Hace algunos días en una amena conversación con un nuevo amigo, charlábamos de política y de políticos con el característico tono que va de lo trágico a lo cómico, aquel que permite contextualizar el desafortunado comportamiento de algunos personajes que ascienden al poder inesperadamente por gracia de la amistad o de las circunstancias y que inmediatamente se transforman. Los indicios de esa soberbia tan particular, inicia regularmente con la pérdida de la humildad y el exceso de confianza en sí mismos, a lo que mi interlocutor calificó como el “Síndrome de Hubris”.
Sembrado en mi el interés, decidí investigar más acerca de ese fenómeno. Y encontré que este síndrome tiene sus antecedentes en la Grecia antigua y que fue utilizado para calificar a aquellos arrogantes y desafiantes a los dioses, los que creían que podían obtener más de lo que el destino les permitía. Desde entonces y a la fecha ejemplos de enceguecimiento sobran, desde Adán y Eva hasta gobernantes de la actualidad. Sin embargo, tanto los griegos como algunos otros pueblos le pusieron límite a los excesos de sus gobernantes por medio del castigo o de la información a la población; pero no así en el caso mexicano que conservamos esa concepción innata que transita de la vergüenza a la justificación. Consideramos, con un dejo de justificación, que los efectos del ascenso al poder conlleva amasar dinero y extraviarse de la realidad, como una especie de elementos indisolubles a la responsabilidad de ocupar un cargo público. De ahí que las investigaciones de David Owen y J. Davidson atraparan mi atención por la proximidad y vigencia de sus análisis, que dejan ver en su libro: “Hubris syndrome: an acquires personality disorder” (2009). Texto que nos aclara ese desatinado comportamiento y nos permite enumerar algunas reglas para la detección del síndrome. Acá tres ejemplos que extraigo del libro y me permito adaptar a nuestra realidad.
1) “Un modo mesiánico de comentar los asuntos corrientes y una tendencia a la exaltación”. Para mayor comprensión de la oración ubiquémonos en las generaciones y prioridades de los nuevos integrantes del gobierno federal. Muchos de ellos, son una mezcla de la supuesta “modernidad” que egresan de las universidades norteamericanas con el tinte autoritario heredado del priismo en decadencia. Esta combinación los hace creerse dueños de la verdad e intentar manipularla a su conveniencia. Piensan que la realidad es mediática y que tergiversándola los problemas pierden urgencia. Sostienen, insolentemente, que los aleccionamientos adquiridos en esas universidades son la panacea, fueron programados para menospreciar la realidad que les viene apuntando optar por un camino diferente, pero al final que el síndrome también los hace creer que el beneficio de los de arriba ayudará a los de abajo. Están desprendidos de la objetividad, privilegian su fatua visión del país, aunque la objetividad les indique que el neoliberalismo sólo ahondó las carencias, las injusticias y la violencia. El síndrome de Hubris los hace pasar por alto la necesidad de contemplar las posibilidades prácticas, costos y resultados; ellos creen que cualquier otra forma de pensamiento es un atavismo o una necedad.
Así los veremos argüir en contra de los planteamientos en defensa que se presentarán de cara a las “Reformas estructurales” que tienen en mente ejecutar en próximos meses.
2) “Una propensión narcisista a ver su mundo como principal, como un escenario donde ejercitar su poder y ejercer la gloria”. Regularmente cuando pasamos revista de cómo están las cosas en provincia vemos como se acentúan los atropellos, pero Oaxaca es uno de los paradigmas de las extralimitaciones nacionales. De manera paulatina venimos atestiguando la devaluación del servidor público en nuestro estado, pero con la llegada de la alternancia los males no se exterminaron sino se reprodujeron y realzaron. Así quedo demostrado en la renuncia del ex secretario general de gobierno -Jesús Martínez Álvarez- quien denunció en la carta de dimisión -sin señalar nombres- que intereses internos al propio gobierno buscaban reactivar conflictos como artimaña de protagonismo. Esa revelación, aunada al contenido, tono y personajes implicados en los audio escándalos (recientemente dados a conocer) ponen de manifiesto un ejemplo más del síndrome encarnado en el personaje más allegado al gobernador que se ostenta como el principal operador político y económico de la entidad. La imprudencia, impulsividad y arrogancia con la que se tratan los asuntos públicos de la entidad demuestran lo que todos padecemos: la alternancia política en Oaxaca fue un fracaso. La desmesura y la frivolidad han hecho que los responsables de la conducción de Oaxaca privilegien la imagen y la presentación, por encima de la dolorosa situación que padecen miles de oaxaqueños.
3) “Una excesiva confianza en su propio juicio y un desprecio por los consejos o las críticas de los demás”. Esa pérdida del contacto con la realidad que se acompaña del aislamiento la vemos reflejada en las formulas a candidatos a diputados locales y presidentes municipales. Esa incompetencia “Hubrística” como le llaman Owen y Davidson explica el porqué de cuando las cosas van mal, que se explica con el exceso de confianza que conduce a los políticos a desatender los peligros y las trampas generados por su propio comportamiento ¿o de verdad creen que los improvisados encaminados a las alcaldías, los hijos hechos candidatos, o los personeros con overol de funcionario se ajustan a la demanda de Oaxaca? El modelito les ha dado resultado a nuestros políticos atrapados en el síndrome de Hubris, porque se han profesionalizado en aprovecharse de las circunstancias y aprendieron a mercantilizar con la desinformación y la necesidad de la población.
No considero necesario castigar encadenando a nadie a una alta montaña para siempre como Zeus lo hizo con Prometeo, basta con no acostumbrarnos a la actitud irresponsable de estos charlatanes y atajar sus apetencias egoístas.
Twitter: @juandiazcarr
Abogado, economista y periodista.
