El Carolino, sus historias
- Alejandro C. Manjarrez
Imaginemos que en el Edificio Carolino deambulan algunos fantasmas. Podrían pertenecer a la época de los jesuitas o haber vivido en el siglo pasado o incluso, para no ir muy lejos, hace unos días.
Qué tal si en ese vuelo imaginario encontráramos alguna de esas energías y que ésta se materializara para contarnos lo que vio entre esos añosos muros. ¿Sexo contra natura, como catalogaban los jesuitas fundadores a las relaciones homosexuales? ¿Campañas organizadas para combatir a la inteligencia femenina, igual o peores que las puestas en práctica por el obispo Aguiar y Seixas, enemigo jurado de Sor Juana Inés de la Cruz? (“Dios me hizo corto de vista para no ver a las mujeres”, decía su Eminencia). ¿Crímenes y torturas? ¿Aventuras amorosas furtivas? ¿Conjuras estudiantiles? ¿Complots contra el gobierno y las autoridades universitarias? ¿Bacanales y saraos? ¿Travesuras religiosas parecidas a las que dieron fama a Martín Villavicencio Salazar, Martin Garatuza para el novelista Vicente Riva Palacio? ¡Uf!
En fin, si pudiéramos hacer contacto con cualquiera de esas energías podríamos enterarnos de hechos buenos algunos y otros rayanos en el espanto. Pero no nos emocionemos porque tal posibilidad cae en el terreno del absurdo. De ello dio cuenta el padre jesuita Carlos María Heredia, en cuya biografía encontramos que usó sus tesis científicas para derrotar al escritor espiritista Arthur Conan Doyle (Calles lo retó y le ganó, pero esa es otra anécdota). Así que más nos vale atender los hechos documentados. O basarnos en las historias orales, algunas de ellas “enterradas” en el mismísimo panteón-biblioteca-hemeroteca, remembranzas que podrían conducirnos a través de una ruta de alto contraste, luces y sombras que iluminan o ensombrecen la historia de Puebla.
Hoy me acojo a las luces, el resplandor que aclara los pasillos y recovecos del vetusto y arquitectónicamente maravilloso Edificio Carolino. La intelectualidad que nació en el rectorado de Luis Rivera Terrazas, por ejemplo. O la estabilidad universitaria promovida por Alfonso Vélez Pliego, misma que permitió la presencia física del gobernador Guillermo Jiménez Morales. O el “renacimiento” que le tocó en suerte a José Doger Corte, conductor del Proyecto Fénix. O el impulso académico-político a cargo de Enrique Doger Guerrero. O la consolidación financiera, arquitectónica, científica y didáctica, sellos de Enrique Agüera Ibáñez, el rector que hizo acopio de cordura y tuvo los arrestos para llevar la fiesta en paz con el mandatario Rafael Moreno Valle. Tres décadas de vida universitaria, lapso en el cual se le restó fuerza a los “fantasmas”, incluido el último o más reciente que bien podría ser el de Óscar Samuel Malpica Uribe, energía que a lo mejor vuelve por sus fueros.
En este marco se inserta Alfonso Esparza Ortiz, el nuevo rector de la Universidad Autónoma de Puebla, testigo y partícipe en el impulso que hizo de la BUAP una de las mejores universidades de México. Hace un lustro lo entrevisté para la revista Réplica y, sin habérselo propuesto, adelantó lo que seguramente será su proyecto y estilo de trabajo en la rectoría. Pregunté entonces:
—Te imagino de joven recorriendo los pasillos de esta universidad... Percibo que te sientes orgulloso de ser parte de una de sus etapas, quizás la que mejoró el rumbo. ¿Cuál es tu concepción de la universidad?
—Estoy orgulloso de ser parte de esta Universidad. Llevo veinticuatro años en ella. Me inicié como catedrático —que es mi plaza de base— y tengo ya diez años en el área administrativa a la cual entré como contralor y ahora que funjo como tesorero. Y además estoy motivado porque formo parte del grupo que comparte la visión de una institución fuerte y comprometida con su entorno, con grandes estándares de calidad y con la vocación de servir al alumnado, así como formar buenos profesionistas que permitan que el país progrese, que se vuelva más competitivo. Trabajamos para que la Universidad ocupe su lugar en el liderazgo latinoamericano.
“… es un compromiso (…) estar ante la oportunidad de ser parte de su historia y compartir las buenas vibras del Carolino. Es una sensación muy gratificante. Las catacumbas, los patios, los pasillos, el Barroco, la Biblioteca Lafragua y el Paraninfo te hacen sentir la obligación que te heredaron quienes forman parte de la historia de este recinto, que también es la historia de México…”
Después le pedí su opinión sobre la política. Hela aquí:
—Es un arte, una ciencia: es muchas cosas y creo que es lo más complicado de ejercer a plenitud. Es una actividad donde se combinan muchos elementos naturales, personales y de educación que es lo que forma a los buenos políticos. No se trata sólo de un cargo de elección popular. El ser político funciona en todos los ámbitos. Nuestros papás hacían política cuando querían convencernos de algo. Por ello Aristóteles dijo que el hombre es un animal político.
Sobre el poder:
—El poder, el que sea, se debe ejercer en beneficio de los demás. Yo he podido valorarlo gracias a mi necesidad y obligación de tener que tocar puertas para conseguir los recursos que le corresponden a la Universidad. Este tipo de acciones te permite valorar la enorme diferencia que hay entre tener el poder y ejercerlo...
Sobre el futuro:
—No a los programas de asistencia, que a la larga los lleva a ser más dependientes. Hay que diseñar y establecer programas innovadores donde estén realmente comprometidos, donde apliquen lo que están aprendiendo. Programas que generen nuevas oportunidades.
Esparza será, pues, parte de la nueva historia del Carolino cuyos fantasmas, los buenos, si acaso existen, tendrían que sentirse halagados por lo que dijo Alfonso: son emisores de buenas vibras.
@replicaalex
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Escritor y periodista. Autor de la columna Réplica y contrarréplica. Colaboró en la revista Impacto y en el periódico Excélsior. Fue articulista de Notimex. Fundador de la Revista Réplica.
