La política del miedo
“Quien dijo que todo está perdido
Yo vengo a ofrecer mi corazón “
Fito Páez.
Una de las características de la política contemporánea es el recurso del miedo; aquel instrumento del aparato gubernamental que produce e implanta temor sobre las personas, sustituyendo su capacidad por la incapacidad política, reduciendo las emociones al puro resentimiento. Preocupante es ver que Puebla vive hoy un estado de miedo, constantemente controlado por los grupos de “apoyo” del gobierno; cuerpos policiacos encargados de nuestra “seguridad”. El pasado sábado 14 noviembre en Puebla las manifestaciones se hicieron presentes en contra de la privatización de Pemex y ahí estuvo presente el miedo; tan claro fue el mensaje del gobernador respecto a no tolerar protestas, hasta la protección que brinda al Congreso del estado al sitiar con granaderos las calles que rodean al edificio del poder legislativo.
Mientras la ciudad llena de luces navideñas resplandecía alegre, las fuerzas policiales impedían el transito sobre algunas calles dando oscuridad a la dichosa democracia. En un ambiente democrático (en teoría) la ciudadanía tiene derecho a expresarse más allá del voto, tiene derecho a participar y opinar sobre las decisiones de sus representantes, sin embargo, esta concepción de sociedad se ve alejada de la realidad y raptada por los grupos profesionales de la falsa política.
Sólo en dictaduras y totalitarismos se usa la violencia para ejecutar, reformar o crear leyes Y no hablo de una violencia puramente física sino psicológica, las imágenes de nuestras vivencias diarias proyectan cientos de símbolos, constituyendo todo un lenguaje. En este caso: el lenguaje de la autoridad sobre la sociedad, el despojo y la imposición sobre el dialogo y el debate, el fast track de las decisiones en lugar del análisis y discusión exhaustiva. La historia y el país hecho añicos por la farándula del reloj robado. Estas son las señales de una política donde se infiltran a grupos provocadores que desprestigian los movimientos sociales: el escándalo de los diputados Lauro Sánchez, Edgar Salomón y Héctor Alonso no fue más que parte de un escenario para provocar el repudio y la paranoia de un movimiento pacífico, con la consigna: “No a la privatización”, sin embargo, los legisladores en el papel de buenos cortesanos dejan su huella en la memoria de los poblanos como aquellos que vendieron la soberanía.
Pero después de esta “terapia de shock” como la denomina Noam Klein, pasmados y aturdidos por las reformas de libre mercado, que tan sólo seguirán incrementando las brechas de desigualdad social ¿Que sigue? La victoria de los grupos políticos que ahora regalan el petróleo, tan solo es parcial, pues no han podido, ni podrán persuadir y convencer a la población sobre la necesidad de dicha reforma. Hace falta más que fuerza bruta para someter el pensamiento nacional, difícilmente se podrá evitar la ola de movilizaciones entorno a la pobreza; producto de un ineficiente sistema económico. Las consignas por la falta de seguridad, salud, educación etc. Serán parte de una nueva sociedad civil, de una nueva cultura de la política, que aun no conocemos. Es por ello que el miedo tantas veces presente en la política debe ser un factor que nos impulse a seguir y no a retroceder.
Agotar los mecanismos legales y sociales para echar atrás el atrasado pensamiento neoliberal es una constante que deberán seguir los opositores, si bien la propuesta de algunos es implementar una consulta sustentada en el art. 35 fracción VIII de la Constitución Mexicana como tema de trascendencia nacional, y ahí impedir el saqueo, dudo que los mismos instrumentos jurídicos de los que se vale el poder impositivo sirvan a la causa. La respuesta va estar en el recrudecimiento de las condiciones de vida de los ciudadanos (otro factor de miedo) ya se prevé por el Comité Nacional de Estudios de Energía cerca de 20 mil despidos de trabajadores de PEMEX.
La situación es más complicada de lo que parece y aunque la sociedad se vuelva más participativa y ponga en evidencia la actividad política encubierta, no cambiará el panorama general en los problemas del país.
Lamentable es lo que está pasando con PEMEX, pero más lamentable es percibir el silencio de los sindicatos de la energía. De una forma u otra, el petróleo no es la salida a la multiplicidad de problemas a los que nos enfrentamos. Pensar en la posibilidad de propiciar nuevas formas de existencia en todos sus ámbitos es una elección coherente. Repensar no solo el miedo desde una perspectiva de impulso y no de retenimiento, sino también repensarnos como sujetos de la historia en convivencia con la naturaleza, y en sociedad. No podemos seguir basando la idea de un país mejor en la noción del estado paternalistas, ni en las clases políticas, es necesario innovar en las propuestas y generar conciencias políticamente dinámicas más allá del miedo.
