Bad Bunny, los Grammy y el deporte de odiar lo nuevo
- David Peral
Cada vez que un artista contemporáneo pisa un escenario grande, gana un premio o se vuelve imposible de ignorar, ocurre el mismo fenómeno, una parte del público se indigna y se complica.
El domingo pasado Bad Bunny apareció en los Grammy y se llevó tres premios. Para algunos, eso fue una provocación personal. No importa si el álbum haya explorado géneros como la salsa, el merengue, el bolero caribeño o fusiones que dialogan con la tradición latina.
No importa si hay producción compleja, referencias históricas o identidad sonora. Para cierto sector, todo se resume en una frase automática: “Eso no es música.”
Y ahí es donde la conversación deja de ser musical y se vuelve sociológica. Pierre Bourdieu explicaba que el gusto no es solo una preferencia estética, es una forma de identidad social. Cuando alguien dice “esto es basura”, no solo está opinando sobre el sonido, está marcando su extraño territorio cultural. Está diciendo “yo pertenezco a otra época, a otro código, a otra idea de lo que vale”.
Por eso la reacción casi nunca es técnica. Casi nadie habla de arreglos, producción, ritmo o evolución de géneros. Se habla de “decadencia”, “producto”, “ruido”, “pérdida de valores”. Es decir, categorías morales, no musicales.
La historia se repite con una precisión casi cómica.
El jazz fue “música de salvajes”.
El rock fue “corrupción juvenil”.
El hip-hop fue “ruido sin talento”.
Y ahora el urbano latino ocupa ese lugar simbólico de amenaza cultural.

Facebook Bad Bunny Tour
Cada generación cree que presenció la última era de calidad y que después llegó el apocalipsis, convenientemente justo después de su juventud.
Los Grammy Awards con todas sus contradicciones, no son una biblia artística, pero sí un termómetro cultural. Premian impacto, alcance, diálogo con el presente. Cuando un artista latino, híbrido, urbano o caribeño ocupa ese espacio, no significa que el canon clásico se derrumbe. Significa que el centro cultural se mueve. Y eso incomoda más que cualquier ritmo repetitivo.
A mí no me gusta gran parte de esa música. No la consumo, no es mi banda sonora, no define mis recuerdos. Pero mi gusto personal no me da autoridad para declarar inexistente un fenómeno cultural que conecta con millones, transforma la industria y dialoga con tradiciones musicales reales.
Decir “no me gusta” es una opinión. Decir “no es música” es un berrinche con ínfulas académicas y pereza nostálgica.
Confundir nostalgia con criterio es uno de los errores más comunes del debate musical actual. Recordar con cariño la música que marcó nuestra juventud es natural. Convertir ese recuerdo en arma para invalidar lo nuevo es otra cosa. Es más emocional que analítico, más autobiográfico que crítico.
No todo lo actual es brillante. No todo lo clásico es intocable y la música no se arruinó, simplemente dejó de girar alrededor de las anteriores generaciones.
Quizá el verdadero problema no es que la música haya cambiado. Quizá el problema es que algunos oyentes ya no cambiaron con ella y ahora culpan al sonido por lo que en realidad es miedo a quedarse fuera de la conversación cultural.
Porque al final, la música siempre encuentra a su generación. La que la entiende. La que la necesita. La que la defiende sin pedir permiso.
Y si hoy algo nos suena a ruido, tal vez no sea el mundo el que está desafinando. Tal vez somos nosotros los que seguimos escuchando con los oídos de ayer y el orgullo demasiado alto para admitir que la canción ya no era para nosotros. Y eso también es parte de envejecer culturalmente, aunque no nos guste aceptarlo.
Opinion para Interiores:
Anteriores
David “Trukutru” Peral es creador, locutor y analista de la cultura musical, reconocido por su labor en la difusión y el estudio de la música popular en medios escritos, radio y plataformas digitales. Su trabajo se distingue por abordar la música como expresión cultural, fenómeno social y testimonio de su tiempo.
