Claudia y Andrés, unidos para siempre
- Roberto Borja
Al principio del actual sexenio muchos esperaban que, según la tradición, la Presidenta se deslindaría de su antecesor. Pero no habido ruptura, ni manotazo, ni exilio. Al contrario, solo un sometimiento orgulloso y una soberbia delirante. Vivimos un Maximato sui géneris, lo que he llamado un régimen cesaropapista.
Con AMLO dicho régimen se logró a plenitud. El ideal de Juárez de fundir en una persona al funcionario y al sacerdote se personificó al pie de la letra. No se transformó al régimen político, sino que se perfeccionó al de siempre. El breve período de la transición democrática fue echado para atrás y se restauró el presidencialismo y la autocracia. Los mexicanos volvimos a hacer política también como siempre.
Con Claudia Scheinbaum el cesaropapismo perdió su perfección y ha tenido que desdoblarse. Ella representa bien al César, pero tiene enormes deficiencias en tanto sacerdotisa. Nada de qué preocuparse porque el Papa no ha muerto y entrará en su auxilio si las circunstancias así lo exigen, además de que su sola omnipresencia basta para mantener la cohesión del movimiento y la tranquilidad de todas y todos.
En las últimas semanas tuvimos la oportunidad de ver la consolidación de dicho régimen.
Con el avance de la nueva administración se empezaron a descobijar muchos de los tremendos yerros y locuras del gobierno anterior, sobre todo en el terreno de la política de seguridad. Por las presiones del presidente Trump o por la misma diferencia que marca la presencia de Harfuch, parecía que la política de seguridad iba a ser la piedra de toque para el deslinde, empezando con aquello de los abrazos, no balazos.
Dicha política, verdadera omisión del responsable, llevó a un altísimo nivel el grado de penetración del crimen en todos los niveles del Estado, hasta el punto de que ejerce su dominio directo en varias zonas del territorio nacional. La evidencia de su poderío político, militar, financiero, cultural, además del territorial, es tan manifiesta, que no se necesitan pruebas adicionales como las que siempre pide la Presidenta.
Por ello bastó con emprender algunas acciones decididas para combatir al crimen para dejar al descubierto todo lo que no se había hecho. Primero fueron las sospechas del Departamento del Tesoro que apuntaron directamente a Alfonso Romo, asesor del presidente AMLO. Después el descubrimiento de cientos de laboratorios de fentanilo, cuando éste no se cansaba de negarlos. Poco después siguieron algunas sorpresas inesperadas con la denuncia (filtrada, se dijo, desde Palacio Nacional) de que el jefe de seguridad de Tabasco, nombrado por Adán Augusto López Hernández, era también el máximo jefe de La Barredora, el Cártel de Tabasco.
Pero la sorpresa mayor estaba por llegar cuando se descubrió que dos sobrinos del propio Secretario de Marina del gobierno anterior dirigían enormes operaciones de contrabando de combustibles, conocidas como huachicol fiscal, sin precedente alguno en la historia de la corrupción en México. ¡Y vaya que la vara de medir está altísima!
En el colmo del escándalo, resultó que el padre de la recién nombrada Miss Universo era socio de Raúl Rocha, codueño del certamen y capo de varias mafias encargadas del contrabando de combustibles, drogas, armas y lavado de dinero, a quien el entonces Fiscal Gertz Manero le otorgó el criterio de testigo protegido.
Las investigaciones apuntaban a un rumbo en el que aparecían, además de cientos de empresarios, los nombres de varios miembros del primer círculo del expresidente, dos ex secretarios de Estado, un jefe de asesores, sus propios hijos, y él mismo en la cúspide (por lo menos, como suele decirse, por comisión u omisión).
Todo eso fue parado en seco.
El asesinato de Carlos Manzo, presidente municipal de Uruapan, produjo una gran indignación en Michoacán y en la mayor parte del país. Las protestas contra la violencia y la exigencia de justicia se multiplicaron. De manera natural apuntaron a la Presidenta de la República. Imagino la contrariedad de Claudia Sheinbaum al oír gritar a los jóvenes que “el que no brinque es Claudia”, ella que tanto brincó en su juventud.
El escenario se vuelve sumamente desfavorable al gobierno, pero éste respondió con la vieja receta del Plan “Integral”para Michoacán y con las primeras detenciones, abriendo múltiples líneas de investigación que, por lo menos, permiten bajar la presión.
Los que se hacen llamar Generación Z tuvieron el enorme acierto de oportunidad para convocar a una marcha nacional el 2 de noviembre. Para quienes deseaban manifestarse contra la violencia y mostrar su indignación por el asesinato de Carlos Manzo, lo de menos era quién convocaba, sobre todo después de que varias organizaciones civiles y muchas personas con y sin partido político mostraron su disposición de asistir. Pero eso mismo diluyó capacidades de organización y responsabilidades.
La Presidenta no soportó el símbolo de la Generación Z que en otros lugares había tumbado gobiernos y se concentró en desmontar tal desmesura fantasmagórica. Desde la mañanera inventó una narrativa de que todo estaba orquestado por la derecha y pagado en redes sociales, tanto en México como en otros países.
Con el manual del ABC de la represión y la provocación (usando al bloque negro), se manipularon los hechos y la marcha pacífica, de protesta e indignación contra la violencia, la convirtieron en violenta y como una agresión desde la derecha. Una vez más la víctima fue el gobierno. En lugar de aprovechar la energía social contra la violencia y la injusticia para ponerse al frente, prefirió aparecer como víctima de lo increíble, un golpe de Estado de la derecha.
Para dejar en claro quién manda aquí, la Presidenta convocó a llenar el Zócalo de la Ciudad de México el 6 de diciembre, con el fin de festejar siete años de gobierno de la 4T, cuestión que desde el poder le resultó sencilla pues se llenó la plaza y las calles aledañas. Por más que lo intente la derecha nacional e internacional –dijo—“no vencerán al pueblo de México y a su Presidenta”.
Nunca antes se le había visto tan convencida de su papel y es que, días antes se habían resuelto las contradicciones que amenazaban el predominio del grupo en el poder, o por lo menos la ampliación de las fisuras abiertas. Adán Augusto López, a quien hasta hace poco se le había visto triste y cabizbajo, reapareció con todos los reflectores para hacerse cargo de la puntilla para remover de su cargo al Fiscal General de la República, acusado de varias filtraciones, aunque parece no de todas.
Tras la renuncia ilegal del Fiscal, que nadie lamenta, y que facilita eliminar descaradamente su autonomía, las piezas se volvieron a acomodar después de haber llegado hasta límites peligrosos. Y quien aparece para firmar el reacomodo, apaciguar las aguas y llevarlos hasta el delirio fue el mismísimo Andrés Manuel López Obrador, con la presentación de su libro Grandeza.
Quedó claro entonces que el Papa sigue vivo. Y, con el sometimiento asumido por Claudia Scheinbaum Pardo, también quedó claro que ella, cual César todopoderoso, operará con acuerdos consolidados en lo que resta del llamado segundo piso de la 4 T. La aparición de AMLO, además de la algarabía causada entre sus seguidores, dejó claros los límites de las investigaciones sobre la corrupción, el contubernio con el crimen y en las negociaciones con los Estados Unidos. “Regresaré a las calles si está en riesgo la soberanía”, advirtió.
La Presidenta Scheinbaum después de avanzar en lo que parecía una nueva política de seguridad, asustada frente al abismo, volvió sobre sus pasos. La lucha contra la corrupción y el contubernio del Estado con el crimen se limitará a los personajes secundarios y no irá contra los verdaderos jefes. Ahora las investigaciones irán desempolvando viejas carpetas, contra adversarios que sólo ejercen la libertad de expresión, como María Amparo Casar, en la fiscalía general y Rodolfo Ruiz, en la de Puebla, a quien sin embargo el Gobernador “aprecia” mucho. ¡Qué le parece!
Opinion para Interiores:
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Economista y politólogo. Ha sido profesor e investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México, Universidad Autónoma Metropolitana y de la Universidad Autónoma de Puebla. Director del suplemento Cambio de Rumbo del STUNAM y miembro del Consejo Consultivo de Save Democracy.
