Regresan caravanas de migrantes

  • Norma Angélica Cuéllar
Muchos de esos migrantes fueron deportados desde Estados Unidos a Tapachula

Desde 2025, Tapachula se ha ido hundiendo en una crisis humanitaria marcada por la llegada constante de personas deportadas desde Estados Unidos, muchas de las cuales son enviadas al sur del país sin protocolos ni apoyo, quedando en condiciones de alta vulnerabilidad.

En medio de esta presión creciente, durante la Semana Santa, caravanas de migrantes han comenzado a salir de la ciudad, como respuesta a la saturación institucional y a la ausencia de rutas formales de movilidad y protección.

Me di a la tarea de buscar videos en redes sociales, y lo que encontré son escenas de desesperación: familias de cubanos, haitianos, venezolanos y centroamericanos sin recursos, sin información y sin alternativas inmediatas para sostenerse.

Desde 2025, Estados Unidos ha deportado a México a aproximadamente 12,900 extranjeros que residían en su territorio. Se trata, en muchos casos, de individuos con trayectorias laborales estables, contribuyentes fiscales y con vínculos familiares profundos, incluidos hijos nacidos en ese país. La deportación de extranjeros a México es un problema mayúsculo.

El proceso de retorno evidencia una gestión desarticulada. Testimonios coinciden en traslados de hasta cinco días en autobús desde Texas hasta el sur de México. Al arribar a Tapachula, estas personas son dejadas prácticamente a su suerte, sin acompañamiento institucional suficiente, en un entorno marcado por incertidumbre jurídica y desprotección social.

A su llegada, reciben un oficio de salida que les otorga un plazo de diez días para abandonar el país. Esta disposición es contradictoria: el Estado mexicano los recibe, pero simultáneamente les impone una condición de tránsito forzado. En la práctica, se trata de una expulsión interna que los obliga a desplazarse sin garantías de acceso a derechos.

En este contexto, ha salido una nueva caravana que ya ha avanzado más de 100 kilómetros fuera de Tapachula. Los testimonios dan cuenta de personas con los pies lesionados, cuadros de deshidratación y agotamiento extremo. No se trata de una movilización voluntaria en sentido pleno, sino de una respuesta colectiva ante la imposibilidad de permanecer en un espacio saturado y sin condiciones mínimas de subsistencia. La política migratoria mexicana tache, para qué aceptan las deportaciones si no van a darles ninguna alternativa.

El caso de personas cubanas deportadas ilustra con claridad este entramado. Tras ser detenidas por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas en Estados Unidos, algunas permanecieron encarceladas durante meses antes de ser retornadas a México y trasladadas nuevamente a Tapachula.

Ahí quedan varadas en un limbo migratorio que puede prolongarse durante semanas o meses. Testimonios refieren estancias de 48 días, tres meses e incluso cerca de un año sin resolución, enfrentando además prácticas de corrupción en trámites de regularización.

Ante esta situación, personas de nacionalidades diversas han decidido organizar nuevas caravanas con destino a la Ciudad de México u otras entidades. El objetivo no es ya cruzar hacia Estados Unidos, sino encontrar condiciones mínimas para trabajar y avanzar en sus procesos migratorios. Esto marca un desplazamiento significativo: la caravana deja de ser un instrumento para el tránsito internacional y se convierte en un mecanismo de movilidad interna forzada.

Y bueno, Tapachula se ha consolidado como un espacio de contención. Con una población aproximada de 353 mil habitantes, la ciudad enfrenta una presión desproporcionada frente a la llegada de población migrante. Organizaciones civiles estiman que alrededor de 60 mil personas de diversas nacionalidades se encuentran en la región, muchas de ellas en espera de trámites o buscando opciones para continuar su trayecto.

La saturación genera tensiones crecientes. Los servicios públicos, el mercado laboral y la infraestructura local operan al límite. La economía regional, de por sí frágil, no tiene capacidad para absorber esta demanda adicional sin impactos significativos. Al mismo tiempo, la población local comienza a mostrar signos de desgaste frente a una situación prolongada.

Las instituciones responsables, particularmente el Instituto Nacional de Migración (INM) y la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR), enfrentan una sobrecarga evidente. La acumulación de expedientes, los retrasos y la insuficiencia de recursos limitan su capacidad de respuesta, produciendo escenarios de irregularidad y vulnerabilidad estructural.

México, en este contexto, no solo actúa como un dispositivo de contención regional. También reproduce dinámicas de persecución y expulsión interna que reconfiguran la movilidad migrante en condiciones cada vez más precarias. La pregunta de fondo no es únicamente cómo gestionar estos flujos, sino cómo explicar —y eventualmente desmontar— un modelo que convierte a personas que ya no buscan llegar a Estados Unidos en un problema que debe ser desplazado dentro del propio territorio.

En plena Semana Santa, cientos de migrantes caminan con sus familias a un destino incierto. No hay que ser indiferentes, si pasan por su entidad y tiene oportunidad, écheles una manita.

Disfrute a su familia en estas vacaciones.

 

Opinion para Interiores: 

Anteriores

Norma Angélica Cuéllar

Investigadora y periodista mexicana. Actualmente realiza una estancia de investigación posdoctoral en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP. Tiene publicaciones sobre migración y política en revistas especializadas y en diarios nacionales. Sus temas de investigación son migración, religión y política nacional.

 
 

.