Biblioteca General Ignacio Zaragoza

  • Francisco José Anaya Rodríguez
Al ser franqueada por soldados evoca la idea de que las letras se encuentran vigiladas por las armas

Hace tiempo escuché que en la Ciudad de México un grupo de personas fundó el “Club del Taco”. ¿Su propósito? Visitar y degustar todas las taquerías de la capital.

Yo no he fundado ningún club, pero me he propuesto visitar y darle a conocer todas las bibliotecas de acceso libre en la ciudad de Puebla.

Desde antiguo la Ciudad de los Ángeles ha sido ciudad de bibliotecas. Su historia se entreteje con la de impresores, libreros, bibliotecarios, lectores y escritores de renombre.

Pero más allá de un pasado de gloria libresca, ¿cuáles son y cuál es el estado de las bibliotecas poblanas a las que cualquier persona puede acceder?

Comencemos con la Biblioteca Pública General Ignacio Zaragoza.

Se encuentra ubica en un sitio emblemático del Centro Histórico de la ciudad, en la 4 Poniente esquina con 7 Norte 516.

En el enrejado de su portería aún se puede leer la palabra “Jefatura”, y no resulta infrecuente encontrarla flanqueada por soldados, lo que evoca la idea de que las letras se encuentran vigiladas por las armas.

Foto: Eliza Vera

Resulta llamativo que la biblioteca pública sea administrada por la SEDENA. Pero esto se explica, al menos en parte, por la historia del edificio que la hospeda.

En el portal del Gobierno de México se señala que el edificio data de finales del siglo XVII. Levantado entre 1692-1700 sirvió de hospital a la orden religiosa de los Hermanos de Belén u Orden de los Bethlemitas.

El hospital fue clausurado a comienzos del siglo XIX, en el marco de las Leyes de Reforma. A mediados de siglo albergó una fábrica de cerillos, y a finales, al Seminario Palafoxiano.

Fue el presidente Plutarco Elías Calles quien en 1927 —en plena Guerra Cristera— ordenó que el edificio se trasformara en jefatura militar, convirtiéndose después en Cuartel General de la 25/a. Zona Militar.

No fue hasta el 5 de febrero de 1997 —supongo que motivado por la Ley General de Bibliotecas (1988)— que comenzó a ser biblioteca pública. Actualmente el edificio funge también como museo militar.

Desconozco las razones y los acuerdos por las que se asentó precisamente allí, y si depende plenamente de la SEDENA o de la Secretaría de Cultura, el municipio, o de todos a la vez. Preguntas que en medio de nuestros debates actuales sobre las competencias y los límites a las fuerzas armadas de México resulta de poca importancia, pero no de ninguna importancia. Si algo sabe, amable lector, favor de escribirme.

Al entrar al inmueble y al pasar por un pequeño pasillo se llega al claustro. Allí uno es recibido por un busto del General Ignacio Zaragoza, que más que dar la bienvenida parece defender la plaza. El busto, aunado a cuatro estatuillas de águilas devorando serpientes, le recuerda a uno el carácter marcial del lugar.

Puede que su claustro constituya uno de los espacios de lectura al aire libre más adecuados del Centro Histórico. Su fuente, sus bien podados arbustos y arquería, hacen que sea un sitio ideal para sentarse y leer acompañado solo de los pardales. Los altos y gruesos muros de piedra lo aíslan a uno del trajín proveniente de la 4 Poniente. 

La mayor parte del acervo se encuentra en la planta baja. Esta es iluminada por doce ventanales amaderados que permiten el paso de la luz desde el claustro.

Estantes amarillos y paredes verdes traen a la memoria los brazaletes del plan DN-III-D. Como si la biblioteca fuera el despliegue de un plan de contingencia ante un desastre, ya no natural, sino cultural. 

Como en otros casos, el acervo se encuentra un tanto desactualizado. No obstante, durante mi vuelo de pájaro sobre estantería me topé con obras de mérito como buena parte de las obras completas de Octavio Paz y alguna edición de El origen de las especies de Darwin.

En uno de los pasillos del claustro cuelga parte del poema sobre los Tercios españoles de Calderón de la Barca... armas y letras.

En la planta alta se encuentra una sección dedicada a la historiografía de Puebla, lo cual indica la vocación de la biblioteca, pero la sección adolece del mismo mal que el resto del acervo... falta de actualización.

Otras de las secciones que el visitante puede encontrar es la de publicaciones periódicas; entre ellas —no sorprende— hay revistas nacionales e internacionales de temática militar. La biblioteca también cuenta con una sección infantil y con las actividades culturales.

Algo que ha de ser destacado es la pulcritud del lugar. Muebles austeros pero funcionales y relucientes de limpios. Las bibliotecarias que me tocaron eran militares.

Y a diferencia de otras bibliotecas, aquí el silencio se suele respetar con disciplina militar.

Sus comentarios son bienvenidos en: [email protected]

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Francisco José Anaya Rodríguez

Profesor de Filosofía. Enseña obras de autores clásicos, medievales y modernos en la Catholic International University, reflexionando sobre el mundo de hoy desde las Humanidades y las Ciencias Sociales.