Trabajos del poeta, incursión en la poética de Paz
- Fidencio Aguilar Víquez
Cómo te recobré, Poesía,
en el límite preciso entre una estrella y otra,
equidistante y perfecta,
cabellera de luz, cuerpo de plata.
Cómo volviste a ser, Poesía,
en la frontera exacta de la luz y la sombra,
cómo volviste a mí, Poesía,
tan casta en tu desnudez, vestida de pudores.
Octavio Paz, Luna silvestre (1).
Recientemente recordamos la muerte del Nobel mexicano. Deberíamos, además, recordar su obra, ingente, por momentos inabarcable, pero siempre confortante, como si, al cursar sus letras, nos reconociésemos en ellas.
En esta ocasión, propongo al lector, a la lectora, una incursión en su poema Trabajos del poeta (1949) (2) y tratar de mirar cómo y con qué, trabaja un poeta. Me imagino que acudimos a ver a un maestro carpintero y nos encontramos con él en su taller. Lo miramos trabajar. Nos hará recorrer por algunos fragmentos del poema.
A cualquier hora, en todo momento o en ninguno, aparecen estos personajes, imágenes, sentimientos —o resentimientos—, de manera subrepticia, silenciosa, como escribe el poeta, Tedevoro, Tevomito, Tli (¿quién será “Tli”? nos preguntamos), Mundoinmundo, Carnaza, Carroña y Escarnio. Se apersonan esos sentimientos y, mientras escribe, mientras el poeta hace sus labores, aquéllos luchan por inmiscuirse, por volverse texto, palabras, inspiraciones.
La lucha se abre y el poeta, entonces, hace lo suyo: jugar como lo sabe hacer, con los ojos bien abiertos y la cabeza fría. Mejor dicho, dado que se trata de una irrupción silenciosa, esos sentimientos aparecen, como una nube llena de palabras, mientras el poeta finge no ver; pero termina abriéndose un juego, entre sentimientos y razón, el juego entre la analogía —que quiere explicar y explicarse— y la ironía que todo lo trastoca y se divierte con sus bromas. Helas ahí: analogía e ironía.
Ese juego muestra, en suma, de lo que estamos hechos los seres humanos: contrastes. Sentimientos y resentimientos luchan en uno mismo, en la mente y en el corazón del poeta. Emerger vestidos de palabras, de secuencias e inspiraciones. Es como una imagen antropológica que nos presenta el poeta: los instintos (Tedevoro, Tevomito, Mundoinmundo, Carroña, Escarnio), el apetito concupiscible parece saltar; luego, el corazón transforma esos instintos en sentimientos. Brota la inspiración.
Por su parte, el apetito irascible, que no es otro sino ese motor por el cual nos movemos a realizar las cosas aunque éstas sean difíciles, destella y se topa con la razón: “Los ojos bien abiertos y la cabeza fría”. El poeta habla de los asuntos humanos, los conoce bien, juega con sus elementos y los expresa de la mejor manera. Pero los conoce porque batalla con ellos en una suerte de lucha sin cuartel: no es que ya los domine, nunca la victoria es definitiva, sino que siempre está alerta. El poeta batalla.
Quizá esta sea la primera característica del poeta, su disponibilidad para el combate y lo difícil que es trabajar con las palabras y la inspiración.
Vestidos de negro, ha escrito el poeta, esos Tedevoro, Tevomito, Carroña, Escarnio, etcétera; aparecen en el cúmulo de palabras con figuras, a veces, de lo más grotescas, una cabeza con múltiples patas, o con cuellos solamente, que revolotean por aquí y por allá; al final de esta parte, el poeta se pregunta si llegaron enviados por Alguien o si lo hicieron por su propia voluntad, como seres mitológicos que de repente nos asaltan en cualquier momento del día o de la noche.
Este fragmento, el III, se me hace familiar, creo que lo leí en El arco y la lira (3), en alguna parte de ahí. El poeta narra cómo en la noche, hacia las once, dice, tiene necesidad de un cigarrillo, busca en casa y no encuentra y, a pesar del frío, tiene que salir al café más cercano con la esperanza de encontrar ahí el cigarrillo necesario.
Estaba inspirado hasta que se topó con que le hacía falta la palabra necesaria y precisa, se topó con un obstáculo, ahí dejó de fluir la inspiración. Entonces se percató de la ausencia de cigarrillos y ese es el motivo por el que tuvo que salir. Ya en la calle, en medio del frío, súbitamente, rauda, dice, la Palabra se le apareció. El poeta, finalmente, queda en medio de la calle, solo y con las manos amoratadas.
Es el silencio de la noche, la noche del silencio, que cae en el silencio. El poeta escucha un tam-tam, unos cascos de caballo, o como unos cascos de caballo. Él está en silencio, pero el silencio se deja escuchar, aunque siempre permanece en silencio. El tam-tam de repente es un árbol golpeado por un hacha, o, mejor dicho, es el golpeteo del hacha sobre el árbol. Siempre hay una imagen de árbol que el poeta usa en sus diversos poemas, a veces es la vida, ¿acaso será la vida misma golpeada por esa hacha que hace “tam-tam”?
Luego el poeta mira que ese tam-tam es el sonido de su corazón. Nuevamente, ya sea árbol o ya sea el corazón, el sonido del tam-tam es en el fondo el sonido de la vida: corazón que bombea la vida, pero que también es la vida misma. Esa imagen del corazón, que golpea una roca y la cubre con su manto, una túnica de líquido rojo, poco después se transforma en el sonido del mar, que es otra imagen de la vida: el mar significa la existencia y también el amor, es un misterio. Y, así, termina la noche, con el sonido del mar que se pierde en el silencio.
Aquí aparece Tli y toda la caterva de palabras en desorden que hacen al poeta revolotear en el descampado de la noche, en el descampado del silencio, en una caterva, a su vez, de palabras y más palabras, palabras, palabritas y palabrotas. Te desfondo a fondo, te desenfundo de tu fundamento, escribe Paz.
Y luego un juego de palabras que muestra la equivocidad de todo lenguaje: bola de gargajo, gargajo de palabras. Lo cual muestra que, así como el lenguaje funda un nuevo mundo, el mundo humano, el mundo vinculante, incluso el mundo figurado, el mundo ideal, el ideal a alcanzar, un cierto sentido teleológico de las cosas, todo ello, así como se funda, se puede desfundar, te desfondo de tu fundamento, te quito tu fundamento: la palabra. Y por ello mismo te desfondo a fondo.
Todo lo anterior, ¿no es una mera figuración? ¿No es una suerte de sueño o de imagen borrosa de la adolescencia? ¿No es un mero invento adolescente? Porque se trata de un amor sui generis, de un amor paradójico; uno que muestra una dialéctica de contrarios y de contrastes. Un amor, el adolescente, que ama la vida pero, al mismo tiempo, la desdeña: se ama para morir. Un amor paradójico: Su amor a la vida obliga a desertar la vida; su amor al lenguaje lleva al desprecio de las palabras; su amor al juego conduce a pisotear las reglas, a inventar otras, a jugarse la vida en una palabra.
El adolescente oscila, va y viene, se pierde, se encuentra y se vuelve a perder; no sabe, no quiere saber, no le importa vivir, es decir, morir, aunque quiere vivir: Se pierde el gusto por los amigos, por las mujeres razonables, por la literatura, la moral, las buenas compañías, los bellos versos, la psicología, las novelas. Pero la vida adolescente recoge y refleja la vida humana en general, la generalidad de la vida humana, de toda vida humana, de toda vida de los seres humanos.
Es una suerte de resistencia a la vida, a la existencia, al sentido de la vida: Te atreves a decir No, para un día poder decir mejor Sí. Y añade el poeta casi enseguida: Y luego te vacías de ti mismo, porque tú –lo que llamamos yo o persona- también es imagen, también es Otra, también es nadería.
Aquí se encuentra —vía la adolescencia, el sujeto que sufre literalmente ese periodo— un cariz central de la vida humana: la búsqueda del yo y la lucha del yo por sí mismo para descubrir un abismo interior: balcón al voladero dentro mí, dirá Paz en los versos iniciales de “Pasado en claro” (4). O en “Blanco”, cuando afirma que el espíritu es un invento del cuerpo, luego que el cuerpo lo es del mundo, y el mundo un invento del espíritu, es decir, del sujeto: Sí y No (5).
Aquí, en Trabajos del poeta, está señalando un Sí y un No: dices No para, tarde o temprano, terminar diciendo Sí. Eso es, en el fondo, un vaciamiento del yo: cuando el yo se busca y se encuentra, eso que encuentra en realidad es lo que otros han dicho de uno mismo, son los otros los que han llenado ese habitáculo denominado yo, pronombre personal. Vaciado de sí mismo, al yo no le queda sino esperar, esperar en la soledad, en el desierto, dice el poeta: Vienen eras de silencio, eras de sequía y de piedra.
De nueva cuenta, el poeta en sus trabajos de la noche, se hunde en la soledad de su cama y, dando vueltas y vueltas, escucha el silencio, el tum-tum del silencio, que es su corazón, que es un hacha cortando un árbol, que es el bamboleo del sonido del mar, todo ello termina en el silencio: desierto, sequía, piedra. La nada inunda el ser: hay una ontología del declinar, de la evanescencia del Dassein (a la manera heideggeriana).
Narra el poeta que en la noche, sobre la mesa, escribe, quiere escribir, lo hace, pero algo, o Alguien se opone y estalla la lámpara, y un fragmento del cristal le corta la mano derecha. El poeta, con el muñón, sigue escribiendo, o queriendo escribir, se empeña, pone toda su voluntad, pero la palabra no llega, no hay inspiración. Entonces, ¡ay!, parece decir el poeta, no llega la palabra inspirada, ni siquiera un monosílabo que podría hacer brotar un mundo entero: Pero esta noche no hay sitio para una sola palabra más (6).
Efectivamente con la palabra, con el lenguaje, con el logos, es posible fundar un mundo, el mundo humano. Eso fue lo que descubrieron con mucho asombro los sofistas griegos: que, a diferencia del mundo natural, regido por sus leyes, el mundo humano no es sino habla, palabra, vínculo con la palabra y toda cultura, toda civilización, la convivencia humana, no son sino vínculos del lenguaje.
Lo propiamente humano es hablar, desde que nos levantamos hasta que nos dormimos. ¿Qué hace el ser humano? ¿Qué hace la gente? ¿Qué define lo humano? La vida pública, que es hablar y discutir; por eso le dieron al discurso una fuerza que no había tenido hasta entonces: la clave del discurso es, sobre todo, convencer a los interlocutores, mostrar la fuerza argumentativa, retórica, noble, adornada, cultivada y cautivadora. Hablar es convencer, seducir.
Pero esta noche, escribe el poeta, no hay sino silencio, no llega la inspiración, no se encuentra la palabra precisa y todo se pierde en el mar del silencio, en el mar de la noche, la noche del silencio, el silencio y la mudez de la palabra. ¿Dónde quedó la inspiración? ¿De dónde proviene? Del poeta, parece que no, si no la conseguiría a voluntad. ¿De algo o de alguien? ¿Quién es ese alguien? Es la otra voz, quizá la poesía misma que se revela en el poeta y despierta su inspiración, su creatividad, su talante y su talento. El poeta se vacía para ser llenado por la poesía y así se muestre en el poema. Esta es una de las tesis centrales de El arco y la lira.
Referencias
1. Octavio Paz, Obras completas 13. Miscelánea I. Primeros escritos, Círculo de lectores/ Fondo de Cultura Económica, México 2001, p. 43.
2. Octavio Paz, Obras completas 11. Obra poética I (1935-1970), Círculo de lectores/ Fondo de Cultura Económica, México 2006, pp. 145-154.
3. Octavio Paz, El arco y la lira. El poema. La revelación poética. Poesía e historia, Fondo de Cultura Económica, México 2008, p. 158.
4. Octavio Paz, Obras completas 12. Obra poética II (1969-1998), Círculo de lectores/ Fondo de Cultura Económica, México 2004, p. 75.
5. Octavio Paz, Obras completas 11, op. cit., pp. 444-445.
6. Ib. p. 149.
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Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).
