Se apaga el fervor patrio

EL DESPERTAR Por: José Agustín Ortiz Pinchetti                                                                                                  

Es evidente: el desinterés en la celebración de la Independencia. El entusiasmo que mostramos cuando niños o jóvenes, se está perdiendo. Creo que es síntoma de una depresión colectiva. Explicable porque llevamos casi 40 años sin crecer, salvo en pobreza, violencia y corrupción. Nuestra vía para la recuperación era la democracia cancelada hasta hoy por la oligarquía y el PRI-AN.

La elite que está en el poder (los nacidos entre 1968 y 1985, de edad entre 35 y 50 años) ven cursi al patriotismo. Se consideran ciudadanos del mundo. Muchos de ellos estudiaron cursos de posgrado en Estados Unidos y quedaron deslumbrados por la prosperidad, las libertades cívicas y la enorme clase media. Se olvidaron de lo que tuvieron que pagar los norteamericanos en trabajo duro y construcción democrática. Sobre todo esta elite mexicana carece de confianza en sí mismos y en su patria. Ellos, como muchos pensadores, ven a la globalización como una oportunidad para que México abandone la obsesión de verse el ombligo, es decir, defender sus gustos y sus intereses.

La paradoja de la globalización es que países periféricos, como el nuestro, se globalizan y renuncian a su potencialidad. Relativizan la Independencia y la soberanía. Todas las potencias, las más antiguas (EU, Japón y Europa) y las emergentes (como China, India y Corea) han redefinido su proyecto nacional, refortalecido al Estado y subrayado su nacionalismo. A pesar de que tienen modelos políticos muy distintos, estas nuevas potencias están creciendo arriba de 6 por ciento y logrado gran cohesión social. Mientras tanto nosotros la perdemos y con ella nuestra soberanía política y cultural.

Esta nueva minoría dirigente está marcada con una identidad racial, casi todos son criollos, y de clase: pertenecen a la clase media alta para arriba. En cierta forma son, como diría Monsiváis, norteamericanos nacidos en México. Es una lástima porque las viejas elites fueron nacionalistas, sin ser xenófobas, y lograron una etapa de estabilidad y prosperidad como no se había visto en México. Y no me refiero a mi generación, sino a la que reconstruyó el país después de la revolución (Cosío Villegas, Cárdenas, Gustavo Baz, Eduardo Suarez, J. Silva Herzog, Azcárraga I, etcétera). Es de esperarse que una nueva generación sustituya a la de los yuppies actuales y tengan el valor para rescatar el amor por México y el orgullo de ser mexicanos. Valores eminentemente prácticos.

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