Teotihuacán: El espejo enterrado en que nos miramos
- David Córdova Tello
En la actual política mexicana todos los días son de escándalos sin precedente. Es tal el cúmulo de torpezas y episodios de violencia —cada vez más graves— que terminan por anularse entre sí. No se trata de una estrategia gubernamental deliberada para eclipsar un escándalo con otro más estruendoso; pero el efecto es inevitable: cada nuevo episodio sepulta al anterior…
Se dirá que, en la era de las redes sociales y de ciudades vigiladas por cámaras en todas partes —hasta en los elevadores que registran acosos—, vivimos bajo un Gran Hermano anárquico, descontrolado y sin gobierno. Los audios y videos que circularon sobre la tragedia en la Pirámide de la Luna en Teotihuacán lo confirman: los ciudadanos, armados con teléfonos inteligentes, ya no conceden al Estado margen alguno para controlar la comunicación ni la narrativa que recorre el mundo en cuestión de minutos.
No solo eso: son ahora voces anónimas las que, desde el celular, parecen comandar y dirigir los penosos operativos de la Guardia Nacional para intentar neutralizar a un agresor de turistas internacionales, con simulado acento español. Desde un basamento, el atacante proclama que las pirámides son espacio de sacrificio, no de fotografías -una suerte de venganza simbólica de los pueblos originarios- contra los neoconquistadores.
La ironía es inevitable. El episodio ocurre tras la visita de la presidenta Claudia Sheinbaum a Barcelona, donde su presencia buscó recomponer la fracturada relación diplomática con España. Aprovechó el momento para reiterar su ya conocido discurso y llamado a la paz mundial, sin mirar la enorme viga propia. Más aún, recién llegada a México, desde la mañanera reavivó el discurso contra la derecha, los conservadores y los neoliberales, a quienes calificó —paradójicamente— como odiadores de origen.
No sostenemos, ni remotamente, que estos mensajes tengan relación directa con la violencia homicida del agresor. Pero el paralelismo es inevitable: el lenguaje público que se ha sembrado durante los últimos años encuentra ecos incómodos en episodios como la tragedia teotihuacana.
Porque si se pretende reivindicar el pasado precolombino en su grandeza y nobleza, pocas cosas resultan más contradictorias —más en las antípodas— que el asesinato de una turista canadiense y las heridas a más de una decena de visitantes, incluido un menor de edad. No se trató de un sacrificio ritual —un revólver calibre .38 dista mucho de un cuchillo de obsidiana—, pero la escena nos remite, de forma inquietante, a un pasado no tan “glorioso” al menos en cuanto a la violencia “sagrada”, si es que tal cosa es posible.
La Pirámide de la Luna no es la más grande ni la más imponente, pero sí, quizá, la más bella y mejor conservada. Muchos la hemos escalado desde niños con orgullo al menos una vez. Volver a hacerlo después de esta tragedia será distinto -no solo por el paso del tiempo-, sino por la memoria que ahora la habita. En ese sentido, dejó de ser únicamente un sitio arqueológico para convertirse en escenario de horror; no como excepción, sino como cruel metáfora.
Una parábola de un país donde los sacrificios ya no ocurren en lo alto de los templos, sino en la opacidad de las fiscalías, en la negligencia, en los cobros ilegales para “agilizar” investigaciones y en la impunidad cotidiana que termina por ofrecer —en algunos casos— un chivo expiatorio a modo para contener el daño reputacional.
Como hemos señalado en colaboraciones anteriores, el camino hacia el Mundial de Futbol se perfila como un trayecto minado de violencia y tensiones sociales. Este episodio recorrió los principales medios internacionales y vuelve a colocarnos en una posición incómoda.
Pero el problema no es solo la imagen. Es la memoria. Si cada escándalo sepulta al anterior, el riesgo es que también entierre nuestra capacidad de asombro y de aprendizaje. Un país que no reconoce sus tragedias está condenado a reproducirlas, incluso después de más de cinco siglos.
En ese sentido, lo ocurrido en Teotihuacán también dialoga —de forma incómoda pero inevitable— con la reciente tragedia de la joven asesinada en la Ciudad de México, cuyo caso volvió a exhibir la torpeza, la descoordinación y las grietas de la fiscalía capitalina. Distintos escenarios, una misma constante: la incapacidad institucional para responder con eficacia y credibilidad.
Sin embargo, el discurso político insiste en dividir, en señalar enemigos, en reducir la complejidad a bandos morales. Como si la violencia distinguiera entre conservadores y progresistas, entre neoliberales y transformadores. Como si las balas, las desapariciones y los feminicidios atendieran a etiquetas ideológicas.
Teotihuacán deja así de ser solo un espléndido sitio arqueológico para convertirse en un espejo enterrado —parafraseando a Carlos Fuentes— en el que nos miramos. Un recordatorio de que la grandeza histórica no inmuniza contra la decadencia presente. Los símbolos no sustituyen a las instituciones, y ningún discurso, por persistente que sea, puede ocultar indefinidamente la realidad de un país donde la violencia se ha vuelto lenguaje dominante.
Si el México prehispánico elevaba sus sacrificios hacia el cielo en busca de sentido, poder y permanencia, el México contemporáneo parece enterrarlos, dispersarlos o extraviarlos en expedientes interminables. En ambos casos, la constante resulta inquietante: la vida como mercancía de trueque, sin distinción de nacionalidad, género o edad.
No sabemos si un nuevo escándalo sustituirá al actual —porque, sin duda, vendrán otros— ni cuánto más puede resistir una sociedad que ha aprendido a transitar en la barbarie sin dejar de considerarse civilizada.
Posdata. El Instituto Nacional de Antropología e Historia anunció la reapertura de la zona arqueológica de Teotihuacán, con excepción de la Pirámide de la Luna. Es posible imaginar a los visitantes deteniéndose unos segundos, mirando desde la distancia esa nueva piedra de sacrificio que, paradójicamente, la vuelve más presente que nunca.
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Licenciado en Relaciones Internacionales por la UNAM con maestría en Administración para la Seguridad y Defensa Nacional. Analista y consultor en seguridad, inteligencia y análisis político, especialista en análisis estratégico. Ha ocupado diversos cargos en instituciones como el CISEN, la Secretaría de Seguridad Pública y el INE.
