La interioridad como resistencia
- Fidencio Aguilar Víquez
A mi hijo Luis Fernando,
a mi hermano Mey
a mis amigos Tacho y Javier, por sus cumpleaños.
La poesía, escribe Paz, es conocimiento, salvación, poder, abandono (1). Vila-Matas, en Doctor Pasavento, plantea el deseo de desaparición como encuentro con el abismo. Frente al absurdo, sostiene Camus, es preciso mantener la dignidad de la rebeldía. Estudiando a Cervantes, Américo Castro, considera la doble tendencia de la literatura de fines del XVI e inicios del XVII: la aspiración idealista y la tendencia materialista. Algunos humanistas intentaron una síntesis que permitiera cierto equilibrio entre ambas.
La escritura es, sin duda, una caminata: uno cree reconocer el camino recorrido, pero siempre aparecen novedades, curiosidades e, incluso, lo inesperado. Al intentar escribir un artículo periodístico, me encontré con un texto antiguo que había yo escrito años atrás; no recuerdo si fue publicado y, como carece de fecha, tampoco sé si lo leí en alguna exposición. El texto aborda el poema “Pasado en claro” de Octavio Paz. Es distinto del artículo que publiqué en e-consulta en 2014.
Por ello atrajo especialmente mi atención. Me resultó iluminador para pensar la condición humana, en un tiempo en que el mundo parece hallarse en medio del caos —o encaminado a él—. De ahí la pertinencia de la alusión a los autores mencionados. El sujeto humano, al enfrentarse a su existencia y a la vida, adopta esas actitudes que Paz atribuye a la poesía. Como instancia de salvación, la poesía es un método de liberación interior, un camino hacia la libertad. No es casual que los regímenes autoritarios no toleran a los poetas, escritores o ensayistas.
Como poder, la poesía —insiste Paz— es revolucionaria por naturaleza, un incendio que nadie puede apagar; así lo escribe Huidobro en El vuelo de Altazor. Y como abandono, la poesía es a la vez plegaria y diálogo con la ausencia. Sea plegaria, diálogo u oración, sus nutrientes no dejan de ser el tedio, la angustia y la desesperación: ingredientes propios de nuestro tiempo. La situación no es para menos. La locura del poder y por el poder se ha desatado, tanto en lo global como en lo local. Los poetas mueren y/o sobreviven.
Estos son los primeros versos del poema de Paz:
“oídos con el alma,/ pasos mentales más que sombras,/ sombras del pensamiento más que pasos,/ por el camino de ecos/ que la memoria inventa y borra:/ sin caminar caminan/ sobre este ahora, puente/ tendido entre una letra y otra./ Como llovizna sobre brasas/ dentro de mí los pasos pasan/ hacia lugares que se vuelven aire./ Nombres: en una pausa/ desaparecen, entre dos palabras./ El sol camina sobre escombros/ de lo que digo, el sol arrasa los parajes/ confusamente apenas/ amaneciendo en esta página,/ el sol abre mi frente,/ balcón al voladero/ dentro de mí.” (2).
La imagen del camino aparece con claridad: se trata de la incursión en sí mismo, un viaje al alma, a la interioridad, al propio yo. En ese espacio íntimo, el poeta percibe pasos mentales, imágenes, representaciones y recuerdos que la memoria no puede sino inventar y borrar. Se plantea aquí un primer problema antropológico: el conocimiento de sí mismo. Parece lo más cercano y directo, casi lo más sencillo; sin embargo, muy pronto comienzan las dificultades.
Esos pasos mentales, esas imágenes, no son sino sombras del pensamiento que pasan/ hacia lugares que se vuelven aire, que —literalmente— se disipan. La sensación final es de confusión y, por momentos, de vértigo: el sol abre mi frente,/ balcón al voladero/ dentro de mí. Camus había visto el absurdo; uno de sus personajes —Calígula— constatará que el mundo, tal como está, es un mundo de locos. Los seres humanos, concluirá, mueren y no son felices. De ahí brotan el absurdo, la angustia y la alienación.
Por un lado, buscamos saber quiénes somos nosotros mismos; hay un desesperado querer ser uno mismo. Por otro lado, al conocernos un poco, no nos gusta ser como somos; hay un desesperado no querer ser uno mismo. Escribe Helmut Thielicke:
“El proceso de la realización del yo, del que aquí se trata, sólo se puede describir dialécticamente: por una parte, yo querría ser el que soy, querría ser congruente con la imagen que duerme en mí como un proyecto; por otra, en cambio, me sublevo contra la identidad que me tiene atado precisamente a ese yo. Yo puedo querer desesperadamente no ser yo mismo. (…)
“Cierto que la voluntad de trascender los límites de mi mismidad no tiene por qué ser siempre una voluntad «desesperada»; también puede manifestarse en una patética identificación con el universo.” (3).
Vivimos tiempos difíciles, arduos, inciertos. El calibre de la crisis es antropológico: afecta a lo que somos y a lo que estamos llamados a ser, tanto en lo personal como en lo comunitario. Por ello, los problemas contemporáneos no se resolverán únicamente desde la lógica del poder ni desde sus simulacros técnicos o ideológicos, sino desde la imagen de lo humano que logremos reconstruir. En tiempos de intemperie, la caminata hacia la interioridad no es un lujo ni una nostalgia: es una forma de resistencia, y, quizá, el último espacio desde el cual aún puede pensarse una vida común verdaderamente humana.
Referencias
1 Octavio Paz, El arco y la lira. El poema, la revelación poética, poesía e historia, Fondo de Cultura Económica, México 2008, p. 13.
2 Octavio Paz, Un sol más vivo. Antología poética, Era, México 2014, p. 241.
3 Helmut Tielicke, Esencia del hombre. Ensayo de antropología cristiana, Herder, Barcelona 1985, pp. 63-64.
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Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).
