El Renacido

  • Patricio Eufracio Solano
Una historia de una asombrosa similitud a la sobrevivencia y pronto renacimiento del MIB en Puebla

Leonardo DiCaprio recibió el Oscar de la Academia por una película enfadosa, de mal argumento y predecible trama en la que, después de una emboscada por nativos en medio de las montañas, un descomunal oso grizzli zarandea a Hugh Glass (DiCaprio) hasta casi matarlo y, no obstante, sobrevive hasta su renacimiento por el odio que incuba hacia sus compinches tramperos que lo abandonan, una increíble fortaleza personal y el precario auxilio de tres hombres de la expedición.

Una historia más que fantástica y de una asombrosa similitud a la sobrevivencia y pronto renacimiento del MIB en Puebla.

En el histriónico caso del renacimiento poblano en cuestión, recordemos, existen traiciones, abandonos, malas artes y una inusitada sobrevivencia fincada en odios y rencores incubados en nueve años de mentiras, ocultamientos y engaños, a más de esa descomunal deuda pública ―ya finiquita o algo así― de una envergadura y ferocidad equiparable al oso grizzli del filme dirigido por Alejandro González Iñárritu.

No obstante y en concordancia con el desenlace del largometraje, la esperanza en que el renacimiento del MIB sea coronado con la supervivencia y posible revancha sobre sus malvados detractores, nos mantiene a los poblanos, hoy por hoy, con el Jesús en la boca y literalmente al filo de la butaca, impacientes por conocer ―además del encarcelamiento de los malandrines que permitieron el saqueo―, en cuáles condiciones administrativas, con qué sustento museístico y con cuáles beneficios culturales, sociales e identitarios habrá de resurgir de sus malhadadas cenizas el ya difunto engendro rafaelano.

El suspenso ―brillante técnica cinematográfica de Alfred Hitchcock― es, sobre todo lo demás, la tensa cuerda del arco del que permanecemos pendientes todo el mundillo cultural poblano. Y no es para menos, ya que es una verdad tan grande como una catedral que por ningún motivo este recinto puede continuar siendo lo que nunca fue: un Museo Internacional del Barroco, punta de lanza de una inexistente corriente mundial neobarroca que Puebla iba a liderar.

Pero, asimismo, no hay duda que algo decoroso debemos hacer con este sitio, puesto que, el que lo hayamos pagado y ya sea nuestro, nos coloca en la inevitable responsabilidad de instrumentar cualquier cosa que evite el que se pudra y desaparezca literalmente ante nuestros ojos.

Y quizás porque estamos ante un escenario inédito ―que un funcionario pague una deuda pública en vez de aumentarla―, el gobernador Armenta, a pregunta expresa de una reportera de e-consulta sobre si cambiaría el nombre al MIB, respondió esquivamente: “Vamos a revisarlo, igual y sacamos una convocatoria, porque ya es de los poblanos”.

Y ante tan dubitativa aseveración, el suspense se ha incrementado aún más resucitando en nuestro ánimo la incertidumbre de que la inexistente ―hasta ahora― explicación sobre su finiquito, podría ahondar en otros asuntos relativos al MIB, debido a la instrumentación de una sospechosa consulta simple y llana para únicamente cambiarle el nombre, puesto que de nada nos sirve a los poblanos que el rebautizo no venga de la mano de un giro de ciento ochenta grados en la vocación del recinto, es decir, de la necesaria renovación a fondo del museo. O, dicho de otra manera, si resulta imposible que pueda continuar siendo “El Barroco”, es más que prudente saber: “¿Qué sería entonces?”, para que, teniendo esa certidumbre, poder decidir juiciosamente: “Cómo podríamos nombrarlo”.

Y no sé a ustedes, pero a mí me resulta más que claro y sensato, que este “qué sería” en un futuro cercano, no puede quedar al arbitrio de una convocatoria o encuesta que no contemple, al menos, más de una opción de lo que “sí podría ser”. Pero para eso es necesario que existan propuestas, proyectos, planes reales y factibles de realizar que nos permitan tener un museo como Dios manda, netamente poblano, realista y que nos enorgullezca a todos y no solamente a unos cuantos ambiciosos burócratas culturales de medio pelo como los morenovallistas de antaño.

Por ello, antes de la convocatoria a los poblanos para decidir “¿Cómo llamaríamos al nuevo sitio?”, creo que debiera realizarse una “Convocatoria a presentar proyectos de museo”, para de ahí poderle mostrar al respetable pueblo poblano una variedad de posibilidades sobre el futuro de sus 6 mil millones de pesos ya pagados.

No vaya a resultar que en su renacimiento, el MIB, siguiendo las creencias indias ancestrales, termine reviviendo en un coleóptero, lumbricidae o cualesquiera otro bicho igual de raro, en el cual purguemos nuestras penas poblanas de permitir que los gobernantes nos traten con tal desvergüenza cultural otros nueve años o más, antes de nuestra siguiente oportunidad de renacer en los ―ahora nuestros― rumbos del Atlixcáyotl.

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Patricio Eufracio Solano

Es licenciado en Lenguas y Literaturas Hispánicas y maestro en Letras, ambos por la UNAM; así como doctor en Historia por la BUAP. Estancias de investigación en la Universidad de Georgia, y en la Universidad Complutense, donde se benefició de la beca para Hispanistas extranjeros del Ministerio de Cultura del Gobierno de España.