¡Viva México!
- Marcela Jiménez Avendaño
Este 15 de septiembre me fue particularmente especial más allá de por la gran compañía de esos excelentes amigos de siempre, porque de entre los invitados al pachangón había dos opuestos que me hicieron reflexionar sobre lo complejo y a la vez simple y maravilloso que puede ser el hombre y de lo fabuloso que es nuestro país.
El primero, un amigo relativamente joven de hace muchísimos años y con quien había perdido contacto desde hacía muchos otros, y que se quedó tal cual lo dejé, con una vida apacible, cómoda y tranquila. Con quien al platicar parecía lo había visto apenas hacía un día antes pero que, pese a ello, me resultaba brutalmente desconocido.
El segundo, un anciano, quien pese a doblarle la edad al primero emanaba una juventud y vitalidad del que el otro carecía, que se tornaban imponentes al combinarse con la sabiduría alcanzada tras muchos años de estudio del ser humano, particularmente de nuestros hermanos indígenas. A éste, recién me lo presentaron ese día y parecía que le conocía de toda la vida.
Me pareció asombroso encontrar en un mismo evento a dos seres tan diferentes y a la vez tan iguales: un joven viejo y un viejo joven. Uno mexicano simplemente por nacimiento, carente de arraigo y amor por su patria; y el otro un enamorado de México; uno con bien poco espíritu aventurero y el otro con todavía grandes ansias de saber. Y sin embargo ambos me invitaron al análisis. ¿Cuántos somos como el primero?, ¿Será que de ahí viene tanta apatía, tanta carencia de sentido de vida, tanta soledad que lleva a una generación completa a refugiarse en el mundo mágico de las drogas? y ¿Cuántos como el segundo necesitamos para darle un nuevo rumbo a nuestro sufrido México?
En fin, concentrémonos en el anciano joven. Ya conocía yo algo del famoso “Cayuqui”, un antropólogo americano nacido en Nueva York que desde hace como 60 años, con tan sólo unos quetzales en el bolsillo decidió dejar su patria de origen para adentrarse en las selvas guatemaltecas del Petén y de Cobá con el objetivo de estudiar a la civilización maya y uno de sus mayores sitios arqueológicos: Tikal
Al conversar con él, mi primer impulso fue bombardearlo con mil preguntas, pero era mi invitado y estábamos de fiesta, así que me pareció grosero hacerlo. Sin embargo, no pude contenerme con al menos una: ¿de dónde el nombre “Cayuqui”?. Y es así como les comparto ésta bellísima historia que, por supuesto, es más atractiva de viva voz.
Resulta que el entonces Raymond Stage Noel, al adentrarse en la inhóspita y poco explorada selva guatemalteca se encuentra con que para llegar a Tikal debe hacerlo por agua, así que con el poco dinero que le queda compra un “Cayuco” –canoa de fondo plano construida tras el vaciado de un tronco de árbol- y paga los servicios de algunas nativas para que le ayuden a conducir aquello y le sirvan como guía de turistas en ese río del que él no sabía nada.
Según cuenta, en las primeras cataratas fuertes con que se enfrentan, él se aferra al tronco pero al parecer el resto de la tripulación no, y al voltear se ve tan solo como empezó su viaje. Durante casi tres días avanza muy poco pues no tiene ni idea de cómo conducir la embarcación.
Finalmente, llega a un pueblo indígena en el Río de la pasión, y sin saber ni jota de español trata de vender su “cayuco” para continuar el viaje. Como tenía algunas nociones de francés, sus abuelos lo hablaban, y asumiendo que al ser ambos idiomas lenguas romance, bien podría utilizar el “Je vends (yo vendo) cayuqui” para dar a entender vendía el cayuco, pero los nativos solo entendían “yo soy vand cayuqui” que bien pronto quedó en el solo “Cayuqui”.
Después de conocer de esta linda historia le pregunté: ¿y cómo es que finalmente llegaste a Tikal?, y me contestó algo que me ha quedado grabado en el corazón: Ya no llegué, encontré algo mucho más hermoso y digno de ser estudiado: la gente.
Y a partir de ahí “Cayuqui” pasó de Guatemala a México y se instaló entre sus pueblos indígenas, entre esos que viven olvidados, que son víctimas de una gran pobreza económica pero de una fantástica riqueza cultural, con sus tradiciones, su vestimenta complejamente elaborada, con sus bailes y sus dialectos, su artesanía y su pensar. Ha hecho mucho en Puebla, particularmente en Atlixco, pero eso será motivo de otra colaboración, si nuestro personaje permite que esta inexperta pero bien intencionada pluma continúe con la crónica.
Después de conocer en persona a “Cayuqui”, pude gritar desde el fondo de mi alma “Viva México”.
De pronto, con tanta tragedia alrededor nuestro, con tanta violencia y corrupción, con tantos malos y detestables gobernantes, nos olvidamos del grandioso pueblo que somos, del increíble país que tenemos y de las fabulosas raíces que compartimos.
Les invito pues a que nos aferremos a lo que somos para desde ahí transformar a nuestro México en lo que queremos, pero en tanto, nos leemos la próxima semana…….
Opinion para Interiores:
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Licenciada en Relaciones Internacionales. En proceso de titulación para la Maestría en PNL e Inteligencia Emocional. Ocupó diversos cargos en el PRI (CEN) en las precampañas y campañas en 2000 y 2006
