Alumnos transnacionales: la doble exclusión
En las aulas del sistema educativo mexicano hay estudiantes que retornaron de los Estados Unidos por múltiples razones. Son niños, niñas y jóvenes que ahora están en México en las escuelas de todos los niveles educativos y tratan de comprender esa nueva realidad escolar a la que llegaron por razones ajenas a su voluntad. Tras de sí traen una larga historia de migración de familiares, amistades y paisanos que por décadas han construido sus mundos en dos espacios socioculturales. Algo similar ocurre con los que emigran a Estados Unidos y entran a estudiar en las instituciones educativas de la Unión Americana.
En un reporte reciente del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE, 2008 con datos del Colegio de la Frontera Norte, 2007) se calcula que 429 mil 970 migrantes cruzaron la frontera norte. De ellos, el 55 po ciento eran jóvenes de entre 15 y 29 años. En otra investigación (Rodríguez et al, 2010), que complementa la información sobre el tema, se menciona que los jóvenes con estudios básicos sin terminar provenían de las entidades que concentran la mayor parte de la población indígena, y pobreza, en México. Así, tenemos que un 81 por ciento emigró de Chiapas, el 72 de Guerrero, 70 de Veracruz, el 70 de Yucatán, el 68 de Oaxaca, el 64 de Michoacán y el 63 por ciento de Puebla. Los jóvenes que declararon tener estudios concluidos de educación media o superior salieron de los estados de Sinaloa, Sonora y el Distrito Federal en ese tiempo.
Los jóvenes migrantes se fueron a Estados Unidos antes que la frontera pusiera mayor filo a sus garras y pudieron internarse en los inhóspitos caminos que encuentran al atravesar la frontera. Como me dijo un joven migrante cuando platiqué con él en la clase de español, que Miguel y yo les dimos de manera voluntaria en el General Education Development (mejor conocido como GED), en la Asociación Tepeyac de Nueva York, para que pudieran presentar un examen y certificar los estudios equivalentes a la preparatoria.
En el testimonio escribió sobre el cruce de la frontera cuando tenía 15 años:
“¡Agáchense!” oí decir. “¡Escóndanse entre los huizaches!”. Yo estaba tirado de panza bajo unos matorrales y cerca de mi estaban otras cuatro personas y una víbora por ahí cerquita, enroscada. El calor era infernal, el sol calentaba la tierra y te quemaba en todas partes del cuerpo. Estábamos sedientos. No podíamos hacer ruido. El miedo a la migra era más grande que a la víbora. Escuchamos un ruido de motor que se acercaba. Oí voces que gritaban y casi ni respirábamos. Luego se alejó el sonido y ya les dije cuando pudimos avanzar: “Qué pinche suerte tan buena, no nos vieron”. Más adelante tomamos agua de un charco porque ya se nos habían acabado las botellas que llevábamos. Después nos encontramos unos cholos y pensé: “ya valimos madre” . Nos quitaron que la medallita, algunas latas de atún y un poco de dinero que alguien llevaba y se fueron. Al cabo de hora y media llegamos a donde nos iba a recoger una camioneta roja”.
Ellos y ellas llegaron a Estados Unidos y se pusieron a trabajar en lo que fuera. Tiempo después, pudieron entrar a estudiar en el programa GED gracias a los convenios de colaboración que establecieron la Asociación Tepeyac y la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY). Después de extenuantes jornadas laborales entraban a la clase. Sin embargo, la fuerza vital de los jóvenes estudiantes y la voluntad política de personajes claves pudieron hacerlo posible. Me refiero a Robert C. Smith (CUNY), Ángelo Cabrera (MASA) –ahora deportado- y Joel Magallán (AT).
Cuando volteamos la mirada a México para saber sobre la niñez y la juventud que retornan de Estados Unidos, nos preguntamos: dónde están, qué hacen, que problemáticas enfrentan y cómo resolverlas. Esos cuestionamientos aún no tienen respuesta. Sabemos por un estudio clave: “Net Migration from Mexico Falls to Zero and Perhaps Less” del Pew Reserch Center, que desde el 2005 han retornado a México aproximadamente 500 mil jóvenes de entre 18 y 35 años. Muchos de ellos están en las aulas y son llamados alumnos transnacionales por los investigadores.
Los alumnos transnacionales han estudiado en sistemas educativos de dos países, viven y se mueven en dos direcciones. Pasan temporadas en algún lugar de Estados Unidos y otras temporadas en las comunidades de origen de ellos o de sus padres. En ocasiones estudian en las escuelas de México en algún nivel educativo porque así lo deciden sus padres y/o familiares. Algunos nacieron aquí y migraron con sus familias e ingresaron a las escuelas de Nueva York, principalmente, si se trata de migrantes poblanos; otros nacieron allá y por primera vez ingresan a las instituciones de la Mixteca poblana o de cualquier otro lugar desde donde partieron alguna vez sus familias.
El problema no es menor si se piensa en las dificultades que tienen al entrar a los centros escolares. Diferencias en el idioma, en las relaciones con los compañeros de clase, con los docentes, las condiciones de infraestrucutura de las escuelas y las carencias socioeconómicas. Pobreza, reprobación y deserción. Aquí y allá. Pocos escapan de este cuadro.
Algo que abona a esa complejidad son los procesos de socialización que enfrentan porque traen internalizado el universo social que les fue inculcado por la familia y las instituciones en las que participan, a lo largo de la vida, como la escuela y la iglesia. Dos mundos, dos formas de concebirlo y de estar en él. Se trata de dos ambientes socioculturales con amplias diferencias en las que los niños, niñas y jóvenes interactúan con los Otros. Forman parte de un circuito migratorio sustentado en el desplazamiento de personas, bienes simbólicos y materiales; relaciones y prácticas sociales que fluyen entre dos lugares conectados por el fenómeno de la migración.
En uno de los foros de educación intercultural, migración y vida escolar que realizamos en Cuetzalan Puebla, con varias asociaciones civiles e investigadores de América Latina y Estados Unidos, Kathleen Taceloski investigadora de las problemáticas lingüísticas de los estudiantes transnacionales, comenzó la conferencia –en el Foro de 2010- hablando en inglés al público. La mayor parte de los ahí reunidos se miraron entre sí porque no comprendían lo que ella decía. Otros se reían pensando que se trataba sólo de una broma. Y no lo era. Fue un ejercicio en el que Kat quiso que el auditorio experimentara lo que sienten los estudiantes transnacionales cuando ingresan a las aulas en las que no se habla su lengua materna o el idioma que dominan. Sirvió ese ejemplo para dialogar, en español, sobre la similitud de las problemáticas que enfrentan también los estudiantes indígenas en las escuelas. Y, desde luego, los alumnos transnacionales aquí y allá.
Falta mucho por hacer, y decirlo se ha vuelto un lugar común en lo referente a la educación de nuestro país. Más cuando un abrumador alud de problemas -que parecen no tener solución- se muestran ante nuestro ojos por la magnitud de los mismos: corrupción, irrelevancia, pérdida del sentido de la escuela por parte de estudiantes ante la incertidumbre y el cuestionamiento ¿para qué sirve la escuela?; desánimo de profesores por la carga social que ahora pesa sobre sus hombros por los resultados de las evaluaciones. En fin, falta mucho por hacer pero hay que comenzar por hacer visibles a esos niños, niñas y jóvenes para saber de las necesidades educativas y sociales que tienen en México y en el país del Norte.
Sin duda, se requieren políticas educativas y gubernamentales que atiendan las problemáticas que enfrentan los alumnos transnacionales. No lo planteo porque crea que las soluciones sólo deban venir de las autoridades, sino porque cada política anunciada debe acompañarse con un presupuesto establecido para llevarlas a cabo y cumplir con el derecho a la educación.
En México, según cifras oficiales de la SEP, en 2012-2013, un millón 47 mil 718 niños y jóvenes que se inscribieron en la escuela la abandonaron. En esas cifras están un buen número de alumnos transnacionales, pero no sabemos cuántos. Los motivos para dejar la escuela pueden ser muchos pero la mayor parte de éstos se derivan de las condiciones socioeconómicas de los estudiantes.
Desde esta realidad se puede afirmar que se trata de un atentado contra el derecho que tienen a recibir una educación de calidad. Por ello sostengo que el cumplimiento del derecho a la educación debe ser vinculante y garantizar la existencia de normas jurídicas que hagan posible su exigibilidad. Si esto ocurriera tendríamos –muy probablemente- otro panorama y distintos resultados educativos. La educación no puede seguir como un discurso hueco que adorna las campañas para lograr votos y producir jugosos dividendos económicos a la mayor parte de los poderosos políticos mexicanos
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