Bases neurobiológicas de la felicidad

  • José Ramón Eguibar Cuenca
La felicidad parece ser un estado complejo que integra por lo menos tres dimensiones

Cuando se habla de felicidad en términos de lo que sucede en nuestro cerebro, conviene evitar una simplificación muy extendida ya que no existe una sola estructura cerebral responsable de ella. Más bien, la felicidad parece ser un estado complejo que integra por lo menos tres dimensiones: la experiencia de placer inmediato, la evaluación cognitiva de la propia vida y el bienestar relacional o social.

Así, el primer componente importante, es el sistema de recompensa el cual valora qué estímulos son gratificantes, cuánto placer producen y qué tan motivados nos sentimos para buscarlos.

La literatura sobre placer hedónico indica que el cerebro distingue entre “querer” algo, “disfrutarlo” y aprender de esa experiencia; por eso una persona puede desear intensamente una recompensa sin experimentar el mismo grado de satisfacción subjetiva.

Esta distinción es crucial para entender por qué la felicidad no equivale simplemente a acumular recompensas. Respecto al segundo componente que es la regulación emocional, sentirse bien no consiste solo en activar el circuito de recompensa, también requiere modular el estrés, contextualizar las emociones y mantener equilibrio entre impulsos y control cognitivo.

Por último, el tercer componente corresponde a las redes cerebrales de autopercepción y significado. La felicidad estable o bienestar subjetivo parece relacionarse con la forma en que dialogan diferentes circuitos de neuronas por lo que la felicidad no solo se “siente”; también se interpreta.

De hecho, en una serie de estudios donde se analizan las imágenes cerebrales acerca del placer que produce la música o la comida, mostraron que existe una activación convergente en varias áreas cerebrales que se denominan: corteza prefrontal ventromedial, estriado ventral e ínsula.

Esas coincidencias sugieren que el cerebro posee una arquitectura hedónica común para recompensas biológicas o culturales. En otras palabras, una parte de la felicidad humana reutiliza circuitos ancestrales de recompensa, pero los pone al servicio de experiencias muy sofisticadas, como el arte, la belleza o el logro personal.

En conclusión, la felicidad puede entenderse como una propiedad emergente de redes cerebrales distribuidas. Más que un estado de euforia continua, la felicidad parece corresponder a la capacidad del cerebro para convertir recompensas en placer, integrar la experiencia con significado personal, regular el estrés y sostener relaciones valiosas.

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José Ramón Eguibar Cuenca

Médico de profesión, maestro en Ciencias Fisiológicas por la BUAP y doctor en Neurociencias por el CINVESTAV del IPN. Es miembro del SNI y de la Academia Nacional de Medicina. Actualmente es director General de Internacionalización de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.