El violentómetro interior
- Alejandra Fonseca
Esperaba en fila llegar al mostrador para entrar a las oficinas. Tenía que registrarse: dejar identificación oficial, poner huellas de dedos índices, tomarse foto y le dieran gafete. Mientras esperaba miraba alrededor y a su derecha, estaba un banner con la medida de violencia: el violentómetro que diseñó el Instituto Politécnico Nacional y que se ha instalado en instituciones educativas, instancias gubernamentales, Asociaciones Civiles y otros sectores de la población.
Los colores identifican la gravedad de la violencia que van del verde --el más leve--, pasando por el amarillo y naranja, al rojo, --el más grave--; el verde indica: bromas hirientes, --se dijo a sí misma, masmenos--; continuó casi como en un juego: chantajear, mentir y engañar; ignorar, ley del hielo; llegaba el color amarillo, mayor grado de violencia. Siguió: celar, culpabilizar; --se paralizó, el dedo en la llaga: ¡eso me hago a mí misma!--. El violentómetro de relaciones humanas es: de uno contra otra, de uno contra otro, de una contra otra y de otra contra otro; pero se les olvidó incluir, lo que a ella le pasaba: la relación de violencia interior que se tiene de una contra sí misma.
Sintió ahogarse y faltaban pocas personas para llegar al mostrador. Temblaba, no podía controlar el impacto de verse reflejada en la violencia que ella ejerce contra sí misma. Su mente, su peor enemigo, su demonio: la acaba, la roe, la culpa, se burla, la ofende, la descalifica, la ridiculiza… ¡Se ahogaba! No sabía si podría hablar con la muchacha del mostrador. Respiró profundo para no entrar en una crisis de pánico. Viró su mirada persiguiendo de reojo las letras y colores del banner hasta el máximo grado de violencia; ASESINAR --en rojo sangre--; aplicado a sí misma… ¡es suicidio!
Entró en pánico pero no podía salirse de la fila; esperaban los documentos desde hacía días. Decidió que esta vez no permitiría que su inconmovible diablo íntimo se apoderara de ella y las llamas de su infierno la consumieran de una vez por todas, ¡salvar su mente, su momento, su oxígeno: por fin había podido salir a la calle! ¡No regresaría a la mazmorra del cruel tirano que la aislaba, la sitiaba, la encerraba a oscuras, infecunda, inútil, árida, embruteciéndola con la televisión o el internet, comiendo y bebiendo mierda y media, resistiendo la asfixia íntima para placer de su verdugo; luchó por no sentirse angustiada ni ansiosa, ¡no quería otro ataque de pánico! Se distrajo, una vez más, con el violentómetro.
El amarillo subía de intensidad: descalificar, ridiculizar y ofender, humillar en público; intimidar, amenazar, controlar y prohibir, destruir artículos personales, manosear, caricias agresivas, golpear jugando; llegó el naranja: pellizcar y arañar, empujar y jalonear, cachetear, patear, encerrar y aislar --ya en rojo--. ¡Se aturdió, era presa de su déspota! Tragó saliva en seco, casi no podía respirar pero continuó; amenazar con objetos o armas, amenazar de muerte, forzar a una relación sexual, abuso sexual, violar, mutilar, --con un chillido ahogado dijo en su mente: mutilar el alma, la voluntad, la fuerza, las ganas de vivir… y asesinar, la esperanza--.
Cayó al piso inconsciente. No supo de sí hasta despertar acostada sobre un sillón. “¿Está usted bien?”, escuchó decir al médico que le tomaba la presión. “¿Qué me pasó?”, preguntó apenada. “Se desmayó frente al mostrador”, respondió el doctor. Recordó el violentómetro y en mantra silencioso se repitió para sí misma: ‘Es el todo que me faltaba para juntar mis pedazos’.
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