Un fantasma recorre a México: la posibilidad de que el millonario Donald Trump llegué a ser presidente de Estados Unidos y que cumpla sus compromisos de campaña; es decir, construir un muro en la frontera y que lo pague México, expulsar a todos los indocumentados, enviar a los marinesa invadir Medio Oriente y acabar con el islam, aplastar económicamente a China y a Japón, etcétera. Propuestas tan extremas que han horrorizado incluso a personajes reaccionarios que ayudaron a la entrega progresiva de nuestro país, como Vicente Fox o Felipe Calderón.
Uno de los grandes problemas que tendríamos es que el gobierno mexicano no sabe qué hacer. No tiene ya fichas para negociar: ya entregó el petróleo, las playas, la zona fronteriza, las minas, la soberanía, autorizó que guardias armados de EU patrullen México y mantiene el nivel de compra de los trabajadores entre las tasas más bajas del mundo. Ya no hay qué ofrecer a Trump ni otro posible presidente de EU. Juguemos con escenarios:
Trump gana, pero debilita sus amenazas. El gobierno mexicano no hace nada. Trump para mejorar su imagen en México visita Ciudad Juárez, Duarte lo abraza, Peña le da la bienvenida y lo despiden con Las golondrinas. Trump declara que le gusta el tequila y la música de mariachi lo conmueve. Pasados unos meses, los más derechistas en el Partido Republicano dicen que los engañó. Las cosas siguen igual.
Trump gana y cumple sus amenazas. Una fuerza expedicionaria invade seis países musulmanes.
Trump exhibe ante la televisión planos de la gran muralla. Un grupo de mexicanos apoya su propuesta siempre y cuando se construya en los límites que tenía México antes 1848 y los tratados Guadalupe Hidalgo. La propuesta es rechazada por los nacionalistas porque correríamos el peligro de que la capital fuera traslada a Los Ángeles o a Houston. El gobierno mexicano no hace nada. Los árabes devolverían el golpe. Estallaría la tercera guerra mundial y nuestros problemas y los de la humanidad se evaporarían.
Trump no gana, sino uno de los republicanos fanáticos, pero más serios. O ganaría la liberal Hillary Clinton. Ninguno dejaría de sacarle a México el poco jugo que le queda. El gobierno mexicano no hace nada.
Cualquiera apoyaría al PRI si fuera la opción más sumisa; protegerían a Peña de un posible ajuste de cuentas por corrupción y mal gobierno. Las cosas seguirían más o menos iguales: en camino del desastre, porque ninguna fuerza externa podrá sacarnos del hoyo en el que estamos. Eso depende enteramente de nosotros.
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