El pulgar arriba
- Ignacio Esquivel Valdez
Sabemos que el tiempo puede medirse en segundos, horas, días o años, pero, según yo aprendí, cada lapso puede durar lo que uno quiera que dure.
Esto comenzó una tarde en mi apretada agenda de trabajo, después de salir de aquella fastidiosa reunión. Salí a caminar sin rumbo fijo con tal de obtener un poco de aire fresco y así llegué a una cafetería. Al salir me encontré con un individuo sucio y maloliente que me impidió cruzar la puerta con toda libertad. Pensé, por su aspecto, que me pediría alguna moneda con la típica máscara de ser un hombre infortunado y abatido por la vida, pero para mi sorpresa se limitó a sonreír y levantó el pulgar de su mando derecha. Sin darle importancia al asunto, volví a mi oficina.
Un par de días después, la calle enfrente al edificio donde trabajo fue cerrada para hacer obras, por lo que era imposible llegar al estacionamiento, así que me vi obligado a dejar el auto unas cuadras antes. Tomé mi portafolios y caminé apuradamente por la banqueta y al doblar la esquina volví a encontrar al hombre mostrando su sonrisa como tarjeta de presentación. Me dije: “¿De qué se ríe? El tipo de seguro no ha comido y ni tendrá dónde pasar la noche”. Continué mi camino sin verlo más, y dar continuidad a mi diaria vorágine laboral: juntas de nueve a doce, responder correos hasta las dos, comida con un cliente, revisión de resultados con mi staff, preparar una presentación para el día siguiente. Mi agenda no me permitía tener nada más en la cabeza y esto hacía que el día transcurriera a una velocidad impresionante de tal forma que sin notarlo, la noche llegaba de súbito.
A la calle le quitaron el pavimento y dejaron un pasillo de tablas por donde los peatones éramos dosificados para ingresar al edificio y había que caminar en una pasmosa y nutrida fila. Todo mundo miraba ansiosamente su muñeca o el celular con la resultante mueca de disgusto, pues el reloj hacía mofa de su desesperación. Yo era uno de ellos y en lo que esperaba, vi que el tipo de los encuentros anteriores estaba recostado plácidamente en una banca del pequeño parque frente a mi trabajo. Debo decir que jamás me había dado cuenta de que las bancas eras de hierro forjado con madera barnizada. El sol matutino bañaba sus ropas sucias, andrajosas y, seguramente, despedirían un hedor grotesco. Fue curioso que al verlo tan despreocupado, en lugar de descalificar su holgazanería, yo pensara: “Al menos no tiene que estar rogando a todos los santos llegar a tiempo a sus compromisos”.
Una tarde cayó una tormenta tan fuerte que nadie podía salir de la oficina y yo tenía una cita. La gente se aglutinaba en la puerta del edificio esperando a que escampara. Yo no traía paraguas ni gabardina, sin embargo, la férrea idea de ser puntual me hizo correr para llegar a mi auto. La lluvia había formado charcos que se mezclaban con la tierra producto de la excavación en la calle. Corrí por el pasillo de tablas, pero resbalé e irremediablemente caí al fango con mi fino traje y mi justificada prisa. Quedé frustrado e inmóvil entre el lodazal y la lluvia; me levanté, según yo, con dignidad y me acerqué a la entrada del edifico. Tomé mi celular y llamé al cliente para disculparme y a pesar de que su tono comprensivo, no ayudó a mi estado de ánimo. Cuando la lluvia disminuyó caminé sin prisa a mi auto, el agua había hecho unos arroyuelos por las atarjeas cuyo cauce seguí con la mirada y cerca de una coladera, en el hueco de un edificio viejo, volví a ver al indigente acostado echándose encima unos perros callejeros para que le sirvieran de cobertor, totalmente indiferente a las inclemencias del tiempo. Le miré un par de minutos sin que se inmutara por mi presencia y luego me fui a casa. Llegué temprano debido al inconveniente ocurrido. Me di una ducha y al salir quedé con la bata de baño puesta y decidí no vestirme, pues ya no tenía la necesidad de llegar a ningún lado. Respecto a la hora que suelo llegar era temprano, por lo que no tenía sueño, así que me serví una copa y me quedé sentado en la sala donde mi primer pensamiento se centró en el indigente. En ese momento me sentí un poco parecido a él, pues disfrutaba de un lapso de despreocupación. Vino tinto y quizás ¿hora y media? ¿dos horas? No supe cuánto tiempo pasó, pues me quedé dormido ahí mismo hasta que en medio de la oscuridad y del silencio de la ciudad, me fui a mi cuarto.
Al día siguiente llegué nuevamente al trabajo por le pasadizo de madera y después de haber cruzado divisé nuevamente al tipo, ahora recargado en un árbol comiendo algo de su mano que no pude distinguir. Me miró y cuando sintió que le correspondía levantó su pulgar y, sin dudarlo, yo hice lo mismo. Sonrió. Mientras duró la obra en la calle era forzoso encontrarlo y saludarlo. Lo hice mi “maestro del disfrute displicente”. Cada vez que lo veía me recordaba a mí mismo que debía darme un pequeño espacio para disfrutarme. Tendría agradecerle su enseñanza, así que, después de dejar el auto, salí para encontrarlo y entregarle algunos alimentos que había traído conmigo. Tal vez le daría dinero o, mejor aun, le obsequiaría mi abrigo. La búsqueda fue infructuosa, no lo encontré. Me senté en la banca que yo mismo había soslayado antes de conocerlo, abrí un paquete de galletas y las disfruté una a una. Me paré y caminé por una calle, luego por otra hasta que llegó la noche y dormí tan plácidamente que ni frío sentí. Al día siguiente volví a vagar por las calles y lo hice algo tan rutinario que prácticamente recorrí toda la ciudad comiendo apenas sobras y cobijándome con perros callejeros. Había perdido la noción del tiempo, pues no había un inicio y un final definido de algo, todos los días eran iguales, pero no rutinarios, tal vez sí diferían por el lugar dónde pasaba la noche o por que me daba la oportunidad de ver el cielo azul, nublado o estrellado.
Un día que caminaba frente el edificio de mi trabajo, noté que la calle había sido habilitada nuevamente, el pavimento reinstalado, los señalamientos recuperados, las rayas de los carriles y la banda peatonal recién pintadas. Caminé por la calle hasta llegar a unas tiendas donde en uno de los aparadores la imagen del indigente apareció. Sus ropas sucias, los cabellos crecidos y apelmazados, la piel ennegrecida, pero con mis ojos, mi cara con una barba crecida y mi manera de mirar.
Por fin caí en cuenta, enseñaré a darle al tiempo su merecido valor. El hombre de la sonrisa y el pulgar levantado ahora soy yo.
Opinion para Interiores:
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Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas
