¿Cuándo se nos jodió el Cablebús?

  • Patricio Eufracio Solano
El Cablebús está tan contaminado que si se le construye será un error y si no... también

Fue una promesa de campaña, aseguran; es decir un compromiso con el pueblo. Por eso hay que cumplirlo sin importar que ahora ya no únicamente no parezca un buen proyecto, sino que haya pasado a ser el primer gran fracaso político del sexenio, porque hoy el Cablebús está tan contaminado que si se le construye será un error y si no se le construye... también; o sea, que el Cablebús ─parafraseando a Vargas Llosa en su novela Conversación en la catedral ─, se nos ha jodido irremediablemente.

Para aquellos que no lo recuerdan o peor aún, que no hayan tenido la curiosidad o el modo de haber leído esta novela, les contaré que, si bien la historia transcurre sobre los pormenores de la familia de Santiago Zavala, la trama subyacente es la corrupción salvaje y la despiadada represión social que ejerce el dictador peruano General Manuel Arturo Odría Amoretti.

El drama novelesco se resume en la espléndida cuestión planteada en su ahora icónico inicio: “Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?”, reflexiona Zavalita desolado sobre el inevitable resquebrajamiento de su mundo infectado por una dictadura; es decir, por una personalidad megalómana, intransigente y repelente a la crítica y el disenso; tal cual sucede hoy en Puebla.

Pero siendo justos, aceptemos, que no todo es culpa del jefe; o acaso sí, pero también de otros. Como en todos estos casos de gobernantes gorilescos, la corrupción y represión se fincan, por un lado, en los delirios de grandeza, la soberbia y el desprecio social del tirano y, por el otro, en la complicidad de las fuerzas vivas de una nación (empresarios, políticos, vendepatrias y sabandijas sociales), todo ello potenciado por la abulia y atonía de la mayor parte de los ciudadanos.

La ecuación de la tiranía no tiene misterio: mayor desprecio del gobernante ante un menor empuje democrático de los ciudadanos, siempre termina en desgracia social, malos servicios, desperdicio de recursos humanos y financieros y deterioro del tejido social.

En estos momentos en Puebla vivimos las infectas consecuencias de esta ecuación tiránica, en la cual tres de sus variables democráticas ya no tienen remedio pues han terminado por joderse: 1) El diálogo, 2) La confianza, y, 3) El respeto.

Vamos por partes.

1) El diálogo. Concediendo sin aceptar que efectivamente el Cablebús fue una promesa de campaña y, por lo tanto, un compromiso a cumplir, dicha condición no obliga a que “la promesa” deba cumplirse si al final, como es el caso:

a) Es un mal proyecto;
b) No soluciona, sino sólo palia un problema, y, sobre todo,
c) No fue consensuado adecuadamente con los supuestos beneficiarios y los inevitables afectados.

Es decir, que el necesario diálogo entre ciudadanos y gobernantes, a estos últimos les pareció innecesario puesto que, a decir del Coordinador del Gabinete armentista: “Más de un millón novecientos mil poblanos votaron la propuesta (sí al Cablebús) del gobernador Armenta”. Esta retórica perversa y malintencionada es casi tan vil como la encuesta presentada hace unos días por el CISO de la BUAP, porque tergiversa los resultados en forma tan burda que debiera avergonzarlos. Tanto una votación electoral, como una encuesta a todas luces amañada, no son una forma de diálogo ya que, en la primera, jamás el entonces candidato aclaró en su discurso que dicha promesa del Cablebús costaría la friolera de seis mil setecientos cincuenta dos millones de pesos para atender a un máximo de noventa mil de usuarios, cuando un transporte terrestre (suponiendo que costara lo mismo que el Cablebús) mueve alrededor de doscientas setenta mil, es decir, tres veces más.

Y en cuanto a la segunda, la encuesta del vergonzante CISO de la BUAP, como lo demostró Armando Pliego Ishikawa en su colaboración “El Cablebús y la disputa por el relato”, miente al adjudicar una supuesta mayoría de 64% de poblanos que aprueban este proyecto, cuando en realidad se trata de alrededor del 30% de los encuestados (3 de cada 10) ya que casi la mitad de aquellos (43%) respondió no conocer el proyecto del Cablebús. Ante estos números reales y no los amañados, es más que clara la falacia de que “un millón novecientos mil poblanos votaron por el Cablebús en la pasada elección”.

2) La confianza: En sus primeras acciones gubernamentales, no hay duda que el gobernador Armenta se ganó la consideración y confianza de los poblanos. Sobre todo, en el asunto del Museo Internacional del Barroco ya que era el primer gobernador que no ampliaba, sino disminuía la deuda pública. Pero, el gusto le duró tan sólo unos meses porque jamás explicó (como lo había prometido) las entretelas de esa supuesta liquidación y, peor aún, cuando nos enteramos que para pagar el adeudo final de dos mil millones de pesos, se los pidió prestados al propio Banorte, nuestro sempiterno acreedor en el tenebroso asunto del MIB. O sea, ¿quién en su sano juicio le pide al diablo que lo ayude para entrar al cielo? ¡Ufff!

Y con este antecedente apareció de pronto el proyecto del Cablebús sin planes racionales de construcción, estudios serios y profesionales de impacto ambiental y movilidad citadina y, sobre todo, con una inversión de más de seis mil millones de pesos para transportar a la tercera parte de lo que actualmente moviliza el sistema RUTA. Hay que ser desmesuradamente zopenco para aceptar que es mejor mover 90 mil que 270 mil poblanos al día por toda la ciudad. ¿Y qué sucedió? Pues que la confianza en una buena administración armentista se hizo añicos.

3) El respeto. La megalomanía política incuba, necesariamente, el desprecio hacia aquellos que cuestionan con razones y argumentos de peso las decisiones y caprichos de un gobernante. Entonces la diatriba toma el sitio de la interlocución y el entendimiento se va al traste. Los armentistas no son tontos, por ello desde el primer fundado reclamo al proyecto del Cablebús se dieron cuenta que se habían equivocado al pretender imponerlo sin tener el consenso y aceptación de los supuestos beneficiarios. Y en vez de recular y replantear el asunto, decidieron imponerlo pues “Un millón novecientos mil poblanos votaron por él”... y se joden.

De ahí a las descalificaciones, las amenazas veladas y la decisión final de que “va porque va”, sólo ha sido cuestión de tiempo. ¿Qué si no está claro el asunto? ¡Pues se aguantan! ¿Qué si las otras posibles soluciones son más panistas o ecologistas o ciudadanas que cuatroteístas? ¡Pues se amuelan! ¿Qué si creían que esta morenista administración era una democracia participativa? ¡Pues se joden porque no!

Y así, a los armentistas negados al diálogo, desconfiados de las demás voces poblanas e irrespetuosos del buen manejo democrático se les jodió el Cablebús entre sus manos.

Y lo peor de todo esto es que no quieren aceptarlo y terminarán construyéndolo, sin importarles que dentro unos años sea tan repudiado e ineficiente como el MIB, del que tanto han despotricado. Y no tendrán el consuelo de Zavalita de cuestionarse honestamente “¿Cuándo se nos jodió el Cablebús?”, porque lo saben de sobra, desde mismísimo momento en que creyeron, como el ahora presidente de los Estados Unidos, que una votación los convertía en reyezuelos y no solamente en servidores de la nación.

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Patricio Eufracio Solano

Es licenciado en Lenguas y Literaturas Hispánicas y maestro en Letras, ambos por la UNAM; así como doctor en Historia por la BUAP. Estancias de investigación en la Universidad de Georgia, y en la Universidad Complutense, donde se benefició de la beca para Hispanistas extranjeros del Ministerio de Cultura del Gobierno de España.