La escuela y la prevención de la violencia
- Juan Martín López Calva
“La tarea más importante de prevención de violencia tiene que ver con fortalecer el quehacer educativo en las escuelas, lo que supone promover la construcción de un tejido socio-comunitario que fortalezca la cohesión social a la vez que contribuya a desarrollar competencias para vivir con otros desde el respeto y la responsabilidad compartidas, entre los miembros de la comunidad escolar”.
Cecilia Fierro Evans. La convivencia escolar más allá del combate a la violencia. Entrevista de Erick Juárez Pineda. Educación futura. 17 de diciembre de 2014.
El episodio que vivimos en el país el domingo de la semana pasada desatado por el exitoso operativo para la captura y posterior “abatimiento” de quien, según los expertos en temas de crimen organizado, era el líder de uno de los cárteles más buscado en el mundo, nos puso una vez más frente al espejo en el que miramos con una mezcla de temor, indignación, dolor e impotencia el rostro de un México capturado por la violencia.
No se trató solamente del hecho que implicó la localización y el combate armado que dio como resultado la captura y muerte de ese personaje y de algunos miembros de su primer círculo de protección -en el que hubo además como saldo muy lamentable un número muy elevado de pérdida de vidas del lado de las fuerzas del orden- sino de una reacción muy violenta que trastocó la vida de muchos ciudadanos y prácticamente paralizó buena parte del territorio nacional al menos ese día y los siguientes.
En efecto, esa imagen de la violencia que no nos gusta y muchos prefieren maquillar con discursos o estrategias de evasión o ideologización, no se reduce a determinado número de hechos violentos y a una estadística de bajas o heridos en los enfrentamientos entre los distintos grupos criminales o entre ellos y la Guardia Nacional o el Ejército.
Siguiendo la tipología de Galtung resulta evidente y la semana pasada se hizo aún más palpable, que no estamos solamente frente a un número medible de acciones de violencia directa sino frente a una dinámica de violencia estructural en la que las instituciones políticas y económicas están funcionando en buena medida en el marco de una cooptación, complicidad o bajo la amenaza de los grandes grupos delincuenciales y también dentro de una violencia cultural en la que una buena parte de nuestra sociedad está viviendo desde los significados y valores que la violencia les va imponiendo hasta normalizar ideas, situaciones y acciones inaceptables desde una visión sana de la humanidad.
Un ejemplo de lo anterior es el impacto que este momento de violencia no se circunscribió al terreno de la confrontación entre el grupo criminal afectado y las fuerzas armadas del Estado mexicano, sino que se extendió prácticamente a todos los ámbitos de la vida cotidiana de la ciudadanía que se encuentra en una situación de alta vulnerabilidad.
Porque ese domingo un enorme número de personas vivieron en situaciones de miedo, incertidumbre o incluso peligro cercano ante los bloqueos de carreteras con vehículos incendiados, las balaceras que se dieron en distintos espacios, la quema de comercios, la cancelación de vuelos y corridas de autobuses, la suspensión de actividades masivas, el cierre de gran parte de los establecimientos comerciales y la exhortación a quedarse encerrados en sus casas en un contexto de total desinformación que dio origen a muchos rumores y también a noticias falsas que no se quedaron en el ámbito nacional sino que dieron la vuelta al mundo.
En el ámbito escolar y universitario, el lunes se decretó la suspensión de clases presenciales en varias entidades del país y en los casos de instituciones que tienen la infraestructura necesaria, se realizaron las clases y el trabajo administrativo de lo académico de manera virtual. En algunos lugares esta situación se prolongó unos días más.
Frente a estos acontecimientos que nos hicieron un recordatorio palpable, por si no lo tuviéramos claro antes, de la sociedad violenta en la que hoy vivimos en este país y de las consecuencias expansivas de esta violencia que afecta y a veces paraliza literalmente la vida de millones de ciudadanos, resulta urgente volver a hacernos la pregunta sobre qué podemos aprender de estas situaciones límite y cómo podemos contribuir desde la escuela y la universidad a revertir el estado de violencia directa, estructural y cultural que hoy prevalece.
El primer aprendizaje considero que tiene que ver con el reforzamiento de la consciencia de educadores y educandos sobre el enorme impacto que la violencia tiene sobre las vidas de todos en la sociedad y la necesidad de no seguir minimizando la gravedad de la situación a través de la evasión, la negación o la delegación de nuestra responsabilidad como formadores de las futuras generaciones. Necesitamos convencernos de que podemos y necesitamos aportar a la reversión de la violencia desde nuestra trinchera educativa.
Situaciones como la que vivió el país ese domingo resultan materiales valiosísimos de reflexión y discernimiento en las aulas para ir generando en los educandos los sentimientos de rechazo a la violencia y de aprobación de todo lo que lleve a la paz, empezando por las relaciones inmediatas en la escuela, la familia o la comunidad.
Dentro de esta reflexión no puede omitirse el reconocimiento de que la violencia, por ser estructural y cultural, ha ido permeando también al interior de la escuela. Los maestros sabemos o hemos vivido de manera directa situaciones de acoso escolar o de violencia física, psicológica o digital entre estudiantes e incluso hacia profesores.
En este aspecto es indispensable distinguir lo que sostiene Fierro en la entrevista citada en el epígrafe que, aunque se publicó hace doce años tristemente sigue siendo vigente. Se trata de la distinción entre el combate o el trabajo que busca enfrentar y resolver la violencia escolar y la urgente tarea de promoción de una convivencia escolar dialógica, respetuosa, pacífica y democrática.
No basta con la creación de reglamentos y protocolos para gestionar los hechos de violencia en la escuela, aunque como dice la misma autora se aderecen con discursos de convivencia. Es claro que se requiere que existan esta normatividad y protocolos, sobre todo cuando sean de carácter pedagógico y no se hagan y apliquen desde visiones legalistas o judicializantes que en lugar de ayudar a crecer a los educandos, los criminalizan.
Sin embargo, no basta con las acciones orientadas a prevenir o resolver los actos de violencia en la escuela. Resulta indispensable hacer de la escuela una micro sociedad en la que los futuros ciudadanos aprendan formas alternativas de convivir y relacionarse con sus pares o con sus profesores y herramientas o competencias para resolver sus controversias o conflictos que surgen de manera natural en todo espacio de relación humana.
Como dice el epígrafe de hoy, esta es la tarea más importante de la escuela para prevenir la violencia. La tarea de construir un tejido socio-comunitario que genere cohesión y desarrolle competencias para vivir con los demás desde el respeto y la corresponsabilidad. Esta tarea convertirá a la escuela en un espacio de mediación entre lo privado y lo público que puede ir sembrando semillas de paz donde hoy predomina la violencia.
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Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).
