La filosofía en un mundo pre-pensado

  • Arturo Romero Contreras
Toda disciplina se muestra sin necesidad de justificarse, la filosofía no

Esta primera contribución servirá como presentación de una columna filosófica. Lo primero a lo que uno se siente obligado es a justificar su temática, lo que esencialmente no significa otra cosa que justificar a la filosofía misma. Nadie tiene que justificar sus columnas de ciencia, de política o de chismes. Pero, ¿para qué la filosofía? ¿Por qué filosofía y no sólo tele y novelas? O bueno, más seriamente, ¿por qué no sólo noticias y algunos comentarios? ¿Para qué extraviarse en lo que no tiene respuesta, en lo que nadie entiende y que finalmente no puede demostrar su conexión con, no digamos ya su utilidad en, el mundo?

Esta pregunta es ya un lugar común. Es casi una mueca, que cualquier filósofo o estudiante de filosofía reconoce bien. Y no sólo hoy. Parece que la filosofía tiene que justificar su derecho a existir una y otra vez. Su mera existencia es ya la prueba de que siempre responde. Y quizá es la única que responde de sí, de su existencia y es por eso, sólo por eso, que ya vale la pena.

No se crea que la pregunta es ociosa. En todo el mundo se ven los signos de una cacería de filósofos, perseguidos no por “peligrosos”, sino por inútiles. Y claro, no los vemos arder en hogueras, sino más bien morir de inanición, o sea forzados al desempleo, arrinconados por la indiferencia y en el mejor de los casos, expuestos a la falta de presupuesto. Ah, sí, ésta es la gran invención moderna para tratar indeseables: no perseguir, sino dejar morir. En vez de cazar abiertamente y encarcelar, simplemente condenar al desempleo. Pero antes de liberar el aquelarre de alguna dolorosa autocomplacencia y de lamernos las heridas, hay que señalar que el filósofo no está libre de culpa. ¡El que esté libre de culpa, que lance al primer desempleado! Y no está libre porque debe aceptar la objeción que amablemente se formula como pregunta: ¿para qué sirve la filosofía?, pregunta que con todo disimula la respuesta anticipada: para nada.

Si comienzo con esta actitud voluntaria de acusado a priori, es sólo para invertir la situación. Preguntemos a cualquiera para qué sirve lo que hace. Y la gran mayoría alegará toda clase de consecuencias útiles. Anotemos esa lista, algunas veces desbordante de tan útiles que son tantas personas. Demos ahora el siguiente paso, completamente natural, de preguntar cómo se vinculan las virtudes utilitarias de unos con las de otros y veremos que la cosa marcha y marcha muy bien. Todo va engrasado a la perfección. No hay que dejarse convencer por los pesimistas que dicen que en este mundo nada funciona. Por el contrario, todo marcha de maravilla, incluso ahí donde todo parece descompuesto, o mejor dicho, precisamente porque parece descompuesto. Cuando todos se apresuran a hablar de la crisis del sistema mundial o del capitalismo hay que detenerse y poco. ¡No, todo marcha de maravilla! ¿No se logra mantener sistemáticamente y a largo plazo ese 1% que posee la mayoría de la riqueza? ¿Acaso no prueba la mera existencia de ese porcentaje el éxito del sistema que debe producirlo? No se crea que el hambre, o los impactos medioambientales de la tecnología o el desempleo son signos de crisis. Todo marcha bien en ese sentido. Así que este mundo contaminado, empobrecido, explotado, violentado, etc., marcha muy bien justo porque hay un montón de gente útil. ¿No debe más bien ser motivo de vergüenza decir que es uno muy útil en un mundo fundamentalmente injusto?

Pero sería demasiado fácil para el filósofo acomodarse en ese cuevecilla que, por cierto, huele bastante mal. El filósofo no puede decir: ¡soy el héroe de la inutilidad! ¡Soy el resto inasimilable en un sistema opresivo! Nadie debe tolerarle al filósofo esta actitud porque hay en verdad mucha inutilidad por ahí. Hace algunas décadas ciertos filósofos levantaron su altar a la inutilidad y al despilfarro, bajo la idea de que un mundo orientado a la producción y la eficiencia encontrarían en aquellas prácticas una objeción. Pero la verdad, ya es tiempo de que caiga la máscara de este sistema, que no es ni productivo, ni eficiente. No es productivo como creemos porque esa abrumadora cantidad de mercancías que circula por el planeta no es lo que constituye absolutamente nuestra economía, sino el capital financiero: especulación, seguros, acciones, cosas que no tienen detrás una traducción material unívoca, sino más bien fantasmagórica. Y este mundo no es eficiente. No por el Estado, por cierto, como cuentan los neolibérrimos, sino por los participantes del mercado mismo. No es compitiendo, sino monopolizando que se han hecho las grandes empresas transnacionales lo que no ha redundado en abaratamiento, sino en control absoluto del mercado. Y respecto a la eficiencia sólo repárese en hechos harto sabidos, que salen hasta en el Vanidades: que E.U. y Europa consumen el 65% de la energía total del planeta, Asia 10%, Japón 12% y el resto del mundo tan sólo el 13%. La mala “alocación de recursos” es signo inequívoco de una ineficiencia fatal. Y a los que defienden los organismos genéticamente modificados (alias transgénicos) con el argumento de que eso “solucionaría” los problemas de hambre en el mundo hay que recordarles que tan sólo en E.U.  se despilfarran 40 millones de toneladas de alimentos, lo que permitiría alimentar a 1000 millones de personas. La eficiencia y la planificación galopan en este mundo a la misma velocidad que la ineficiencia y el desorden (ex profeso, claro).

Bueno y entonces, ¿ya se salvó el filósofo por mostrar un par de cifras? Un economista podría haberlo hecho mejor y un periodista investigativo hasta le habría puesto más estilo. No se hable de los científicos sociales, que podrían ser más prolijos y citar estudios más serios, incluso el de Piketty, que no por cuestionado deja de hacer su punto y hacer visible la criminal concentración de la riqueza, parecida a aquella que reinaba en los años hollinosos de Oliver Twist y Marx. ¿Entonces, para qué una columna filosófica?

Nadie niega ya hoy en día que haya algo así como una “crisis”, o un “peligro” o que las cosas no “marchen como deberían”. Subrayo el deberían, porque pese a todo, el mundo parece marchar de lo lindo, es decir, sin desviaciones, ni titubeos, hacia su destrucción. Pero evitemos tonos apocalípticos y dejémoselos a Hollywood. Frente a todo esto, unos llaman a la reforma (hacer bueno al capitalismo, ponerle rostro humano, enverdecerlo) y otros a la resistencia (comprar comida biológica, donar dinero a alguna ONG o firmar alguna petición en línea). Lo que se extraña es un llamado a estudiar, sobre todo porque se cree que se sabe ya muy bien lo que pasa. Lo que nos faltan son “soluciones”, “alternativas”, “nuevos proyectos”, dicen. Pero no se puede solucionar nada si no se entiende lo que está pasando, ni alternativas si no se entienden las posibilidades e imposibilidades del sistema en que se vive. Y todo mundo dice que sabe. Para algunos falta liberalismo, para otros sobra, para algunos debemos salir de la modernidad, para otros hay que acabarla. Y en este blah, blah, lo que parece abundar no sólo es gente útil, sino también soluciones. Lo que verdaderamente falta es aquella divina inutilidad que venga a explicitar los problemas. Se avanza mil veces más mostrando un problema que maquilando alternativas, sobre todo porque estas giran en torno de un mismo prejuicio o punto ciego.

Un día, esperando el metro, se me apareció el ángel del capital y me habló con una voz prístina: “mi filosofía, es no tener filosofía”. Tenía cuerpo de mujer y bebía un líquido ámbar con burbujas, néctar del 1% (fruta y el resto seguramente un líquido de azúcar y agua o reservado para el 1%, no entendí, porque ese ángel indica, pero no se explica). El mensaje era claro y poderoso: sé útil o diviértete o haz lo que sea, pero no tengas filosofía. Diviértete, sea en tu tiempo libre o trabajando, pero diviértete. Entonces ¿no que se nos pedía ser útiles? Ya, sí, pero nadie dijo que útiles para algo bueno, ni digno. Divertirse, puesto que implica en su versión más extendida algún tipo de consumo, es cosa bastante útil. ¿Para qué? Para hacer girar la rueda del capital, la valorización de valor, etc. Pero no nos pongamos nostálgicos. ¿Qué tiene de malo? El otro día sonaba en el radio el evangelio de la liberación de la culpa: ¡¿pero qué de malo tiene tener dinero!? Nada, excepto cuando está mal distribuido. Pero no voy a levantarle el dedo a nadie, digo, el índice, como señalando sus “pecados sociales”. Ya tenemos predicadores para eso. No, el tema es que se dice: “no tengas ninguna filosofía”. Y este llamado del ángel del capital se conecta, de manera no tan disimulada, con ese llamado a hacer política “real, o sea, sin ideologías”. Y se conecta también con el pragmatismo que llama a resolver los problemas sin demorarse en metafísicas o “pensamientos abstractos”. Se entiende que entonces practicar una filosofía es como un ejercicio suntuario, como ir al gimnasio de los intelectuales para marcar el músculo argumentativo (o sólo para pasar por interesante e inteligente los domingos entre amigos, carnitas y leche negra con burbujas).

La frase del ángel del capital en realidad está incompleta. Ella reza más bien: “no pienses… porque hay algo que ha pensado ya por ti”. En realidad es una descarga, algo que nos alivia. No te preocupes por pensar, el mundo está ya pre-pensado (verbo derivado de ese concepto del pre-pago del estacionamiento, que es un pago completo, pero antes de llegar a la pluma, o sea, cuando ya es demasiado tarde). Y este es todo el asunto. El mundo sí que piensa, o mejor, para evitar todo malentendido, digamos que el mundo está estructurado por pensamientos, movido por pensamientos, actuado por pensamientos. “Yo no pienso, sólo actúo”, quiere decir: “delego mi derecho a pensar para que el mundo piense por mí”. Yo llego a la mesa servida, donde todo está decidido, donde rebosan jarras de respuestas y de platillos para elegir y de comensales útiles. Pero es que ¿hay alguien que no sepa esta trivialidad? ¿No estamos hablando con palitos y bolitas? ¿No me lanzarán de tomatazos por decir obviedades?

Pues bien, no basta con saberlo y este es el otro problema. No basta la actitud parroquial o de perico (¿podríamos decir “parrotial”, mezclando el inglés y el español?), sino hacer descender las obviedades a los ejemplos para ver que en verdad los pensamientos caminan por las calles y operan las fábricas y diseñan computadoras y se encargan de la ingeniería social y sostienen o rompen vínculos sociales. Aquí hay que acordarse de Hamlet cuando Polonio dice del príncipe de Dinamarca: “Though this be madness, yet there is method in ’t.”, o sea, hay método, lógica, pensar en su locura. Este es el mundo, una locura descarriada, pero con una lógica. La filosofía intenta desentrañar ese pensamiento y su relación con el mundo que llamamos más concreto. Que se tenga éxito es otra cosa. Pero no siempre se fracasa y el menor de los favores que hará la filosofía será no haberse rendido tan fácilmente.

[El autor es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP].

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Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.