Los miserables, se revaloran
- Román Sánchez Zamora
Todos busca ser jefes; todo mundo busca lo inmediato, lo fácil y ha sido para varios el mal interpretar que esa felicidad viene hasta de no valorar su propia vida y no únicamente se trata de la vida de uno, sino de toda la familia, la hermandad, del equipo, nadie crece solo; en la soledad sólo encontrarás la frustración, hasta el buen boxeador hace equipo con su entrenador. El día que esto se rompe, queda esa carrera trunca.
Hay que saber mandar, hay que saber que es uno parte de un gran equipo en donde hay otros que quizá no sean mejores que uno, pero les tocó estar allí y sus resultados los mantendrán o seguirán ascendiendo en un organigrama imaginario pero que se respeta, que se vive, se alimenta y hasta uno se atreve a emparentar, y el compadrazgo es parte de ese ritual.
Me ha tocado ver a jóvenes que aparecen como aspirantes a caciques, pero su falta de pericia los hace aislarse. Al final se entera uno que son los hijos de alguien lejano y famoso, pero no por ello lo va uno dejar integrarse a nuestra cadena de producción, porque eso es una cadena, no que te ata, sino que es una cadena que hace que toda nuestra maquinaria se mueva.
Algunos se han convertido en figuras de respeto y no es que sean un lastre para nuestra comunidad, sino que uno debe ser agradecido, pero también ellos cuentan con habilidades que nos favorecen como comunidad de jefes o encargados o dueños, como gusten llamarle.
Y también hay una responsabilidad en apoyar a crecer a uno u a otra, darle las habilidades de uno, poco a poco eso causa celo, ánimo de venganza, y es allí cuando uno debe ser el más maduro de todos.
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