La prisión invisible

  • Alejandra Fonseca
La mente posee una extraordinaria capacidad para fabricar barrotes invisibles

Hay cárceles sin barrotes.
No huelen a humedad ni tienen candados. No aparecen en los mapas ni en los expedientes judiciales. Sin embargo, millones de personas viven dentro, sin sospechar siquiera que están en una celda.

Los seres humanos construimos nuestra narrativa con frases heredadas: "No puedes", "Así eres", "No sirves para eso", "La vida es sufrir", "El mundo siempre ha sido así".

El problema es que, con base en la repetición, esa voz se cristaliza en tu interior sin ser incuestionada, y confunde costumbre con verdad:
Y la decoras.
La heredas.
Y aprendes a sentirte seguro con ella.

La mente posee una extraordinaria capacidad para fabricar barrotes invisibles sin necesidad de cadenas materiales: construye el destino con base en una creencia repetida miles de veces.

La prisión más difícil de abandonar es aquélla que crees que eres. ¿Quién puso los límites que hoy defiendes como si fueran tuyos?
¿Por qué proteges las paredes de la prisión que tú no construiste?

Cada ser humano lleva un carcelero y un libertador viviendo en la misma conciencia. La diferencia entre ambos depende de una sola decisión: seguir obedeciendo lo que te han hecho creer... o empezar, ¡por fin!, a escuchar tu propia voz y descubrir lo que te apela por dentro.

La libertad no consiste en hacer lo que quieres; consiste en dejar de obedecer aquello que no has elegido y escudriñar en tu interior para sentir lo que es auténticamente tuyo y lo que realmente te importa.

Por eso hay personas físicamente libres, que viven como esclavas; y personas encerradas que jamás dejan de ser libres: es su mente.
Y salir produce vértigo.

Porque afuera de la prisión no funcionan respuestas prefabricadas, no existen fórmulas infalibles ni hay culpables permanentes. Existe el desafío de pensar por ti mismo, en un proceso de ensayo y error interminable: equivocándote y corrigiendo ad infinitum...

Pensar duele:
Porque obliga a desmontar certezas falsas, reconocer errores cometidos y a despedirte de identidades que durante años te dieron seguridad y sentido.

Sí, duele.
Pero abre la puerta

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Alejandra Fonseca
Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes