La política detrás del delantal
- Araceli Molina Diz
Hoy, mientras millones de jóvenes consumen contenido en redes sociales, una tendencia aparentemente inocente gana terreno bajo una estética impecable: cocinas relucientes, vestidos vaporosos, pan recién horneado, bebés sonrientes y mujeres que parecen haber encontrado la felicidad absoluta en el hogar. Se hacen llamar tradwife, abreviatura de traditional wives o esposas tradicionales.
A simple vista no parece haber nada cuestionable. Después de todo, ¿qué tendría de malo que una mujer decida dedicarse a su familia? Absolutamente nada. La libertad consiste justamente en poder elegir el proyecto de vida que cada persona desea construir.
El problema comienza cuando dejamos de observar la fotografía y analizamos el discurso.
Porque detrás de esa estética cuidadosamente diseñada se esconde una narrativa política mucho más profunda: la reivindicación de un modelo social donde los papeles de hombres y mujeres vuelven a ser rígidos, jerárquicos y aparentemente naturales. No se trata solamente de cocinar o cuidar hijos; se trata de presentar la dependencia económica, la obediencia al esposo y la renuncia a la autonomía como el camino correcto para las mujeres.
Investigaciones recientes muestran que el fenómeno tradwife no sólo romantiza los roles domésticos, sino que con frecuencia se articula con discursos antifeministas y movimientos conservadores que cuestionan los avances en igualdad de género.
Las redes sociales han perfeccionado la capacidad de convertir una ideología en un estilo de vida aspiracional. Ya no se venden únicamente productos; ahora también se comercializan formas de pensar. Un algoritmo puede presentar la subordinación como si fuera tranquilidad, la dependencia como si fuera protección y la renuncia a derechos como si representara una vida más sencilla.
No es casualidad que muchas de estas cuentas hablen de "volver a los valores de los años cincuenta". Aquella época suele recordarse con nostalgia, pero pocas veces se menciona que para millones de mujeres significó enormes limitaciones jurídicas, económicas y políticas. Muchas no podían abrir una cuenta bancaria sin autorización del esposo, acceder en igualdad de condiciones al mercado laboral o decidir plenamente sobre su patrimonio y su proyecto de vida. La imagen romántica omite deliberadamente esa parte de la historia.
Lo más preocupante es que algunas voces dentro de este movimiento ya no se limitan a promover la vida doméstica. Han comenzado a cuestionar abiertamente derechos políticos conquistados hace décadas. Hay influenciadoras que sostienen que las mujeres deberían renunciar incluso a su derecho al voto y dejar las decisiones públicas en manos de sus esposos, bajo la idea de que el hombre representa a toda la familia. Lo que hace apenas unos años parecía una provocación marginal hoy circula entre millones de reproducciones en plataformas digitales.
Esto obliga a una reflexión más amplia. Los derechos humanos rara vez desaparecen de golpe. Generalmente comienzan erosionándose en el terreno cultural. Primero se desacreditan las luchas sociales; después se ridiculizan los derechos; finalmente se normaliza la idea de que ciertas libertades nunca fueron necesarias.
Por eso resulta indispensable distinguir entre una decisión personal y un proyecto político. Que una mujer elija quedarse en casa merece el mismo respeto que quien decide desarrollar una carrera profesional. Ambas opciones son igualmente válidas cuando nacen de la libertad. Lo que no puede aceptarse es que cualquiera de esas elecciones se convierta en obligación o en medida del valor de una mujer.
Quizá esa sea la mayor paradoja de nuestro tiempo; mientras las redes prometen ampliar nuestras posibilidades, también pueden convertirse en herramientas para romantizar viejas desigualdades con filtros cálidos, música relajante y millones de "me gusta". Porque no todo lo que se vuelve tendencia representa un avance. Algunas modas no miran hacia el futuro; simplemente nos invitan, con una estética impecable, a caminar de regreso.
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