enemigos. Al margen de su autoritarismo, las razones del gobernador me dan igual. Simple y sencillamente es algo que en una democracia que se respete no debe suceder.
Finalmente, me quiero referir a la idea de que la fuerza de una democracia y de un gobierno democrático radica en el apoyo popular. Lo que por supuesto es cierto, si un gobierno no termina por cultivar la idea manipuladora y demagógica del pueblo bueno que nunca se equivoca. Esa idea encierra varios problemas para una democracia verdadera.
La primera y más simple, porque salta a la vista con sólo revisar la historia reciente del mundo, es que el pueblo suele equivocarse con mucha mayor frecuencia de lo que todos quisiéramos. Sin embargo, nadie le puede arrebatar su derecho a decidir y a elegir por quién será gobernado. Eso no está en cuestión: ya he dicho que eso no constituye por sí mismo la democracia, pero es uno de sus pilares.
De hecho, el pueblo no representa un peligro para la democracia, quien lo representa es un gobierno que ensalza manipuladoramente al pueblo, en detrimento de la ciudadanía. Es justamente la ausencia de ciudadanía lo que posibilita prácticas deleznables que hacen un profundo daño a la democracia, tales como el acarreo, la compra de votos y de voluntades, la desinformación, etc.
Así que lo que una democracia necesita consolidar para fortalecerse y mantenerse sana es el concepto de ciudadanía y las prácticas vinculadas a él. Son las prácticas ciudadanas las que permiten a un pueblo empoderarse frente a sus gobernantes.
Es un hecho que toda democracia es perfectible. No hay una sola en el mundo, por muy bien que esté que sea inmejorable. La democracia es, por naturaleza, una obra colectiva siempre inacabada y a la que siempre hay algo que corregirle. La nuestra se siente demasiado vulnerable, pero creo que, desde un punto de vista aceptablemente optimista, todavía podría tener remedio si nos lo proponemos.
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Doctor en Psicología Social. Profesor-investigador de la BUAP durante 35 años. Director General de Pluriversia, Espacio de Investigación y Estudios Críticos. Es autor de capítulos de libros y artículos en revistas especializadas y de numerosos artículos de opinión.
