El rictus de quienes son eternos

  • Alejandra Fonseca

La veo mientras baila. Su música es la del momento y tiene unas muy buenas “oldies”. No para, no deja de ir día a día. Puntual como el sol sale y se mete, así ella llega y se va.

Con grabadora y discos que guarda dentro de un morral como toda herramienta de trabajo, se para a la mitad de la Plaza de la Democracia en el centro de Puebla. En el suelo acomoda la grabadora dentro del morral, le mete el disco de su elección y la prende. Le pone su suéter encima y empieza a tocar sus canciones. Da unos pasos al frente, pone una gorra frente a ella para las monedas que le quieran obsequiar y se pone a bailar sin parar dejando la música por detrás. ¿Qué cómo elige la música? Es un misterio que todos quienes nos hemos detenido a verla, nos preguntamos.

--Estaba gordita, -me dice un compañero-, ha adelgazado un buen.

--Lo hace diario, y ahí está, no falla, -suelta otro-.

--A mí a veces ya me duele la cabeza por la música, ustedes la ven un rato pero yo estoy aquí a diario y llega un momento que te cansa, -replica uno más-.

No quito la vista de ella que no se inmuta de mi presencia ni de los demás. En sus giros y tempos, suelta frases aleatorias entre paso y paso, entre brinco y brinco, entre cadencia y cadencia, de que seamos felices, que la vida es hermosa, que si bailamos hay menos violencia, que ojalá vivamos en paz.

Se lo dice a los paseantes y no le importa si la miran o la ignoran, si la oyen o le huyen: ella sigue baila y baila soltando frases de concordia y alegría. Su rostro es de total desenfado, su gesto de alegría y disfrute. Tiene el rictus de quienes son eternos: Baila y no le importa si le dan monedas o no; baila y no le importa si está el sol o la lluvia; baila y no le importa que sea ella la que baile o la música la baile a ella.

Si te fijas, viste de jeans y playera sencillos y gastados; sus zapatos minados le dan para lo que son, caminar y bailar. El suéter, color oscuro, es para la grabadora, para que no se caliente por el sol y no se moje con la lluvia. De ahí, viaja ligera.

Recargada en un barandal y abrazando mi bolso, la observo por un buen rato más. Admirable como cumple el cometido de hacer lo que importa y de que nada más importe: bailar y expresar su mensaje a quien quiera y pueda escucharla, lo entienda o no, piensen que está loca o no.

A veces me pregunto: En un bosque donde cae un árbol, ¿existe el sonido si no hay nadie que lo escuche? Y me pregunto más: Si no existe la felicidad, ¿entonces la risa de un niño no es felicidad y sólo ríe?

--¿Qué se mete?, pregunto a mis compañeros que la ven y escuchan a diario.

--Hambre, responde el que tampoco le ha quitado la mirada de encima.

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Alejandra Fonseca
Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes