Escuchar a las infancias también es cuidarlas
- Elena Zárate
Cada 30 de abril, México celebra el Día del Niño y la Niña. En muchas casas, escuelas y espacios públicos habrá festivales, regalos, dulces, juegos y fotografías sonrientes. Todo eso tiene valor, porque las infancias también necesitan alegría, celebración y momentos que les recuerden que son amadas. Sin embargo, este año la fecha nos invita a mirar más allá de la fiesta: ¿estamos escuchando verdaderamente a nuestras niñas, niños y adolescentes?, ¿sabemos cómo se sienten?, ¿conocemos sus miedos, sus silencios, sus angustias y aquello que no se atreven a decir?
Celebrar a las infancias no puede limitarse a comprarles algo o dedicarles un día especial. Celebrarlas implica reconocerlas como personas completas, con emociones, pensamientos, conflictos, necesidades afectivas y derecho a ser escuchadas. También implica aceptar que muchas niñas, niños y adolescentes están creciendo en medio de presiones que otras generaciones no vivieron con la misma intensidad: hiperconexión digital, exposición temprana a contenidos violentos, comparación constante en redes sociales, soledad emocional, ansiedad, estrés escolar, incertidumbre familiar y, en muchos casos, ausencia de espacios seguros para hablar.
La salud mental de niñas, niños y adolescentes no puede seguir siendo un tema del que hablamos únicamente cuando ocurre una tragedia. Tampoco puede reducirse a campañas, consultas médicas o protocolos escolares, aunque todos ellos sean necesarios. La salud mental empieza mucho antes de llegar a un consultorio: empieza en la casa, en la mesa, en el trayecto a la escuela, en la mirada atenta de una madre o un padre que se atreve a preguntar no sólo “¿cómo te fue?”, sino “¿cómo estás de verdad?”.
En este contexto, la comunicación familiar deja de ser un tema secundario. Se convierte en una herramienta de prevención. No porque madres y padres tengan que convertirse en psicólogos, psiquiatras o especialistas en salud mental, sino porque son quienes pueden detectar primero ciertos cambios: un aislamiento repentino, una irritabilidad constante, alteraciones del sueño, comentarios de desesperanza, pérdida de interés por actividades que antes disfrutaban, cambios drásticos en amistades, bajo rendimiento escolar, conductas agresivas o una relación obsesiva con ciertos espacios digitales.
Acompañar no significa controlar, la gran diferencia está en el vínculo. Un hijo difícilmente contará lo que le duele si sabe que recibirá burla, regaño, sermón o castigo inmediato. Una hija difícilmente hablará de sus miedos si en casa ha aprendido que sentir tristeza es exagerar, que llorar es debilidad o que pedir ayuda es motivo de vergüenza.
Por eso, la confianza no se improvisa en la crisis. Se construye todos los días, cuando escuchamos sin mirar el celular o cuando no minimizamos lo que para ellos es importante. También cuando evitamos responder con frases como “eso no es nada”, “en mis tiempos era peor” o “ya se te pasará”. Se hace cuando las emociones no son tratadas como berrinches, sino como mensajes que necesitan ser comprendidos.
Los recientes hechos de violencia extrema, como el ataque ocurrido en la zona arqueológica de Teotihuacán, nos obligan a mirar con seriedad el tema. De acuerdo con distintos reportes periodísticos, el agresor habría actuado solo, con planeación previa y con referencias a hechos de violencia masiva y contenidos extremistas. Sin embargo, es fundamental evitar una lectura simplista o estigmatizante: no todo problema de salud mental conduce a la violencia. La mayoría de las personas que viven ansiedad, depresión u otros padecimientos no son violentas. Estigmatizarlas sólo aumenta el silencio y aleja la posibilidad de pedir ayuda.
Lo que sí podemos afirmar es que cuando una persona joven se encierra en su sufrimiento, se desconecta de los vínculos significativos, consume contenidos de odio o violencia sin ningún acompañamiento crítico y no encuentra adultos confiables a quienes acudir, los riesgos aumentan. No siempre terminarán en una tragedia pública, pero sí pueden derivar en autolesiones, adicciones, aislamiento severo, conductas de riesgo, depresión profunda o normalización de la violencia.
Aquí la familia tiene un papel insustituible. La escuela puede orientar, el Estado puede diseñar estrategias, los centros de salud pueden atender, pero el primer espacio de contención emocional tendría que ser el hogar. No un hogar perfecto, porque no existe, pero sí un hogar suficientemente disponible para escuchar, observar y actuar a tiempo.
Este Día del Niño y la Niña tendría que recordarnos que el mejor regalo no siempre viene envuelto. A veces el mejor regalo es una conversación sin prisas, una tarde sin pantallas, una pregunta hecha con ternura, una escucha sin juicio, un límite explicado con amor, una disculpa adulta cuando nos equivocamos o incluso una presencia que le diga a una hija o a un hijo: “No tienes que poder con todo a solas”.
Esto implica recuperar conversaciones que muchas veces hemos dejado pendientes. Necesitamos hablar con ellos sobre lo que ven en internet, preguntar qué comunidades digitales frecuentan, conocer a sus amistades, no desde la vigilancia persecutoria, sino desde el interés genuino. Necesitamos conversar sobre violencia, odio, discriminación, soledad, frustración, sexualidad, miedo, enojo y tristeza. Hablar de salud mental sin convertirla en amenaza ni en etiqueta.
También implica saber cuándo pedir ayuda profesional, ya que hay situaciones que rebasan la buena voluntad de la familia. Si un niño, niña o adolescente expresa ideas de muerte, amenaza con hacerse daño o dañar a otros, muestra conductas agresivas recurrentes, pierde contacto con la realidad, consume contenidos violentos de manera obsesiva o presenta cambios emocionales severos, no basta con “echarle ganas”, se necesita intervención especializada.
Las estrategias públicas, las campañas de sensibilización, las líneas de atención y los servicios de salud mental pueden ser muy valiosos, siempre que no olvidemos que ninguna política pública sustituye la presencia amorosa, firme y cotidiana de los adultos cercanos.
Hoy más que nunca necesitamos madres y padres que no sólo provean, sino que miren; que no sólo corrijan, sino que comprendan. Así como que no sólo pongan límites, sino que expliquen su sentido; además de que no sólo reaccionen cuando algo explota, sino que estén presentes cuando las señales todavía son pequeñas.
La salud mental de las infancias y juventudes no se protege desde el miedo, sino desde el vínculo. No se cuida únicamente prohibiendo pantallas, sino enseñando a habitarlas con criterio. No se fortalece negando el dolor, sino abriendo espacios para nombrarlo.
Quizá la pregunta más importante que una familia puede hacerse este 30 de abril no es qué vamos a regalarles a nuestras niñas y niños, sino qué tan disponibles estamos para escucharles. Porque a veces, antes de una crisis, hubo señales, tal vez hubo silencios. Y antes de cualquier ruta institucional, tendría que existir una puerta abierta en casa: la de una comunicación capaz de escuchar antes de lamentar.
Opinion para Interiores:
Anteriores
Especialista en Comunicación Estratégica y Familiar con más de veinte años de experiencia. Licenciada en Ciencias de la Comunicación, maestra en Comunicación Estratégica y maestra en Ciencias de la Familia, así como doctorante en Comunicación y Mercadotecnia Estratégica. Encabeza la iniciativa COMFAM Comunicación Familiar.
