Nigeria: un conflicto olvidado
- Luis Ochoa Bilbao
El mundo está convulsionado. Las crisis en Ucrania y el Medio Oriente se roban las primeras planas de las noticias. Pero en el corazón del continente africano hay un conflicto al que no se le ha prestado suficiente atención y que ha dejado miles de muertos en lo que llevamos del año.
Nigeria atraviesa una de las crisis más complejas del continente africano, donde las tensiones religiosas entre comunidades musulmanas y cristianas se han entremezclado con conflictos étnicos, territoriales y políticos. Aunque el discurso público suele reducirlo a una lucha entre religiones, los análisis sociológicos y los reportes de campo coinciden en que las causas también incluyen la competencia por la tierra, la desigualdad económica, la expansión demográfica y la debilidad del Estado para garantizar seguridad y justicia.
El país está dividido de manera casi simétrica entre un norte mayoritariamente musulmán y un sur de predominio cristiano, con una extensa zona intermedia donde ambas comunidades conviven en constante tensión. En estas regiones centrales, las disputas por los recursos naturales y la posesión de la tierra enfrentan a pastores nómadas fulani, en su mayoría musulmanes, con agricultores sedentarios cristianos. Las diferencias religiosas intensifican las percepciones de agravio y exclusión, convirtiendo los conflictos agrarios en luchas por la identidad y el reconocimiento comunitario.
Nigeria es un país grande e importante no solo a nivel continental, sino también a escala planetaria. El país está situado en África occidental y posee una extensión territorial de 923,768 km². Su población estimada es de 237 millones de habitantes en 2025, lo que convierte en el país en el más poblado del continente y el sexto del mundo. Su composición religiosa está casi equilibrada entre un 45 % de musulmanes y otro 45 % de cristianos (entre católicos, protestantes, evangélicos y anglicanos).
Su Producto Interno Bruto se calcula entre $187 y 244 mil millones de dólares. Se trata, en términos técnicos, de una economía de ingreso medio en expansión. Es un importante productor de petróleo que sigue siendo la principal fuente de ingresos estatales, aunque las actividades agrícolas ocupan a una gran parte de la población y aporta cerca del 24 % del PIB. A todas luces, Nigeria es uno de los motores de África y un país emergente de lo que se suele denominar el sur global.
Los informes más recientes sobre la crisis revelan una escalada alarmante de la violencia. Diversas organizaciones señalan que a lo largo del 2025 se ha registrado la muerte de al menos 7 mil cristianos y el secuestro de casi 8 mil personas. Otros estudios, como el del Observatory for Religious Freedom in Africa, registran más de 55 mil muertes entre 2019 y 2023, con víctimas tanto cristianas como musulmanas.
En junio de este año, un ataque atribuido a pastores fulani dejó un centenar de muertos en el estado de Benue, mientras que en agosto otro atentado contra una mezquita en el noroeste causó unas 50 muertes musulmanas.
Estos datos muestran que la violencia afecta a ambos grupos, aunque con impactos desiguales según la región. La interpretación de los hechos exige precaución. Diversas fuentes internacionales —entre ellas AP News y Reuters— advierten que los números deben analizarse en contexto, ya que muchos ataques obedecen a lógicas locales de venganza, control territorial o supervivencia económica.
Sin embargo, la dimensión religiosa sí desempeña un papel movilizador y simbólico: tanto iglesias como mezquitas funcionan como espacios de cohesión y resistencia, pero también de radicalización. En ese sentido, la religión se ha convertido en un eje de identidad colectiva que se activa frente a la debilidad institucional del Estado nigeriano y la desigual distribución de los recursos.
El impacto social es terrible. Millones de personas han sido desplazadas internamente, aldeas enteras han desaparecido y las víctimas, en su mayoría jóvenes, crecen en contextos de inseguridad, desarraigo y miedo.
Es cierto que el conflicto religioso en Nigeria no puede entenderse únicamente como un enfrentamiento entre musulmanes y cristianos, pero estas tensiones sí lo han exacerbado. La violencia que vive el país es una expresión extrema de los desequilibrios estructurales de una nación dividida culturalmente y atrapada entre la modernidad y la precariedad. La globalización, la expansión tecnológica y la circulación de discursos identitarios transnacionales amplifican las tensiones locales, mientras el Estado continúa sin capacidad de respuesta y los muertos nos dan cuenta de una crisis humanitaria en progreso.
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Internacionalista y sociólogo. Director de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la BUAP. Se especializa en temas de política exterior, cultura política y sociología de las relaciones internacionales.
