"Todo se hundió en el silencio"

  • Alejandra Fonseca
Le dije que la eternidad sí existe y que me esperara ahí cuando a mí me tocara partir

Fue mi primer gatito. Unos amigos de la Ciudad de México lo encontraron escondiéndose entre matorrales y me lo regalaron hace once años. Tenía una cara hermosa: grandes y expresivos ojos verdes y un corazón en la punta de su nariz. Su pelaje blanco y negro en irregular diseño resaltaba al parecer disfraz de fantasma bicolor.

Lo traje para Puebla. Era chiquitito, corría como ardilla y cuando lo correteaba la otra gata de la familia de nombre Persian, con sus uñas se agarraba fuerte a mis piernas para subir hasta el hombro donde reposaba. Ahí se quedaba hasta que la Persian se iba convencida que no lo podría atrapar. Posado en mi hombro parecía periquito, y como a un tío de nombre Pedro, le decían Perico y terminó en Pico, le puse ‘Pico’.

La Persian era brava y no lo quería, por lo que él y yo nos hicimos íntimos. Andábamos juntos a todos lados y lo protegí tanto que se volvió celoso. Cuando murió la Persian, que era buena cazadora de ratas y ratones, decidí adoptar otro gato para que se hicieran compañía. El Pico era muy territorial, no le pareció, pero se adaptó. El gatito nuevo era muy sociable, amable y tierno y se lo ganó. Parecía mapache, le pusimos Rakis por ‘raccoon’. En algún momento el Pikis se perdió por tres meses y un día apareció flaco y maltratado. Su carácter se hizo un poco más amargo, pero todos nos adaptamos a la nueva manera de ser del Pikis.

De ser un gato hermoso, bien cuidado y limpio, de once años, hace un mes empezó a adelgazar. Le descubrieron un problema en un diente y la encía y se la atendieron. Volvió a comer y se repuso, pero otra vez empezó a adelgazar. La veterinaria me dijo que había que sacarle sangre y hacerle un ultrasonido para descartar un problema en hígado u otros órganos. Cada vez que lo llevaba al veterinario iba feliz porque le gustaba el paseo en coche ya que le dejaba la cabeza afuera de la transportadora y disfrutaba el aire. Pero esa vez ya no quiso ir. Aún débil y flaco, al intentar meterlo a la transportadora, saltó y se escondió. Esa fue la señal con la que me dijo que quería quedarse en casa y que lo acompañáramos a que partiera.

Desde niña he llorado mucho la partida de mis innumerables mascotas. Estuve velando con Pikis dos días con sus noches. Lo cargaba y le cantaba arrullándolo. Quizá ya no veía, pero reaccionaba a mi voz. Movía un poco la punta de su cola y me respondía con un dulce y suave maullido. Le agradecí su presencia en mi vida; le recordé la historia de nuestra vida juntos. Lo lindo que había sido conmigo cuando le gustaba que le hiciera ‘licuadora, licuadora’ (un juego que inventamos) y cuando con su patita derecha me tocaba el brazo con una delicadeza espeluznante para que lo acariciara. Le pedí perdón por haber sido ruda con él cuando él no era amable. Le dije que esta única vida terrenal nos había liado para siempre porque la eternidad sí existe. Y que me esperara ahí cuando a mí me tocara partir. Se empezó a poner tieso y se quejaba por su dificultad para respirar. Le seguí hablando y acariciando acostado sobre su camita. En un momento dejó de respirar y todo se hundió en el silencio…

[email protected]

Opinion para Interiores: 

Anteriores

Alejandra Fonseca
Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes