¡Hay Merengues!
- Ignacio Esquivel Valdez
Cuando todavía usaba pantalones cortos, solía encontrar a la salida de la escuela a un hombre que vendía merengues. Se paraba a la sombra de un árbol con su camiseta blanca y un chaleco café que a gritos pedía agua y el jabón. Por supuesto que vendía bien entre la chiquillería que salía de clases y por un veinte de cobre se podía llevar algo dulce a la boca en lo que llegaba a casa a comer. No faltaba quien por cuatro veintes de cobre se llevara esa sabrosa combinación de azúcar y claras de huevo teñidas de rosa dentro de una envoltura crocante de harina. Era un lujo el gazante.
El tipo solía despachar diciendo frases como “Un bocado con chochitos para mi niña” o “Su taco de felicidad para el campeón”. Si alguien se acercaba levantando la mano con el veinte entre el pulgar y el índice, era el significado de un desafío. Entonces el merenguero se ponía serio, medio cerraba los ojos, y abría la boca como alguien que jadea o tiene sed. Miraba la moneda esperando a que el retador la lanzara al aire y cuando alcanzaba el punto máximo, él gritaba “Soldadito de plomo” o “Aguilucha, trucha”, según lo que el instinto le dictara. Nadie le ganaba.
La primera vez que eché volados, fue más por curiosidad que por ganas de comer gratis. Le mostré el instrumento del reto y él me correspondió con esa mirada que daba miedo. Acosté la moneda en mi dedo índice y con el pulgar la impulsé para que girara mientras tomaba altura. El hombre gritó su apuesta y al caer a la tierra el resultado le fue el contrario. Unos de los presentes dieron un paso atrás, otros pasmados se quedaron con los ojos bien abiertos y algunos espetaron un “¡Aaaaah!”. El rey de los volados vio estupefacto cómo su suerte era menos que un “quinto de aire” mal servido. De inmediato se serenó y dijo “¿Revancha?”. Yo estaba más incrédulo que él y apresuradamente dije “Sí”. Tomé la moneda, la preparé y al salir volando se escuchó “Aguilucha, trucha otra vez”. La moneda parecía flotar girando y para mí tardó una eternidad en caer, pero al hacerlo volvió a mostrar la pirámide, señal de que el primerizo había vuelto a ganar. Su rostro ya no mostró la sorpresa de la primera vez, la enmudecida audiencia esperaba a que dijera algo y en su lugar, él metió la mano al bolsillo del pantalón para extraer una cajetilla de faritos y sus cerillos. Sacó un cigarrillo, lo encendió, le dio una gran bocanada y mientras el humo le salía por nariz y boca me dijo “llevas dos merengues ¿te echas otro para ver si me ganas un gaznate?”. Yo ya había pensado retirarme del juego, pero la oferta era tentadora, así que tomé nuevamente la moneda, le di un beso mientras clavaba mis ojos en los de él y la lancé nuevamente. El grito que se escuchó fue diferente y no solo porque cambió su apuesta, sino porque “¡Sol!” fue como lo dijo. El siguiente grito le salió con más espontaneidad, pero tuvo que reprimirlo. Un “¡Me lleva la chin…!” era la confirmación de que esa tarde yo comería la golosina reservada para los pudientes.
Al paso de los días mis amigos me animaban a seguir echando volados con el merenguero, pero yo no me sentía con la confianza de hacerlo. Pensaba que tal vez se enojaría o simplemente se negaría. Un viernes, la insistencia de mis compañeros fue tal que hasta me prestaron la moneda para el juego. Desde las rejas de la escuela veía su chaleco y su puesto de madera con las clásicas patas cruzadas y la charola llena de productos. Al cruzar la puerta me vio y no dijo nada, al mostrar la moneda en señal del reto, accedió a jugar. Gritó su apuesta y nuevamente salí ganador. Con la rapidez del que quiere que algo malo pase pronto, me dio un merengue en señal de que no quería continuar. De esta forma, cada viernes salía por mi postre gratuito hasta que acabó el año escolar. El siguiente año, que sería mi último en la primaria, el merenguero no volvió.
La secundaria quedaba en otra colonia, tan lejana que teníamos que tomar camión que costaba un peso. El año en que entré a primero, las monedas de a veinte de cobre cambiaron por unas más chiquitas que ya nadie quería por no tener el valor suficiente para comprar algo, ahora chicles, dulces y ligas para lanzar cáscaras de naranja, valían un tostón. Sin embargo, el haber llegado al grado donde el uniforme era color verde grisáceo con corbata, era sinónimo de ser grandes y eso exigía comportarse como tal. Comprábamos cigarrillos a escondidas y para eso teníamos que juntar dinero entre varios. Con lo colectado íbamos a un puestecillo de dulces donde un viejito nos vendía los tacos de humo. El día que me pasaron la charola a la entrada, en mis bolsillos habitaban dos monedas de a cincuenta. Cedí una para la cooperancha, pero sabía que no tendría para el regreso. No tuvo importancia hasta que salí. Tenía dos opciones, pedir prestado a las niñas, que quién sabe por qué siempre traían dinero, o irme a pie con el riesgo de pasar por el barrio de San Pedro que no querían a los de mi colonia. Meditaba lo que debía hacer cuando me di cuenta que un personaje con chaleco sin lavar y una charola de madera con golosinas se había instalado en enfrente de la secundaria. Recordando cómo la suerte había sido mi aliada en el pasado, me propuse desafiarle. Como era de esperarse los merengues ya costaban cincuenta centavos y los gaznates una moneda de Morelos. El vendedor no me reconoció cuando pregunté los precios, pero al ver mis dedos con la de Cuauhtémoc dispuesta a volar, enmudeció. Se acomodó el sombrero y señalando hacia arriba con ojos y cejas aceptó. De mi mano salió disparada la moneda alternando su cara y canto al cielo y al llegar a lo más alto de su vuelo la voz ronca del sujeto dejó escuchar “¡Soldadito de plomo!”. El metal reflejó el sol por última vez y empezó su viaje al suelo. Yo me sentía confiado y sólo dejé que la gravedad hiciera su trabajo. Al caer la moneda rebotó en la banqueta y luego siguió su trayectoria quien sabe por quién definida, si un poder divino, o la suerte. Intercambiamos los rostros, el mío ahora era tristeza y el de él era de una desmedida risa, no precisamente provocada por la victoria.
Al rebotar en el cemento, la única esperanza de conseguir el complemento de mi pasaje, terminó guardada en el fondeo de una coladera.
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Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas
