Pichuco

  • Ignacio Esquivel Valdez
Nunca salió de perico perro, siempre brincando de chamba en chamba con el silencio como compañía

Ora palomilla, siéntense bien y paren oreja, porque les paso a contar la historia del chaval más a todo mecate que han dado las vecindades de La Merced.  Su nombre nadie lo supo, todos le decían el Pichuco y era el ahijado de doña Febronia, la señora que lavaba y planchaba ajeno.

Con todo y sus necesidades, doña Febronia mandó al escuincle a la escuela, pero por más que la maistra se esforzaba, pos él no hablaba hasta que se dieron cuenta que era mudo. Solo por no dejar lo dejaron estudiar, total ni bulto hacía de lo flaquito que era y con todo y que no presentaba exámenes, llegó hasta tercero de primaria y de ahí no pasó.

Doña Febro lo sacó de la escuela y lo mandó a vender chicles a los camiones de Mixcalco y la Villa para que le ayudara a sacar pa’ la papa, pero a cada rato lo bajaban y entonces se dedicaba a vender en las calles hasta que llegaba la tarde y se regresaba al cantón con las tripas chillándole de hambre, misma que tenía que aplacar con un plato de frijoles debajo de un foco opacado con las gracias de las moscas.

Pichuco no era muy conocido hasta el día que doña Catita dio el ranazo cuando volvía de surtir con lo necesario su puesto de garnachas. La probe apenas si podía con su alma. Ese día pisó un adoquín flojo y ahí va a dar con su humanidad tirando todo el mandado. El chamaco le ayudó a sentarse en la banqueta, le recogió la mercancía y le sirvió de bastón para que llegara a su casa. La señora quedó muy agradecida, lo abrazó y le dio un beso en la chompeta. La neta, por primera vez en su vida había sentido algo parecido a una caricia maternal lo que hizo que se le mojaran los oclayos.

Lo malo es que Pichuco olvidó la caja de chicles en el lugar del accidente y tuvo que regresar temprano sin dinero ni mercancía, por lo que doña Febro se enojó mucho y al preguntar qué había pasado, el mudito no decía nada, por lo que se lo surtió gacho al punto de sacarle de la buchaca un gemido lastimoso. Doña Febro, al oírlo por primera vez, se puso a chillar con él mientras le decía: “Siempre di la verdad, como sea, pero di la verdad”.

La neta es que le dijo eso para justificar los cachetadones que le había sorrajado, quesque porque “le mintió”. Ese día el Pichuco conoció el amor y el odio mediante la gratitud y el desquite.

Desde entonces Pichuco, como ya no tenía que vender, ayudaba a todo el aquel que lo necesitara, esperando alguna propina por andar de acomedido y le valió para que le dieran trabajo, lo malo es que trabajo en el que entraba, trabajo que tronaba, quién sabe por qué.

Unos días anduvo de ayudante de peluquería, donde el dueño le dejaba el changarro para irse a echar su tlapehue a la pulquería de la vuelta. Un día la señora del maistro llegó preguntando por él y el Pichuco le señaló el local de las aguas de las verdes matas y se armó el relajo. La ñora se metió al lugar y sacó a fregadazos a su marido. Al muchacho lo corrieron por andar de rajón, pero el sentía que había cumplido diciendo la “verdá”.

Luego fue a parar a una carpintería en la entrada de una vecindad, donde lo aceptaron de aprendiz. Se puso abusado y lo pusieron a lijar muebles. Ahí se estaba todos los días hasta las tres, hora en que el maistro le decía que se fuera. Un sábado llegó su primera paga y Pichuco recibió tres tostones por los servicios en la semana ¡Hijole! Era lo más que había ganado y su madrina se puso recontenta, pero por la prisa, había dejado su bote del almuerzo y se regresó por él, pero el taller estaba cerrado, solo una de las puertas estaba entreabierta y se pasó sin tocar. Adentro estaba el maistro con la vecina del veintidós, que trabajaba de noche, risa y risa. Pronto se dieron cuenta que ahí estaba el ayudantito. La doña dijo con burla: “Ni modo que le diga a alguien ¡No habla! Jajajaja” El niño solo agarró su bote y se regresó al cantón.

Días después la cosa se puso fea, pues una madrugada cuando la del veintidós regresaba de la chamba, las hijas del carpintero le pusieron tamaña paliza que la dejaron como santo Cristo y todo porque alguien les había mandado un papel con una nota diciendo el detalle de su apá. ¡Chanclas!, el mudito se volvió a quedar sin chamba.

Pichuco se acomedía con quien fuera contar de conseguir un quinto o lo que le quisieran dar, le urgía el dinero para darle a la madrina, pues estaban pasando necesidad. Fue una mañana en la que vio a don Pepo repartiendo leche en su bicicleta con un bote a cada lado. El chamaco le sostuvo la bici para que pudiera despachar sin problema y así se ganó una chambita. Don Pepo lo subía a los diablos de la rueda delantera para que lo acompañara a todos lados hasta que terminaran de entregar y un día terminaron muy rápido, pues había más clientes y el patrón lo citó al día siguiente muy temprano en su casa. El llegar vio que se habían comprado dos botes más grandes y don Pepo los llenaba de leche, pero le dijo al niño que le ayudara a ponerles agua. Pichuco obedeció, pero no estaba seguro de que eso estuviera bien, de todas maneras, hicieron las entregas.

No pasó mucho tiempo cuando unos azules le cayeron a don Pepo por adulterar la leche y se lo llevaron a chirola, por una denuncia anónima.

Esa era la suerte de Pichuco, nunca salió de perico perro, siempre brincando de chamba en chamba con el silencio como compañía, pero nunca se quejó, o al menos nadie lo oyó quejarse, pero yo sé que vivió contento, incluso hasta el día en que doña Febro estiró la pata.

Yo no solo creo, sino que aseguro que es feliz buscando el pan de cada día para comerlo debajo del foco lleno de las gracias de las moscas, porque Pichuco, que soy yo, tiene la conciencia tranquila diciendo por escrito la verdá donde quiera que se necesite, porque nadie pudo suponer que aprendí a leer y a escribir, porque soy mudo, no tarugo.

 

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Ignacio Esquivel Valdez

Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas