El diablo no era un monstruo; era una acción

  • Alejandra Fonseca
Siempre ha sido una posibilidad que habita en cada palabra que pronunciamos

Rara vez entra gritando y no siempre tiene cuernos: se presenta silenciosamente disfrazado de certeza, de indignación justificada o de superioridad moral, y siempre convence con argumentos de que: es el otro, quien merece ser condenado.

Durante siglos se le ha presentado como enemigo de Dios. Sin embargo, tal vez su obra más perfecta no sea hacer que dejemos de creer en Dios, sino lograr que dejemos de creer en nosotros mismos y, los unos en los otros.

Cuando sentimos inquietud de encontrar el origen del mal en esta maravillosa creación que habitamos, indagamos en libros sagrados, en leyendas o en templos antiguos; revisamos documentos científicos de lo transitado por nuestra especie durante siglos y siglos, buscando al diablo en las sombras. Nos enseñaron a imaginarlo con cuernos, cola y un tridente, figura útil que lo hizo un monstruo reconocible, casi caricaturesco, porque al verlo venir, ¡bastaba huir!

Su nombre proviene del griego diábolos: el calumniador, el que divide, el que arroja mentiras entre las personas. No era, en su origen, un monstruo. Era una acción. Y quizá ahí reside la enseñanza más inquietante: El diablo aparece cuando se disfruta decir una mentira que destruye; una calumnia que se propaga o se siembra desconfianza.

Y nos han hecho creer que el mal habita en el infierno, y se inicia con odiar. No es verdad: comienza cuando alguien no se reconoce como falible y deja de identificarse con “el otro”, con las mismas posibilidades de errar.

Pero el verdadero problema comenzó cuando el mal dejó de parecer mal y lo dejamos entrar por la puerta principal, la que olvidamos revisar: entra por el lugar donde puede instalarse en las mejores condiciones posibles del artificio y la maniobra: nuestra propia conciencia humana.

Porque el diablo nunca necesitó un cuerpo. Le bastó con encontrar una lengua para compartir un rumor sin verificar; un juicio sin contrastar; etiquetar por un solo error; y querer tener razón sin verdad.

Así trabaja silenciosamente el viejo diábolos: cada vez que a propósito, le hacemos daño al otro.

No necesita poseernos. Le basta con que repitamos sus palabras. Por eso el diablo nunca fue un ser con alas caídas. Siempre ha sido una posibilidad que habita en cada palabra que pronunciamos.

Y si eso es cierto, entonces la mayor de nuestras batallas espirituales, no consiste en expulsar de nuestro interior demonios extraordinarios. Consiste en negarnos, todos los días, a convertirnos en uno.

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Alejandra Fonseca
Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes