In illo tempore

  • José Alarcón Hernández
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“En el amor hay dos males:

la guerra y la paz”

Horacio

Sucedió en aquel tiempo: In illo tempore.

Entrará la tarde, la noche envolverá el cielo poblano.

Para unos será una noche de sombras y tinieblas, y para otros un anochecer de luces y cohetes.

Apenas cinco trofeos serán para cada ejército.

Para el señor de la cima será una jornada emocionante.

El Olimpo estará iluminado por quince lámparas y un faro.

Las luces como estrellas, iluminarán el Popocatépetl, que como repetidora alumbrará al Palacio Nacional.
Habrá un coro casi celestial que repetirá: “Lo logramos, lo alcanzaste, señor, sólo tú podías hacerlo. Eres grande como Zeus, como Júpiter, como Neptuno.”

En la casa del puente no habrá regocijo pero sí satisfacción por el objetivo alcanzado y la promesa cumplida.

Unos en voz alta y con gritos se incriminarán por la entrega.

Otros contestarán que no es culpa de alguien, pues los candidatos eran endebles, pobres, huilas.

Habrá quien traiga a la discusión lo cerrado del proceso de postulación de candidatos, los engaños y hasta la venta y compra de candidaturas.

Unos más sensatos recordarán: “no se hagan, que los candidatos no hicieron lo que debían.”

Nunca tuvieron un Plan General, nunca programaron sus actividades, ni una de las doce semanas.

Carecieron de discurso, apenas y sí podían articular ideas y conceptos.

Nunca pudieron contestar las preguntas de los periodistas.

Siempre se mostraron con titubeos y tibiezas.

Ahora no lloren, sus hierros los sepultaron.

Siempre anduvieron entre tinieblas.

Es verdad que cargaron con el pesado lastre de la corrupción que la gente no olvida.

Pero también influyeron las riñas internas por las candidaturas.

Fueron también factores determinantes de estos entierros las sepulturas facturadas por los enemigos de dentro.

Bueno, bueno, pero la verdad es que no convencieron a los electores de su programa que traducirán en leyes y presupuestos para resolver las tragedias del pueblo.

Todo ese es cierto, pero tampoco pudieron competir con el dinero público y menos con los costales de mierda que no era nuestra sino de los salteadores de otros tiempos.

Hay otros factores que diezmaron nuestra fuerza y por eso no vencimos.

En fin: las tinieblas húmedas ensombrecerán por largo tiempo el presente y el futuro.

Mientras estas discusiones se repetían y se repartan culpas en cada uno de los cuarteles: el central y en los de cada uno de los candidatos vencidos, en los cuarteles de las estrellas azules, más prudentes, menos encorajinados, meditaban sus triunfos y sus derrotas.

Había pechos felices y mentes sosiegas.

Había lágrimas de satisfacción, gemidos silenciosos alimentados por la rabia contra el que se regocija por el triunfo de los suyos.

¡El circo había salido casi perfecto!

Al fin era para bien, para bien de Puebla.

Se había fincado el triunfo abatiendo a las ideologías, haciendo prevalecer el bien de Puebla, sobre el bien de los Partidos.

¡En Puebla no hay tinieblas, sólo luces; no hay sombras sólo resplandores que apuntan a la ciudad de México, allí, junto a la catedral metropolitana!

¡La zozobra que nunca fue, no amenaza, sólo es efectiva en la mente de algunos que ignoran cómo se hacen los acuerdos en las alturas y porque se congelan para lograr los fines!

¡Hoy como nunca, no hay que condenar a alguien!

¡El piélago veleidoso ya pasó: no hay que hacer! El triunfo de los ganadores es indiscutible. Los daños casi irreparables. El tsunami ha parado. Estamos casi muertos.

La vida de los partidos políticos y más de los políticos, es como de péndulos  que gimen pero se mueven de un lado a otro.

No hay que olvidar que el poder no es propiedad nuestra, que sólo lo tenemos prestado y más todavía: el poder no se tiene para siempre.

¡Porfirio Díaz Mori es un testimonio!

En fin: los resultados hablarán por muchos.

El tiempo pondrá a cada quien en su lugar.

Los que desde ayer y hoy ponen piedras para construir los dos periodos de gobernadores verán apuntalar sus propósitos o atisbarán el derrumbe de sus sueños.

El pueblo se equivoca, pero sólo a veces, no siempre.

En esa elección, el camino estuvo sembrado de cadáveres políticos, no debe haber duda.

Ese sendero también resucitara muertos aunque en otras filas.

No hay que confundirse, sólo hay que distinguir los tiempos y los caminos.

Pero más importante, hay que identificar a los actores, a los que mandan, a los que conducen los ejércitos.

Estos a veces están cansados, desilusionados y se dan cuenta de las atrocidades que tienen que padecer.

Este tiempo parece ser otro pero en esencia es como el de otras épocas.

Sólo hay que enterarse de lo que pasaba entre los romanos en los tiempos del imperio y la república.

El espíritu porfiriano resucita y alienta a los que no quieren dejar el poder, como en las cortes de la edad media.

No hay que llorar, hay que tener el pensamiento claro y las metas precisas y luchar para alcanzarlas y coronarse con los objetivos trazados.

Nadie nos puede vencer si unidos luchamos con entereza.

No hagamos caso de amenazas, que sólo son eso, palabras envenenadas.

Benditos los tiempos en los que los pueblos son capaces de no aturdirse ni confundirse con palabras que parecen dulces pero de hecho son amargas.

La democracia es imperfecta, pero es mejor que la teocracia o la dictadura.

No hay que perder las esperanzas, habrá tiempos buenos para el pueblo, que casi nunca ha disfrutado de libertad y justicia. 

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José Alarcón Hernández

Lic. en economía, con mención honorífica. Diputado Local dos veces y diputado federal dos ocasiones. Subsecretario de Educación Superior de la Entidad y Subsecretario de gobernación del Estado. Autor de 8 libros publicados por la Editorial Porrúa. Delegado de la SEP Federal en el Estado. Actualmente Presidente del Colegio de Puebla. A.C.