Educar para resistir al nuevo (des) orden mundial
- Juan Martín López Calva
Salvo China, que contempla la desintegración de lo que solía llamarse Occidente con una mezcla de fascinación y cautela -mientras se prepara para aprovecharse de las coyunturas que abre el caos-, el resto del mundo vive en un estado de terror, como los atenienses frente a Minos. Temerosos de perder aún más en cada lance, sus medrosos líderes apenas hacen otra cosa que tratar de aplacar un poco la ira del monstruo. Venezuela es el modelo que Trump espera del resto: mientras sus antiguos enemigos, los chavistas en el poder, no han dudado en convertirse en sus títeres, su aliada ha tenido que aceptar su vasallaje para ver si le permite tener un lugar en una cada vez menos probable transición democrática. Eso mismo espera de los demás: que sus rivales capitulen sin condiciones y que sus aliados se sobajen ante él.
Jorge Volpi. Siete efebos y siete doncellas. Reforma. 24 de enero de 2026.
Vivimos en un estado de terror en todo el mundo, como afirma Volpi en este artículo. Una situación derivada de la desintegración de Occidente. Hace muchos años que se viene definiendo este tiempo de crisis civilizatoria mundial como un cambio de época. Lo que era natural, pero nadie podía definir con claridad, era por un lado que la transición de etapas históricas en que nos tocó vivir tenía que pasar primero por un proceso de destrucción de la era anterior y por otra parte, qué características tendrá la época que va a sustituir a la actual.
El término cambio de época suena en sí mismo como algo positivo y esperanzador, casi utópico y nos lleva a imaginar que un mundo nuevo, una realidad alternativa y mejor, una humanidad transformada vendrán y traerán consigo un nuevo sistema, nuevas estructuras y una cultura distinta en la que se terminen o al menos se aminoren notablemente los problemas, desigualdades, injusticias y violencias que campean hoy impunemente por cualquier lugar que se mire y que esta nueva era será la de un planeta incluyente que no descarte a nadie y en el que prevalezca una paz fruto de la justicia.
Sin embargo, nada garantiza que el cambio de época sea para bien, que el mundo que viene sea mejor que el actual y que la humanidad comprenda al fin que la salida no está en la dominación de unos sobre otros sino en la compasión de unos hacia los otros, no en la criminalización de las diferencias sino en la valoración y armonización de la diversidad.
Por lo que puede verse hoy, el período de destrucción de la época actual será mucho más doloroso y cargado de procesos que potenciarán aún más y llevarán a extremos nunca imaginados las contradicciones, las imposiciones, la amenaza bélica, el descarte de millones de seres humanos y el dolor provocado por la exacerbación de las ambiciones de poder en un contexto de ruptura de los acuerdos básicos de convivencia entre personas, comunidades y naciones y de destrucción de las instituciones que alguna vez tuvieron un papel de mediación en los conflictos para promover la negociación tratando de evitar la guerra y el abuso.
La comparación que hace Volpi en su artículo, entre Minos exigiendo a Atenas los tributos que mantuvieran alimentado al Minotauro encerrado en el laberinto y el presidente de la nación -todavía- más poderosa del planeta, es terriblemente acertada.
Como bien señala el escritor y periodista en su texto, el mundo se encuentra aterrorizado por el nuevo tirano que exige estos tributos sin importar los sacrificios que impliquen o el dolor que causen en millones de personas y familias completas indefensas ante esta dinámica en la que los aliados sobajados ante él y los enemigos capitulando y cumpliendo todos sus caprichos.
Así como en nuestra tierra el expresidente anterior dijo: “No me vengan con que la ley es la ley”, el nuevo Minos avasalla al mundo afirmando campante que no necesita ni respeta el derecho internacional ni cualquier otra normatividad o acuerdos porque el único criterio para sus decisiones y acciones es “su moralidad personal” -totalmente impresentable- y su mente, bastante dañada y cegada por sus veleidades y obsesione ideológicas, por lo que puede apreciarse y lo que muchos analistas señalan.
Esta realidad en la que se ha dejado de lado todo lo construido por la racionalidad y el diálogo internacional durante décadas no es exclusiva del presidente estadounidense aunque sea él quien más poder tiene a nivel global. El fenómeno se repite a nivel nacional en muchos países del orbe donde tiranos autoritarios de ultra derecha o ultra izquierda mantienen prácticamente esclavizados a sus ciudadanos.
Lo más preocupante desde mi punto de vista es la profundidad con que esta cosmovisión que podría caracterizarse como la ley del más fuerte -o del más carismático o popular mediáticamente- ha penetrado la cultura de grandes núcleos de personas a nivel mundial.
Es muy frecuente leer o escuchar hoy opiniones que justifican, defienden o hasta exaltan estas formas autoritarias, arbitrarias e irracionales de acción política diciendo que el derecho internacional, las instituciones multilaterales, la Organización de las Naciones Unidas y todos los organismos construidos para garantizar la paz y el desarrollo en el mundo están corrompidos, son decadentes, “sirven a intereses ocultos” y por ello hay que destruirlos.
La pregunta que surge naturalmente es, concediendo que todas estas instituciones y el derecho internacional han sido en la práctica ineficientes en muchos momentos, omisos en otros, incluso han albergado situaciones de corrupción o de imposición de las grandes potencias -como en el caso por ejemplo del Consejo de Seguridad de la ONU- si un escenario mejor es optar porque las grandes decisiones de política internacional se tomen de manera unipersonal y caprichosa, se impongan por la fuerza y sin ningún asomo de diálogo.
¿Qué implicaciones educativas tiene este escenario mundial de desintegración de Occidente y de destrucción de todas las instancias del derecho internacional? ¿Cómo preparar a las generaciones futuras para enfrentar este mundo aterrorizado por los líderes autoritarios? ¿Es posible hacer algo desde las aulas?
Creo que esta situación mundial desmoralizante y en muchos sentidos paralizante implica un enorme reto para los educadores que pueden optar -consciente o inconscientemente- por la evasión, la impotencia y la victimización, pero deberían elegir la acción inteligente, crítica y responsable que promueva la resistencia cultural de la que habla Giroux en su obra.
Como afirma el pedagogo crítico estadounidense: “Ni los maestros ni los estudiantes se parecen a la imagen del "títere social" que emerge en los trabajos de los teóricos de la reproducción…” (p. 252) puesto que son capaces de demostrar formas de resistencia frente a la hegemonía cultural.
Resulta necesario, por tanto, promover en los docentes y estudiantes el valor cívico que es un concepto central para Giroux porque representa una forma de comportamiento en la que los sujetos de la educación piensan y actúan como “si realmente viviera (n) en una democracia…” (p. 154 del mismo texto citado). El autor lo considera una forma de valentía que puede llevar a “hacer explotar las reificaciones, mitos y prejuicios” (p. 154).
Preparar a los niños, niñas y adolescentes para vivir humanamente en estos tiempos de destrucción de una época, habilitándolos para contribuir a que la era que venga sea mejor que la anterior implica prepararlos en una ciudadanía emancipatoria que debe comenzar, como dice el mismo autor, desde el supuesto de que el objetivo de educar no es ajustar o adaptar a los estudiantes a la sociedad existente -haciendo que se conformen con ella o que incluso la aplaudan acríticamente- sino motivar sus emociones, creatividad e inteligencia para que desafíen las fuerzas existentes y transformen los ámbitos económicos, políticos y sociales para hacerlos más humanizantes.
Opinion para Interiores:
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Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).
