Castro Morales, el último mohicano
- Ociel Mora
Por iniciativa del historiador Gustavo Mauleón, un grupo de personas se reunieron en lo que ahora se denomina conversatorio para, en honor al sustantivo, conversar sobre la vida de Efraín Castro Morales (Puebla, 1936). Entre ellas estuvo un servidor, sin realmente ser especialista en nada, y menos en la vida de la persona por la cual fuimos convocados.
Recuerdo que mi único encuentro con él fue un par de veces en el Café Aguirre del Centro Histórico de Puebla, al que solía llegar con un par de libros en las manos. Hosco, tomaba una mesa, y abría un ejemplar, y comenzaba la aventura. No hablaba con nadie, salvo con las meseras, que todavía solían llevar mandil blanco como la leche. Más de una, ya mayorcitas, que lo conocían desde cuando era muchacho, se daban el lujo de tutearlo, y él les correspondía con una chanza. En una de esas mesas una vez le mostré un ejemplar de la revista Historia mexicana, la aclamada publicación de El Colegio de México, en la que Ernesto de la Torre Villar, hablaba de él con elogios por sus contribuciones al conocimiento de la obra de Antonio Bermúdez de Castro. Palabras más palabras menos, me dio a entender que no le interesaba lo que se dijera de su trabajo en el Colmex, y tampoco que fuera dicho por Del Villar, paisano suyo, que había estudiado historia en París, y que también tuvo su fama como historiador en la vieja tradición.
Castro Morales es el último mohicano en Puebla en la vieja tradición humanista del siglo XIX, de sabios eruditos (perdón por el pleonasmo, pero me ha parecido imprescindible), estudiosos de la cultura en su acepción más generosa, universal, positivistas y para mi gusto, con una pizca de hispanismo. Pero qué digo. Tal vez se trate del último de la especie en México, no sólo en Puebla. Una legión de pensadores en extinción, devorada por la especialización de una nueva casta, de especialistas, que nace burocratizada por los intereses personales y de grupos y por los ismos. Los ismos ideológicos tomaron las academias y las universidades públicas en los años setenta y ochenta. La ideología arrolló a las mejores mentes de aquellos años.
Muchos de ellos terminaron en la infertilidad, escribiendo manifiestos y hojas volantes en las filas de los partidos, y otros en las montañas, con fusiles. Pocos resistieron y se mantuvieron fieles a la vocación. Los que resistieron y se mantuvieron leales a sus convicciones, con sus miserias y virtudes son los constructores del México del primer cuarto del nuevo siglo. Entre ellos está nuestro personaje. Lo que ahora es la ciudad de Puebla en su monumentalidad, cultura e identidad, sentimiento y pertinencia, es obra suya y de un grupo de arquitectos que lo siguieron y lo siguen en su pedagogía.
Uno de los grandes méritos de Castro Morales es que supo sortear las modas extremistas de aquellos años y no fue presa de ellas; en oposición a ellas, se arremangó la camisa y se puso a construir nación sobre la firme convicción de hacer de México un país más habitable, o menos doliente. Es la última colita de los intelectuales constructores de los que refiere Enrique Krauze en Los caudillos culturales.
En su concepto, el progreso pasa por la recuperación del pasado, visión conservadora si se quiere, pero al fin acción. Ana Cecilia Campos, desde el Centro-INAH Puebla, autora de una breve biografía suya, encontró que apenas cumplidos los 22, ya tiene publicado el libro La capilla de los plateros (febrero de 1957); al año siguiente Pleyto y querella de los guajolotes, teatro anónimo poblano del siglo XVIII, y en los Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, Luis de Arciniegas, maestro mayor de la Catedral de Puebla, de aquel mismo año.
Castro Morales tiene una vida muy parecida a la de Gonzalo Aguirre Beltrán, también medico y antropólogo notable. Como Castro, es de provincia, de Tlacotalpan, Veracruz, y con visión nacional de los problemas; y como Aguirre, Castro Morales se arremanga. Aguirre se va a la Ciudad de México en donde hace carrera académica y política. Ambos se vinculan con lo más granado de sus respectivos campos. Aguirre conoce a Manuel Gamio y Alfonso Caso, trabaja con ellos, construye una nueva teoría antropológica sobre la idea de la urgencia de hacer efectiva la unidad nacional, y funda instituciones en el seno del Estado mexicano, como el Instituto Nacional Indigenista, y publica libros.
Castro Morales se vincula en la ciudad de México con historiadores y arquitectos y con ellos diseña una nueva política de protección del patrimonio cultural edificado. En específico, el que tiene que ver con el virreinato. El mismo creador del INI es el creador del INAH, don Alfonso Caso. A castro Morales toca el diseño de la descentralización del INAH a las entidades, y en Puebla funda el Centro-INAH, que también atiende Tlaxcala.
Para el caso de Puebla, Castro Morales es el gran hacedor de esa memoria llamada patrimonio cultural edificado. Es él quien lo identifica, nombra y visibiliza. Investiga, publica y anima museos. Sin restarle valor a todos los autores que le preceden en ese campo. Que no son legión, pero son. En el caso de Puebla destaca ponderable el nombre de José Antonio Pérez de Salazar, autor de la primera historia regional sobre pintura colonial en el país.
Castro Morales es continuador de una tradición que podemos rastrear en el nombre de los primeros escribanos criollos que se inventan una identidad para identificarse y reafirmarse en el nuevo mundo, o la Nueva España, frente a los peninsulares, que los sobajan y humillan. En esta corriente se encuentran personajes fray Alonso de la Vera Cruz, a quien se le tiene como la figura más importante de la filosofía en la Nueva España en el siglo XVI, fundador y organizador de la Universidad Pontificia. Es discípulo de Francisco de Vitoria, estudia en la Complutense y Salamanca. En México aprende tarasco y es fundador de grandes instituciones coloniales en aquella entidad.
A todo esto, ¿tiene alguna utilidad el llamado patrimonio cultural? Sin recurrir a las definiciones librescas, u oficiales, digamos que el patrimonio tiene que ver con la identidad, con lo que identifica y se identifican las personas como grupo, la identidad tiene que ver con el desarrollo del sentimiento de pertenencia. La pertenencia es básica para la gobernabilidad. Son identidad y pertenencia no hay quien acate y respete las órdenes de unos pocos. Sin el principio de obediencia vigente, se abre la puerta de la barbarie, y la barbarie es el estado de naturaleza. Es retornar al mundo de las bestias peludas del que no acabamos de salir, por más modernos y seculares que nos presentemos. La guerra civil que padecemos hora-tras-hora es la prueba palpable de que el sentimiento de pertenencia se rompió en algún punto, en el que los gobernantes tienen gran responsabilidad, ya por omisión o por declarada incompetencia.
Viendo que era un gran lector, en el Aguirre pregunté una vez a Castro Morales por qué no leía periódicos. Por aquellos años yo me ganaba la vida escribiendo una columnita diaria en cierto periódico, y no daba crédito que uno con su sapiencia se ahorra los chismes de la mañana, y se tiznara los dedos con tinta. Me echó una mirada de arriba abajo y luego soltó una sentencia que recuerdo bien. “Los periódicos no forman, deforman”, así que siéntese y tómese un café que yo invito.
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Es vicepresidente de Perspectivas Interdisciplinarias, A. C. (www.pired.org), organización civil con trabajo académico y de desarrollo económico de grupos vulnerables; y promotora de acciones vinculadas con la cultura comunitaria indígena y popular. Su línea de interés es la Huasteca y la Sierra Norte de Puebla.
