El saber teórico y su urgencia en la universidad

  • Juan Martín López Calva
Quiero insistir en recuperar el valor del conocimiento en la formación escolar y universitaria

Parece como si hoy todo fuera cuestión de aprender haciendo, sin reflexionar sobre por qué y para qué se hace algo, pero la transferencia y asimilación de conocimientos es la fase previa requerida para la construcción del conocimiento y, por ello, el aprendizaje teórico no puede ser relegado a una posición anecdótica. En todo este proceso de transferencia del conocimiento no podemos tampoco subestimar el papel que ocupan las metodologías más tradicionales, como la clase magistral. El saber teórico, por tanto, no puede quedar desplazado del proceso de aprendizaje y las metodologías que más lo facilitan no pueden quedar proscritas.
Jacob Guinot Reinders y Ricardo Chiva. La universidad del (des) conocimiento. Ethic. 17 de mayo de 2022.

Abordé en este espacio la semana pasada el tema de la urgencia de rescatar y revalorar la función del conocimiento en un mundo caracterizado por el anti-intelectualismo, las posturas anti-científicas y la consecuente proliferación de la llamada posverdad, cargada de ideología, polarización, subjetivismo, relativismo y pensamiento mágico.

El conocimiento que tiene que ir de la mano de la libertad para cultivarse, transmitirse y difundirse, el conocimiento que es libertad frente a los fanatismos que resurgen por la manipulación ideológica que sostiene meras opiniones o conceptos o hasta supersticiones como verdades absolutas e incuestionables, el conocimiento que es finalmente la posibilidad de recuperar la capacidad de diálogo, la posibilidad de una opinión pública informada y de un debate público sustentado en argumentos y no es insultos ni en cancelaciones.

Considero que es pertinente continuar con el tema, visto hoy desde otro ángulo que tiene relación con lo que está muy de moda en la educación universitaria pero que también está incidiendo en los demás niveles educativos. Se trata de la innovación educativa, la docencia innovadora y los métodos de facilitacción del aprendizaje derivados de una noción, desde mi punto de vista, poco sustentada y a veces superficial que piensa que todo lo nuevo es necesariamente bueno.

Desde hace varias décadas se ha venido cuestionando la llamada educación tradicional y con ella la docencia sustentada en la clase magistral en la muy antigua línea de la cátedra, es decir, de la clase tipo conferencia en la que un profesor que domina un tema o un campo disciplinario transmite discursivamente su conocimiento a los estudiantes.

Junto con este cuestionamiento se ha dado también un proceso de descalificación del memorismo en la educación, del aprendizaje que Freire llamaría bancario en el que el estudiante es visto como mero recipiente de información que retiene para luego repetir muchas veces sin entender como muestra -evidentemente falsa- de que ha aprendido lo que marca el programa de una asignatura.

Si bien hay razones válidas para cuestionar la clase magisterial -sobre todo cuando se postula como la única manera de educar y peor aún cuando los profesores no son verdaderamente versados en el temario sino que también se limitan a repetir lo que dicen los libros- y para combatir el memorismo como forma de entender el aprendizaje, el problema es que estos cuestionamientos han ido derivando en un extremo opuesto que también es indeseable porque se ha satanizado la enseñanza al fijar la atención exclusivamente en el aprendizaje, se ha satanizado la memoria que es un elemento necesario para aprender y desarrollar la inteligencia y la reflexión crítica y además de ello se ha llegado a la satanización del conocimiento teórico.

En efecto, el proceso de impulso a la llamada innovación educativa y docente fue enfocándose de manera exclusiva en el desarrollo de habilidades o competencias casi exclusivamente prácticas y aplicables de forma inmediata y al estar inserto en un sistema economicista, productivista y utilitario ha derivado en una educación que prepara solamente en las llamadas habilidades blandas -trabajo en equipo, resiliencia, autorregulación emocional, etc.- descuidando y llegando incluso a descalificar todo aquello que no sea aprendido en la práctica y de forma que pueda ser aplicado de manera inmediata, en el caso de los universitarios, en el mercado laboral.

De este modo hoy se impulsan y se validan como métodos dominantes y casi únicos los de aprendizaje basado en problemas, aprendizaje basado en proyectos, método del caso, aprendizaje basado en retos, etc. Y se miran como anticuadas e inútiles todas las demás formas de práctica docente, sobre todo la clase magistral. No es infrecuente escuchar a estudiantes dar como razón para evaluar mal a un profesor o a una materia el que es “muy teórica”.

Si se descalifica una asignatura o a un docente por ser teórico o enseñar conocimientos no aplicables y hacerlo de forma no activa -en el sentido físico, no intelectual del término-, es natural que todas las disciplinas de artes, humanidades o filosofía estén siendo radicalmente disminuidas en los planes de estudio al ser desplazadas por disciplinas técnicas o económicas y que carreras universitarias de estas áreas sean cerradas todos los días en las instituciones de educación superior por argumentos más financieros que académicos o de bien social.

Esta mirada practicalista ha ido convirtiendo a las universidades en centros de capacitación para el trabajo desde el modelo que Martha Nussbaum llama Educación para la renta o para la rentabilidad, es decir, la formación de técnicos altamente capacitados y muy obedientes al sistema que sirvan para aportar con su trabajo al proceso de crecimiento de la economía de sus países.

Pero este tipo de educación que desprecia el conocimiento teórico y hace de lado las artes y las humanidades olvida lo central que debería atender todo proceso educativo que es la formación de ciudadanos para sociedades democráticas. De ahí los resultados que hoy vemos reflejados en la crisis de ciudadanía, el colapso de las democracias y el auge de los liderazgos populistas mesiánicos de corte autoritario.

La hegemonía de la educación para la renta en detrimento de la educación para la democracia -para seguir usando los términos de Nussbaum- convierte, como dicen los autores del artículo del que tomo el epígrafe de hoy, en “…una suerte de proyectos de ingeniería social para suministrar mano de obra adaptada a las exigencias del mercado…”

Resulta muy necesario caer en la cuenta de que este proceso está íntimamente relacionado con lo que se impulsa como docencia innovadora o innovación educativa en muchas universidades que se definen incluso como instituciones humanistas.

Desde el cambio de siglo y milenio, la comisión Delors planteaba cuatro pilares para la educación del futuro, con lo cual dejaba muy claramente establecido que el sistema educativo no tiene solamente como misión que las nuevas generaciones aprendan a hacer -y aprendan haciendo- sino que tiene también que impulsar el aprendizaje del ser, del convivir y del saber.

Abordaré en futuras entregas los aprendizajes para la convivencia y la autoconstrucción del ser humano integral, pero hoy quiero insistir en la necesidad de recuperar el valor del conocimiento en la formación escolar y sobre todo, en la universitaria.

           

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Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).