Sirio

  • Ignacio Esquivel Valdez
Una decisión que tomar al permanecer en el rancho de su abuelo inspiró el nombre: Albergue Sirio

Llegué al pueblo de San Fernando alrededor de las once de la mañana. Don Marcos me esperaba en la parada del autobús con un par de caballos, pues había un camino que andar por veredas del monte. “Me da gusto que uno de los nietos de mi compadre se haya interesado en sus tierritas”, me dijo luego de presentarnos.

Subir al caballo fue un triunfo con la mochila en las espaldas y pude notar una discreta sonrisa de diversión en la cara de don Marcos al ver mis infructuosos intentos. Una vez que pude montar, nos encaminamos hacia las afueras del pueblo. Cuando los caballos se emparejaron pude ver con sorpresa que don Marcos traía una pistola tipo revolver en el cinto. “No te apures, muchacho, solo es precaución, la verdad es que la cosa es más tranquila de lo que se supone, deja te cuento. Como en muchas partes, San Fernando era un lugar de gente buena y trabajadora, como tu abuelo, que en paz descanse, pero con muchas necesidades. Un día llegaron unos ingenieros diciendo que construirían una súper carretera y contratarían a los del pueblo, así que habría trabajo para la gente y se podrían traer y llevar mercancías. Sonaba muy bien, pero al terminar la obra nos quedamos sin trabajo y la súper carretera solo es usada por camionetas con delincuentes, aunque ellos nunca se meten con nosotros”.

Me dio mucha tristeza escuchar la historia y de inmediato comprendí por qué mi padre y mis tíos se habían ido de ahí y nunca nos animaron a visitar a los parientes hasta ahora que mi abuelo murió y nos dejó sus tierras que no podrían ser aprovechadas por la falta de riego, por lo que los raquíticos sembradíos eran de temporal. La poca agua del río era usada para el consumo humano y los escasos animales de granja.

Mis pensamientos se interrumpieron cuando don Marcos me dijo: “Ya llegamos, muchacho, deja quito el candado”.  La puerta era de madera de mezquite, vieja y rústica, pero bien hecha. Estaba flanqueada por una barda de piedras bien acomodadas que difícilmente se caerían, a menos que alguien las quitara. Don Marcos sacó un manojo de llaves y de ellas seleccionó una para meterla en el candado, que ofreció resistencia para abrirse. Entramos luego a la casita donde se encontraban algunos muebles con una cubierta polvosa.

Habíamos comenzado a limpiar cuando afuera de la casa se escucharon ladridos y aullidos, “¿Coyotes?”, pregunté, “No, mijo, hace mucho que por aquí no hay coyotes, esos son perros, hijos de los perros que se quedaron sin dueño cuando la gente se fue de aquí. A duras penas han sobrevivido, a veces roban gallinas, pero se tienen que enfrentar a los perros de la casa, se pelean en la noche y la mayoría de las veces amanece algún animal medio muerto. Los ahuyentamos y se van pa’l monte, en donde no sabemos cómo sobreviven, sin comida ni agua, pero eso sí, echando crías a cada año.

Eso era extraño, era obvio que sin agua no podrían sobrevivir tanto animal. Con este pensamiento me quedé a pasar la noche en la casa de mi abuelo. Don Marcos se fue y quedó de ir al día siguiente. Durante la noche se escuchaban los ladridos y aullidos con más frecuencia y fuerza. No les hice caso, me quedé descansando plácidamente, al parecer el clima, la altura y el aire puro me habían sentado bien, me sentí cómodo en ese lugar.

He de decir que el haber aceptado ir a conocer la casa de mi abuelo fue más un deseo de salir de la rutina de la ciudad. A mí me gusta mucho salir al campo, caminar, mojarme, ensuciarme y hasta he acampado en varias ocasiones, por ello tenía algo de equipo que me sirvió para este viaje. Cené algo que yo mismo había traído y salí un rato a disfrutar del cielo nocturno en donde de inmediato identifiqué a Sirio, la estrella más brillante de la noche. Seducido por ese espectáculo, saqué mi sleeping bag y ahí mismo me quedé dormido.

Cuando desperté ya había luz y decidí despejar mi curiosidad de cómo sobrevivirían los perros en el monte. Seguro estaba que encontraría algo. Caminé toda la mañana sin encontrar nada más que arbustos secos y árboles desfoliados. Emprendí el regreso por otro cerro para cubrir más terreno en mi exploración. Tengo algo de experiencia en caminar en terreno agreste, pero me llevé una gran sorpresa al pisar hierba seca que al parecer cubría un agujero. De inmediato pensé que sería la madriguera de algún animal silvestre y al incorporarme me di cuenta que tenía razón y no. Sí, era la cueva de un animal, pero se trataba de una perrita. Se veía mal, su respiración era agitada y la mirada cansada. Hizo un esfuerzo por gruñirme, pero apenas si emitió algún ruido. Le acerqué mi cantimplora para que tomara algo de agua y volteó a verme con dulzura aceptando con avidez mi regalo, supuse que tampoco habría comido y le ofrecí una barra energética. El animalito comió y bebió con afán y de esta manera dejó salir a sus cachorros que ya estaban crecidos, como para destete. No pude determinar la razón del estado del animalito.

Dejé mi hallazgo en el lugar donde lo encontré y al regreso en la casa, don Marcos me esperaba con comida que su señora había preparado. Al estar desayunando me preguntó: “Entonces, ¿cómo ves el ranchito de tu abuelo? ¿Lo piensas trabajar o lo vas a vender? Claro que no vale mucho ni creo que nadie te lo compre”. Dejé de masticar el bocado de tortilla con frijoles en aras de poner en orden mis pensamientos. Yo no tenía responsabilidades familiares con nadie, no era rico, pero tenía buenos ahorros y no dependía de la vida urbana, así que respondí: “Me quedaré aquí y trabajaré”. Don Marcos quedó tan sorprendido como contento, se ofreció a ayudarme en todo lo que hiciera falta y me dijo que estábamos a buen tiempo para sembrar el maíz y frijol de temporal. Me dijo que durante las lluvias se pueden cosechar de la milpa flores de calabaza, verdolagas y tomatillo con lo que se hace la vida más llevadera. Le contesté que yo trataría de llevar lo que hiciera falta. Sin terminar su almuerzo, se levantó de la mesa y me pidió que saliéramos para explicarme algunas cosas y al abrir la puerta vimos a los cachorros de la perrita que me había encontrado y otros perros más.

Su sorpresa fue tal que se quedó algo pasmado y me dijo: “¿Tú te encontraste estos animales en el cerro?”, “Sí”, “¿Les diste de comer?”,Pues, sí, a estos pequeños que están al frente”, “Uy, no mijo, eso no se hace, yo no sé cómo se comunican estos animales, pero parece que se chismean entre ellos diciendo que aquí hay comida”. “Bueno, tal vez necesite un perro”, le dije, “Pero si estos son docenas, nunca te los vas a quitar de encima, a ver pérate”, sacó su pistola del cinto y dio dos disparos al aire. Los canes salieron corriendo en todas direcciones asustados por el estruendo, me dio un poco de pena por ellos, pero don Marcos insistió en que esos perros del monte son muy perjuiciosos, así que, si quería un perro, él me podría dar uno de su rancho. “No más que la perra haya parido”.

Antes de partir, me ofreció su pistola, por si los perros volvían y me negué a tomarla, aunque me insistió férreamente con el rostro serio, mantuve mi posición y no la acepté. Por la tarde llegó con los caballos y nos fuimos al pueblo. La única tienda del lugar tenía de todo, así que compré comida enlatada, galletas, carne seca, un par de hogazas de pan, algunos trastes de barro y un machete. Regresamos ya con el sol escondiéndose tras las montañas. Al llegar al rancho me dejó en la puerta y me dijo que me quedara con el caballo. “Don Marcos, yo no puedo quitarle este animal”. “No mijo, te lo estoy prestando por si se te ofrece algo, por ejemplo, si te duele la panza, no más lo sueltas, le dejas la puerta abierta y él solito regresará a mi casa, con eso sabré que necesitas ayuda”. Me hizo gracia lo que acababa de escuchar, nunca podría imaginar que eso pudiera suceder.

Al levantarme tomé una cubeta con la intención de ir al río por agua. Por el ancho del cauce, pude adivinar que en otros tiempos debió ser muy abundante y caudaloso. Don Marcos me dijo que en el lecho se dejaban escarbadas pozas para acumular el agua y de ahí podría tomar. Así lo hice y aproveché para lavarme. Al estar enjabonándome la cabeza pude distinguir a los cachorros de la perrita que había auxiliado, me espiaban desde unos carrizos. Se me ocurrió silbarles y de inmediato acudieron a mi llamado. Había uno juguetón de color café con las patas blancas, uno más quieto de lomo pinto y el más grande todo café. Regresé con ellos a la casa y luego los llevé con su madre subiendo nuevamente el cerro donde los había encontrado. Severa sorpresa me llevé cuando vi que la perrita yacía muerta en la oquedad donde la había encontrado. Después de pensarlo un rato me dije: “Ya tengo perros”.

El trabajo en el rancho es duro. Al sentarse a comer el cuerpo ávido de energía consume las tortillas y los frijoles con denuedo y termina con una gran satisfacción. Me causó curiosidad que mis cachorros comieran las memelas que la esposa de Don Marcos me mandaba para ellos, a pesar de que su marido no veía con buenos ojos que hubiese adoptado a esos animalitos. Durante las noches yo quería que los perritos durmieran dentro de la casa, pero ellos insistían en dormir afuera enroscados y amontonados, como estaban acostumbrados en su madriguera.

Casi se acercaba el tiempo de siembra y yo era feliz con mi manada y mi nueva vida. Don Marcos se había ido a San Fernando, el pueblo más grande, con otros campesinos a esperar las semillas que el gobierno mandaba cada año. Me pidió que esperara y que él pediría las semillas para mí. Aproveché el tiempo para reparar el fogón y se me ocurrió hacerle una salida de piedra al humo con lo que, sin querer, me quedó una chimenea. Lo rústico de la hechura, dada mi inexperiencia en la mampostería, le dio un toque más campirano y yo estaba ansioso de probarla. Esa misma noche encendí la hoguera y a la luz de las velas, saqué mi lectura en turno con mis perritos a los pies, aunque sabía que al cabo de un rato rasparían la puerta para pedir salirse.

Estaba disfrutando el momento cuando los perritos se alertaron, se levantaron y ladraron en dirección a la puerta. Yo mismo había escuchado un ruido, así que también me levanté. Al detectar pasos cerca de la casa, abrí la puerta y encontré a dos personas que caminaban con dificultad, al parecer estaban heridas. Los hice pasar y los senté junto al fuego para saber lo que tenían. “Ayúdenos, por favor”, dijo uno de ellos. Al verlos bien me di cuenta que estaban golpeados y sangrando. “Debajo del puente”, balbuceó el más herido. El cuerpo se me heló al pensar que quien les habría hecho esto los vendrían a buscar y por un momento maldije no haberme quedado con la pistola.

Al calmarme, lo primero que pensé fue en tomar el caballo e ir en busca de la familia de don Marcos y preguntar por algún médico, pero justo en ese momento los cachorros reiniciaron los ladridos y al estar la puerta abierta salieron rápidamente. En la entrada del racho había otros dos hombres y alcancé a distinguir que portaban armas largas. “On tan esos jijos de perra”, dijo uno de los recién llegados con brusquedad. Sin darme oportunidad de decir nada, se acercaron y los cachorros se les pusieron enfrente y les ladraban mostrando los colmillos. Uno de los hombres accionó su arma y los perritos salieron corriendo como cuando don Marcos los ahuyentaba. “Para eso me gustaban”, gruñó el pistolero.

“Estos se están muriendo”, dijo uno de ellos refiriéndose a los heridos que ya estaban inconscientes. “¿Dijeron algo”, me cuestionaron, “No, nada más pedían ayuda”, “¡Habla!” me interrumpieron con un culatazo en la pierna que me hizo doblarme de dolor. Afuera los cachorros volvían a ladrar ferozmente y uno de los hombres abrió la puerta para volver a disparar y los perritos huyeron perdiéndose en la oscuridad. Me golpearon y ahí fue cuando les dije: “Solo mencionaron algo respecto al puente”. Con eso me dejaron en paz y esperaron a que amaneciera, no sin antes amarrarnos a los heridos y a mí.

Al clarear el cielo me sacaron de la casa y me llevaron al puente colgarte de la súper carretera y me obligaron a buscar diciendo: “Encuentra una maleta”. Por más esfuerzo que hice no encontraba nada. Desesperados uno de ellos bajó conmigo y tampoco encontró algo.

Casi al medio día regresamos a la casa y me pidieron agua y comida. Les dije que el agua debía traerla del riachuelo y los tres fuimos a ese lugar. Al llegar vimos que las pozas estaban casi secas y la poca agua que había se revolvía con tierra o definitivamente era lodo en proceso de secarse. Me ordenaron buscar más agua y me pegaban con las culatas para arrearme. En uno de los golpes me caí y uno de ellos, desesperado arremetió en contra de mí a patadas, cuando de pronto el cachorro más grande llegó por detrás y lo tomó del pantalón. El tipo lo tundió a culatazos y el valiente animalito cayó herido dando un ladrido lastimero. Los otros dos perritos miraban y ladraban a cierta distancia y en eso se oyeron dos detonaciones. Los cachorros corrieron para esconderse.

Los agresores se voltearon hacia mí y me ordenaron seguir buscando agua limpia, en eso se escuchó un ruido entre los carrizos que alertó a los delincuentes y gritaron: “¿Quién anda ahí?” y súbitamente salió una jauría de perros de monte con los lomos erizados y los colmillos de fuera, tal fue la sorpresa de ese ataque que los maleantes no sabían a dónde disparar. Varios de los canes saltaron sobre los hombres haciendo que cayeran al suelo y provocando sangrantes heridas sobre sus carnes. Los tipos pasaron de los insultos a los gritos de dolor, mientras los perros se revolvían con furia sobre los cuerpos que trataban de defenderse con brazos y piernas hasta que ya no se movieron luego de que dos de los perros más grandes se aferraban a los cuellos de los delincuentes.

Exhausto y adolorido con dificultad me regresé a la casa. Sin fuerzas para ensillar el caballo, lo único que hice fue soltarlo, abrirle la puerta y meterme a la casa para caer junto a los otros dos infelices. No supe cuando perdí el conocimiento ni cuándo lo recobré, solo recuerdo que intermitentemente abría los ojos y veía la cara de don Marcos, hasta que finalmente pude entender lo que me decía. “¿Cómo estás muchacho?”, le sonreí para poder contestarle sin hablar. “A qué mijo, cosas raras pasaron ahí, esa gente nunca se había metido con nosotros y tampoco los perros habían atacado cristianos y eso que los rafaguearon”, en eso se puso serio y se me acercó al oído: “Espero que por esto no te hayas asustado y te quieras regresar a la ciudad, pero si así lo hicieras, naiden te dirá nada”, en eso se levantó y se despidió diciendo: “Descansa mijo, luego me dices”.

Tenía una decisión que tomar, en verdad la experiencia había sido algo para nunca recordar, el trabajo del campo es muy fatigante, solo alguien que se acostumbra desde que nace lo soporta, tarde o temprano el dinero se acabaría y lo que pudiera darme la tierra sería raquítico. No se cuenta con las comodidades de la ciudad: luz, agua, drenaje y otras, pero, por otro lado, el aire puro, los alimentos frescos, las noches tranquilas, pero sobre todo mis lomitos, inclinaron la balanza.

Un día, cuando ya estaba recuperado, llevé alimento al monte para regalárselo a mis salvadores y al llegar, mis cachorros se adelantaron y se perdieron entre la maleza seca. Fui tras de ellos y encontré al resto de la jauría descansando a la entrada de una cueva. Mis perritos entraron y al seguirlos me percaté con sorpresa que bebían de un enorme manantial de agua cristalina que no presentaba salida por la superficie y que podría ser conducida para ser aprovechada en el rancho.

El hallazgo reforzó la decisión. Me quedé en el rancho de mi abuelo a cultivar la tierra. Con el agua del manantial puse una huerta de aguacate, una hortaliza y compartí el agua para que todos tuviéramos garantizado el maíz y el frijol, pero la obra más satisfactoria fue que hice un refugio para todos esos animalitos que me salvaron la vida al tiempo de que algunos de ellos habían ofrecido la suya.

Como el rancho nunca había tenido nombre, puse un letrero a la entrada que decía “Albergue Sirio”, no solo porque es mi astro favorito, sino porque es la estrella más brillante de la constelación del can mayor.

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Ignacio Esquivel Valdez

Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas