¿Qué significa ser artista en una sociedad fracturada?

  • Libertad Mora Martínez
En la actualidad mexicana el arte es, simultáneamente, denuncia, memoria, resistencia y creación

En el marco del Día Internacional del Arte resulta pertinente interrogar los fines del quehacer artístico en una sociedad atravesada por múltiples formas de dolor, como la mexicana. Más allá de concepciones clásicas que han situado al arte en el ámbito de lo estético o lo contemplativo, hoy se vuelve necesario comprenderlo como una práctica situada: un espacio de producción de sentido, de memoria y de agencia colectiva.

La vinculación entre el arte y la sociedad se convierte, hoy más que nunca, en un acto imperante. Vale la pena insistir en una pregunta que no es nueva, pero sí urgente: ¿para qué el arte en una sociedad como la mexicana?

En el México contemporáneo, el arte no puede desligarse de su contexto. Las desapariciones forzadas, la violencia estructural, la precarización de la vida y las fracturas sociales configuran un horizonte en el que el acto artístico deviene también en acto político.

En este sentido, el arte no solo comunica: denuncia, interpela y hace visible aquello que muchas veces es negado o silenciado. Como han sugerido pensadores como Jacques Rancière, el arte reorganiza lo sensible; es decir, redefine lo que puede ser visto, dicho y sentido en una sociedad. En México, esta reorganización implica, con frecuencia, traer al centro aquello que ha sido históricamente marginado.

El arte contemporáneo situado —particularmente aquel que emerge desde comunidades, territorios y colectividades diversas— no se limita a representar la realidad: la disputa. En sintonía con Walter Mignolo y la propuesta decolonial, podríamos decir que estas prácticas encarnan una “desobediencia estética”: un desplazamiento de los centros de validación hacia otras formas de sentir, crear y significar. Aquí, el arte no busca legitimarse en instituciones, sino en su capacidad de activar vínculos, memorias y resistencias.

Pero el arte no solo expone el dolor: también habilita formas de sanación. En contextos marcados por la violencia, las prácticas artísticas comunitarias —como el performance, la intervención urbana, las cartografías textiles, los rituales, las danzas, las músicas, entre otros— permiten reconstruir vínculos, reactivar memorias y sostener formas de vida que resisten a la fragmentación. Aquí, el arte opera como un dispositivo que permite nombrar lo innombrable.

Asimismo, el arte en México se inscribe en una profunda diversidad cultural que desafía las nociones hegemónicas de creación. Desde perspectivas como las de la antropología del arte, podríamos ir aún más lejos: el arte no solo representa el mundo, sino que lo produce. Hace existir formas de vida, activa presencias, sostiene realidades. Esto resulta particularmente evidente en prácticas de pueblos originarios, donde lo artístico no es un campo separado, sino una dimensión constitutiva de la vida misma. Allí, crear no es expresar: es hacer mundo.

Frente a este panorama, surge una pregunta clave pensada para las próximas generaciones que incursionan en el mundo del arte: ¿Cuáles son las implicaciones actuales del artista? La respuesta, de facto, no radica únicamente en formar intérpretes, sino en formar sujetos sensibles, críticos y capaces de imaginar y encauzar otras realidades posibles.

El artista, antes que un intérprete docto o sabio en alguna técnica, es un ser social que debe dialogar y reflexionar a partir del contexto del cual forma parte; de lo contrario se encontraría inmerso en la indiferencia o limitado al mero entretenimiento, lo que significaría un retroceso sobre la noción y la praxis del arte y el artista.

En un contexto como el mexicano donde la violencia tiende a normalizarse, el arte ofrece una vía para interrumpir esa normalización, para abrir preguntas, empatizar, para disentir. Pensar con y desde el arte implica fomentar una mirada que no se conforme con lo dado, con lo “establecido”. Así, el arte en la actualidad mexicana no tiene un único fin. Es, simultáneamente, denuncia, memoria, resistencia y creación.

Su potencia radica precisamente en esa multiplicidad: en su capacidad de articular lo individual y lo colectivo, lo sensible y lo político, lo cotidiano y lo extraordinario. Para quienes hoy se forman en las artes, esto supone un desafío y una responsabilidad: no solo crear, sino preguntarse desde dónde, para quién y con qué efectos se crea. En sociedades fracturadas, el arte no es un lujo: es una forma de sostener la vida y crear mundos.

Fotografía tomada de: https://mx.boell.org/es/2017/06/29/huellas-de-la-memoria

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Libertad Mora Martínez

Es doctorante en Antropología Social por la ENAH y maestra por el CIESAS. Premio a la mejor investigación sobre grupos otopames (UNAM). Es profesora-investigadora tiempo completo en el Colegio de Etnocoreología de la Facultad de Artes (BUAP). Socia fundadora de la Asociación Civil, “Perspectivas Interdisciplinarias en Red, A.C”