La urgencia de derrocar a Nicolás Maduro
- Christian Reyes Hidalgo
Eduardo Galeano —palabras más, palabras menos— advertía a principios del siglo XXI que la época en la que vivimos comenzaba a repetir los mismos errores del siglo pasado. Una frase que hoy resuena con más fuerza y cobra sentido ante los acontecimientos que han marcado 2025.
Actualmente, diversos conflictos reflejan una señal inequívoca: la humanidad se está configurando en una suerte de tecnificación barbárica, algo similar a lo que Theodor Adorno llamó la “barbarie racionalizada” (1), al referirse a los hechos ocurridos en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. En la modernidad, el sentido de lo humano ha perdido trascendencia dentro del contexto posindustrial, otra forma de racionalización barbárica, ahora potenciada por el incremento del poder tecnológico y sus dueños.
Hoy es posible asesinar a millones de personas mediante armas de destrucción masiva, mientras los operadores militares, a miles de kilómetros de distancia, disfrutan una Coca Cola y observan desde monitores cómo se cumple su trabajo. En cuestión de segundos borran la historia y la vida de miles de seres humanos a los que nunca han mirado de frente.
Pese a los múltiples intentos por humanizar las dimensiones de la Hidra, el reordenamiento global llega disfrazado de eufemismos motivacionales que apelan al sentido común de la racionalidad liberal: ¡Libertad!, ¡Democracia! y ¡Justicia! Tres fetiches indispensables que perpetúan las desigualdades estructurales, manteniéndose como conceptos totémicos e inamovibles; cargados de un supuesto sentido humano, pero desprovistos de significado y nitidez para revelar las verdaderas relaciones de dominación que los sostienen.
Ya lo advertía el apaleado Karl Marx en torno al curso de El Capital: “el fetiche oculta las relaciones de producción reales y las sustituye por apariencias” (2). En este sentido, el fetiche también opera sobre estos conceptos, ocultando las relaciones de clase que estructuran las naciones y sus sociedades. Como ha señalado Boaventura de Sousa Santos: “El capitalismo y la democracia liberal pueden coexistir porque la primera vacía a la segunda de contenido emancipatorio” (3). Este vaciamiento se llena con prácticas que legitiman la deshumanización de quienes no importan mientras desarticulan toda forma de acción reivindicadora.
Bajo la visión occidental, ¿qué trascendencia podría tener la vida de lancheros sudamericanos desconocidos y pobres, que podrían ser —o no— “narcoterroristas”? Lo esencial, desde la perspectiva de Washington, es pensar en derrocar a un gobierno “ilegítimo”, “comunista”, “narcoterrorista”, que además posee las mayores reservas petroleras que los estadounidenses “no necesitan” (4) y que, para colmo, ha tejido alianzas extrañas con agentes rusos, iraníes y chinos (5), que disputa y cuestiona su hegemonía.
El enemigo venezolano ha sido cuidadosamente construido para encarnar todo aquello inadmisible para la seguridad nacional de EE. UU., sin importar que “las agencias de inteligencia ya han desmentido la idea de que el gobierno de Maduro esté enviando criminales para sabotear a Estados Unidos” (6). Hasta la fecha, no existen datos que prueben que el gobierno de Venezuela promueva el tráfico de drogas o que Nicolás Maduro y sus allegados formen parte del llamado Cártel de los Soles (7).
Distinto cuento, mismos intereses
La historia de los países periféricos ha sido, casi siempre, la de adecuarse a las disposiciones de las potencias o enfrentar las consecuencias de su osadía. Así, “se sigue produciendo la explotación de los países en vías de desarrollo, lo que implica el declive de las economías «legales» y el crecimiento de la ilegalidad estructural como un factor de la economía mundial” (8). Hoy, el tablero geopolítico no solo se ha encendido, sino que se ha reconfigurado ante la realidad de un mundo multipolar.
La fotografía de Venezuela evoca hechos del pasado que han destrozado países que funcionaban — pero en torno a su rol, posibilidad y función en el mundo— y que, después de la pacificación democrática estadounidense, al día de hoy no se recuperan de las múltiples catástrofes derivadas de esas intervenciones.
A unos cuantos kilómetros de las costas venezolanas comienzan a asomarse bombarderos, destructores, portaaviones, fragatas: la maquinaria militar de alta tecnología ha sido puesta en marcha. Expertos sugieren que la posibilidad de una invasión no terrestre tiene un alto potencial para materializarse, ya sea en los próximos meses o años. Ese despliegue multimillonario —sin duda— no será cobrado a los asesinados en las diversas embarcaciones destruidas en el mar Caribe en aguas internacionales, que hasta el 28 de octubre del año en curso —violentando todo marco jurídico internacional, anulando la presunción de inocencia y ejerciendo crímenes de guerra a través de asesinatos selectivos sin juicio— el gobierno de Donald Trump ha dejado como saldo: “14 botes destruidos, 57 muertos y una crisis que crece en el Caribe y el Pacífico” (9).
En un primer momento, es posible que esta cifra aumente a cuentagotas con los días venideros, pero ante el reciente despliegue de “ocho buques de guerra, seis de ellos destructores, tres buques anfibios, un submarino y el envío del USS Gerald R. Ford para reforzar las operaciones contra el narcotráfico en el área del Comando del Sur” (10), de llegar el momento y decidir atacar de manera directa las tierras bolivarianas, la cifra se tornaría exponencial. La factura la tendrá que pagar quien la pueda sufragar.
A todo lo anterior, se suma la constante insistencia —sin pruebas fehacientes— en enmarcar al gobierno de Venezuela como patrocinador del terrorismo internacional, vía del narcotráfico, a pesar de que la DEA, en todos sus informes, señala “que la mayoría de la cocaína rumbo a EE. UU. se trafica por el Pacífico” (11), o sea, principalmente por Colombia, Perú y Bolivia.
La campaña mediática que comenzó no es casualidad: forma parte de una tendencia histórica de la hegemonía estadounidense que se remonta a la Doctrina Monroe, pasando por la Política de Contención posterior a la Segunda Guerra Mundial, que se actualizó bajo el paradigma de la criminalidad transnacional y en años recientes, se ha consolido respecto a las distintas etapas de la llamada “guerra contra el terrorismo”, hoy conformada bajo el nuevo monstruo de manto narcoterrorista. Desde Bush hasta Trump, el “terrorista” ha tenido una transmutación, según las necesidades de la Casa Blanca.
No se trata de lavarle la cara al gobierno ineficaz, corrupto y autoritario de Nicolás Maduro Moros —realidad de casi todos los países que han sido subdesarrollados—, sino de develar que para Trump y sus funcionarios la democracia venezolana vale menos que dos bolívares. Los tres fetiches a los que hacía referencia en párrafos anteriores, están erogando miles de millones de dólares del pueblo estadounidense con semejante despliegue militar. Lo que nunca valdrá más que los recursos estratégicos que Venezuela representa, y que este país criminalizado y desobediente bajo el nuevo “eje del mal”, se ha negado a repartir para la subsistencia —principalmente— de la potencia en decadencia.
Lo esencial es material
¿Delirios comunistas narcoterroristas o hechos? En plena campaña presidencial, Donald Trump incurrió en un acto —que algunos tildaron de “sincericidio” (12)— al enunciar una verdad sin maquillaje ni reservas sobre la conocida “Tierra de Gracia”, cuando en rueda de prensa en plena campaña presidencial, dijo textualmente:
“Venezuela estaba a punto de colapsar, lo habríamos tomado, habríamos conseguido todo ese petróleo, habría sido justo al lado, pero ahora estamos comprando petróleo a Venezuela”. Lo recalcó responsabilizando a su ahora antecesor, Joe Biden, por no seguir el mismo derrotero de su primera gestión, marcada por incautaciones de activos, sanciones y la criminalización de altos funcionarios del gobierno bolivariano.
El dedo nunca ha sido retirado del renglón de la necesidad estadounidense, que se ha enmascarado de diversas formas. Durante el think tank realizado en 2023 por la Organización del Tratado del Atlántico Norte [OTAN] en su Atlantic Council (13), la jefa del Comando Sur de EE. UU., Laura Richardson, expresó lo siguiente, sin filtros:
“¿Por qué esa región es importante? Con todos sus ricos recursos y elementos de tierras raras. Tienes el triángulo de litio que es necesario para la tecnología. El 60% del litio del mundo está en el triángulo del litio: Argentina, Bolivia, Chile. Tienes las reservas de petróleo más grandes, crudo ligero y dulce descubierto en Guyana hace más o menos un año. También tienes los recursos de Venezuela, con petróleo, cobre, oro. China recibe el 36% de su comida de esa región. Tenemos el Amazonas, el pulmón del mundo. Tenemos el 31% del agua dulce del mundo en esa región también. Es algo fuera de lo común” (14).
El cambio de gobierno en Venezuela no huele a sed democrática, más bien tiene un tufo a necesidad material estratégica.
Por ello, el argumento parece realmente débil, a la postre de la serie de desastres que en este momento encienden al mundo. ¿No acaso Haití o Perú tienen sed de democracia?, quizá sí, pero para la Unión Americana, estos países no tienen el mismo sentido de valor material necesarios para ser democratizados.
En realidad, no hay democracia que sea creíble, cuando el mundo ha sido testigo de los crímenes de guerra cometidos por Israel contra el pueblo palestino; no hay paz que interese, cuando esta no circula por los corredores financieros; no hay vida que valga, cuando solo sirve para gestionar los intereses de quienes buscan expandir su influencia y poder.
En ese mismo sentido, durante este año, se ha desplegado un mecanismo mediático articulado por un sinfín de medios internacionales occidentales —que en los últimos días ha intensificado su ofensiva—, con una oleada persistente de noticias que presentan como algo casi natural el despliegue militar cada vez más masivo y cercano a las costas venezolanas.
Desde lo externo, este discurso bélico se disfraza de alocuciones de solidaridad con el pueblo de Venezuela, que se mantiene a la espera de que cientos de bombas se dirijan a sus comunidades y destrocen sus cuerpos en mil pedazos. En estos menesteres, no hay casualidades: los premios de paz, los reconocimientos y los guiños diplomáticos son las señales inequívocas del aval de quienes gobiernan por encima de las soberanías periféricas. Que anuncian con voz libertaria los cambios que, bajo el aroma de la democracia occidental, traen consigo la perpetuación de la subordinación y la muerte.
En una entrevista realizada a la galardonada con el Nobel de la Paz, Corina Machado, ante la solicitud para que expresara su posicionamiento sobre la situación política del Venezuela, dijo explícitamente:
“Maduro necesita entender que se le ha ofrecido un proceso de negociación y que, si lo acepta, le irá mucho mejor. Pero se irá, decida lo que decida” (15).
Aunque hay mucho más que profundizar, quizá, después de todo, la urgencia de derrocar a Nicolás Maduro no sea más que el nuevo rostro de una vieja necesidad imperial: la de demostrar que todavía se tiene la fuerza suficiente para seguir dictando el sentido del bien y del mal.
Nada que no hayamos visto antes. Cambian los nombres, los acentos, los rostros y las banderas, pero los métodos siguen siendo los mismos: primero se demoniza, luego se sanciona, después se bloquea y finalmente se invade en nombre de la libertad agusanada. Una libertad que, paradójicamente, solo parece florecer en los territorios que garantizan recursos estratégicos.
Mientras tanto, los organismos multilaterales continúan perfeccionando su coreografía diplomática, aplaudiendo entre líneas las agresiones que llaman “misiones humanitarias”. Los noticieros hacen su parte: convierten la violencia en espectáculo, el hambre en estadística y la guerra en “transición democrática”. En ese teatro de sombras, los muertos no tienen pasaporte, los desaparecidos no existen y los sobrevivientes solo importan si sirven de argumento para legitimar la próxima intervención.
Quizá el verdadero fetiche no sea la democracia, sino la capacidad de creer —una y otra vez— que el verdugo llega con flores en la mano y da preseas a sus colaboradores. Y mientras el mundo aplaude los discursos de paz que anuncian nuevas guerras, el gran mounstro de mil cabezas — nucleares— sigue bebiendo petróleo y brindando con Coca Cola ensagrentada por los valores de Occidente. Porque, al final, parece que la libertad solo tiene valor cuando cabe en un barril y cotiza bien en Wall Street.
Fuentes de consulta
1. Adorno, T. W., & Horkheimer, M. (2007). Dialéctica de la Ilustración: Fragmentos filosóficos (J. V. González, Trad.). Trotta. (Obra original publicada en 1944)
2. Marx, K. (1867). Capital: A critique of political economy. Volume I: The process of capitalist production (S. Moore & E. Aveling, Trans.). Progress Publishers. (Trabajo original publicado 1867)
3 . De Sousa Santos, B. (2006). Reinventar la democracia, reinventar el Estado. CLACSO.
4. CNN Español. (2025, 22 de enero). Trump dice que EE.UU. no necesita el petróleo de Venezuela. CNN Español.
5. BBC News Mundo. (2025, 8 de mayo). ¿Qué ganan China, Rusia e Irán ayudando a Nicolás Maduro?. BBC News Mundo.
6. The New York Times en Español. (2025, 17 de octubre). Los ataques de EE. UU. contra Venezuela también son psicológicos: las tácticas de Trump a Maduro.
7. BBC News Mundo. (2025, 10 de septiembre). ¿Qué se sabe del Cártel de los Soles. BBC News Mundo.
8. Braidotti, R. (2002) Metamorfosis: Hacia una teoría materialista del devenir. Akal.
9. CNN Español. (2025, 28 de octubre). Cronología de los ataques en el Caribe y el Pacífico de EE. UU.: 14 botes destruidos, 57 muertos y una crisis que crece [Artículo].
10. France 24. (2025, 25 de octubre). El portaaviones USS Gerald R. Ford en el Caribe: poder naval y mensaje político de Estados Unidos.
11. BBC News Mundo. (2025, 28 de ). mapas que muestran por dónde viaja la droga desde América Latina hasta EE.UU . BBC News Mundo.
12. Página/12. (2023, 12 de junio). El sincericidio de Donald Trump sobre Venezuela [Video]. YouTube.
13. Criminalidae [@criminalidae]. (2024). Declaración de la jefa del Comando Sur en torno a los recursos de Venezuela y América Latina [Video]. TikTok.
14. Afinogenova, I. (2023, 24 de enero). Comando Sur de EE.UU. y su inquietante fijación en los recursos de Latinoamérica. Público.
15. Paredes, N. (2025, 10 de octubre). “La invasión a Venezuela ya existe, nosotros lo que necesitamos es una liberación”: entrevista a María Corina Machado, premio Nobel de la Paz. BBC
16. Criminalidae [@criminalidae] (2025). Video publicado en TikTok.
17. Newsroom Infobae. (2024, 6 de diciembre). ¿Cuál es el país con la mayor reserva de petróleo del mundo: supera tanto a Arabia Saudita como a EE.UU.? Infobae.
18. CNN Español. (2025, 6 de septiembre). Trump considera ataques contra cárteles en Venezuela como parte de una campaña de mayor presión contra Maduro. CNN Español.
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Criminólogo y analista social. Ha colaborado con universidades, colectivos y medios de comunicación en México y el extranjero. Su trayectoria combina investigación, docencia y activismo. Su trabajo aborda el estudio de las violencias, la desaparición y la memoria, buscando cuestionar al poder y visibilizar la dignidad de las víctimas.
