De guerreros, guerras y garras
- Román Sánchez Zamora
Cuando tienes un mando, coordinas o eres el jefe, implica compromisos, miras cosas, y tomas decisiones que al final de tu vida analizas y te preguntas si hiciste bien, o qué debiste hacer en ese momento, y recibes críticas, pero es allí en el momento, cuando decides hacia dónde va el rumbo de nuestras vidas.
Samuel, era conocido como el guerrero negro, pensé que porque era de ese lugar.
Tuvimos una salida de operaciones, era un lugar muy apartado, los ingenieros llegaron en paracaídas y caminaron por tres horas del río hacia el lugar donde llegaríamos los demás, y debían retirar malezas y árboles, se pudo hacer espacio para un helicóptero: llegamos en tres naves, uno a uno, fuimos bajando.
No hay duda que teníamos buenos ingenieros de guerra, desde ese lugar se podía ver toda la zona, las veredas ya estaban trazadas en mapas y todo en pocas horas, cosas que los civiles tardarían semanas.
Samuel, experto en estos terrenos, llevaba su arma de cargo, pero además una daga.
Un día hicimos el reconocimiento, estaba observando los caminos a los lejos con el instructor de zapadores.
Tres perros grandes negros iban corriendo por el camino, sabía que los detendrían, en si no eran peligro, y allí apareció Samuel, con gran habilidad de un experto en sumo, ocupo el peso y velocidad del gigante perro, al que rebanó la cabeza en dos, como una naranja al aire.
Dio media vuelta y la daga entraba en el siguiente canino; por la fuerza calló de espaldas al lodo, solo puso esa daga en su pecho y el siguiente que, ya se iban sus fauces sobre su cuello, le bañó en sangre que salida a borbotones de su cabeza.
Nunca vi tal maestría en combate.
Llamé a Samuel; su modestia era de respeto y siguió anónimo.
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